Indispensabilidad del escepticismo en el triángulo norte

Por Carlos Ponce
Criminólogo

Jul 10, 2019- 04:57

Los políticos están en una competencia permanente para ganarse la simpatía del electorado. Algunos expertos sostienen que el secreto de los políticos exitosos es adaptar su discurso al sentir de la gente, ha|blando de cosas que realmente le importan a la ciudadanía de tal forma que sus palabras sean bien recibidas. Esto no suena descabellado. Es más, en un escenario ideal, así debiesen de ser las cosas. Los políticos son elegidos para desempeñar cargos públicos en representación de quienes los escogen y, por lo tanto, se espera que identifiquen los problemas que más aquejan a sus votantes y, además, los solucionen.

Sin embargo, la historia ha demostrado, en reiteradas ocasiones, que en el mundo imperfecto en que vivimos las cosas no son así de simples. Los discursos políticos y las gestiones públicas que se alinean ciegamente al sentimiento ciudadano pueden tener efectos desastrosos cuando son hechas de mala fe, cuando las intenciones de quienes están detrás no son genuinas y cuando su alcance no va más allá de exaltar emociones.

La idea de que los políticos nos escuchen es, en principio, una característica fundamental de la democracia. Así cómo preferimos comprar en negocios cuyos productos, servicios y/o atención percibimos son los que se acoplan mejor a nuestras necesidades y forma de pensar, escogemos a los políticos que pensamos tienen discursos congruentes con nuestro sentir, con nuestra visión del entorno y de cómo mejorarlo. El problema se da cuando esta dinámica deja de ser genuina y el vendedor o político deja de responder a nuestras necesidades, dedicándose solo a explotar nuestras emociones para hacernos creer que atiende los problemas que nos agobian.

Nadie puede negar lo nocivo que resulta que, por ejemplo, un vendedor de carros manipule las emociones de un comprador para que este adquiera un vehículo más caro del que necesita. Consideremos a una madre soltera que llega con un presupuesto limitado a comprar un carro económico para su familia y el vendedor explota el amor que esta tiene por sus hijos para manipularla, convenciéndola de que debe adquirir un vehículo más caro, haciéndola creer que el par de extras de seguridad que eleva el precio son indispensables. La compradora, aunque fue manipulada por el vendedor, sale pensando maravillas del negocio porque percibe que el vendedor le ayudó a cuidar de sus hijos.

Así, algunos políticos explotan las emociones de las personas para crear simpatías, haciéndolas creer que actúan en su favor cuando en realidad su intención es otra, explotando el sentir de la gente con consecuencias devastadoras. El discurso antinmigrante adoptado por políticos estadounidenses, que manipula las emociones de un segmento de ciudadanos norteamericanos, es la base sobre la que descansan políticas públicas inauditas, como los centros de detención en la frontera con México, y la filosofía del peligroso movimiento extremista del nacionalismo blanco. Nada generado por el discurso antinmigrante beneficiará a los estadounidenses, aunque éstos piensen que sí, solo a sus políticos.

La manipulación ciudadana es más fácil en tiempos de crisis. No es complicado para los políticos, en estas circunstancias, identificar las preocupaciones más críticas y encontrar un discurso que reconforte y provea esperanza para enamorar votantes. Las personas del triángulo norte de Centro América hemos estado así por décadas, viviendo en agonía en medio de la inseguridad, secuestradas por estructuras criminales. Debemos de ver con escepticismo a los políticos que tratan de manipular nuestra aflicción, exaltando sentimientos con sus discursos y planteamientos que parecen demasiado buenos para ser ciertos, en lugar de apelar a la racionalidad y los criterios técnicos. Estos ilusionistas no tienen una intención genuina por resolver los problemas sino crear la ilusión de que lo hacen en detrimento de nuestro bienestar.

Criminólogo @_carlos_ponce

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