La propagación del sufrimiento

Por Gina Montaner
Periodista

May 02, 2021- 20:58

En su primer discurso ante el Congreso el presidente Joe Biden tuvo como prioridad resaltar el éxito de la campaña de vacunación contra el covid-19 en sus primeros 100 días en el poder. Con orgullo, mencionó que ya se habían administrado más de 200 millones de vacunas. También enfatizó que queda un trecho por recorrer si se aspira a alcanzar la inmunidad de grupo teniendo en cuenta que sólo el 30% de la población se ha vacunado, exhortando a los estadounidenses a vacunarse cuanto antes en un país donde sobran el suministro de vacunas y sitios donde son administradas.

Mientras Biden se dirigía a la nación proporcionando calma tras más de medio millón de muertes en Estados Unidos, en países como la India el virus está haciendo estragos. Consciente de que se trata de una crisis global, el mandatario dijo que ya estaba en marcha el envío de vacunas de Astra Zeneca, equipos de oxígeno y material sanitario que podrían ayudar a paliar el estado de emergencia que ha puesto al país asiático al borde de una catástrofe por una inesperada segunda oleada.

Si al principio de la pandemia la India era ejemplo de contención del virus cuando en Occidente las infecciones parecían imparables, ahora el gobierno del primer ministro Narendra Modi se enfrenta a una grave crisis con miles de muertos al día y un precario sistema de salud pública a punto de colapsar. Precisamente, el mismo gobierno que hace meses presumía de haber hecho las cosas bien, en estos momentos es blanco de ataques por haber bajado la guardia en una nación de 1.400 millones de habitantes, cuyo mayor peligro era la rápida propagación del virus si se relejaban las medidas de mitigación.

En Nueva Delhi se están cremando alrededor de 600 cadáveres al día, en los hospitales no hay oxígeno para los pacientes internados en cuidados intensivos y hasta encontrar medios para llegar a un centro sanitario se ha convertido en una odisea. Sencillamente, los enfermos están muriendo en sus casas sin recibir atención médica porque el personal sanitario no da abasto. Desbordados por el repunte, las autoridades han vuelto a decretar confinamientos y cierres mientras la población llora a sus muertos con un índice de infecciones que asciende a más de 300 mil por día.

Mientras en Estados Unidos ya se vive un ambiente de mayor alivio por la eficacia de la vacunación masiva, hizo bien Biden en recalcar en que todavía estamos lejos de cantar victoria contra un virus altamente letal y contagioso, pues se trata de una crisis que concierne al conjunto de países y no un hecho aislado. Las potencias con mayores recursos y excedente de vacunas deben comprometerse a ayudar en otras partes del mundo, porque en un planeta donde la globalización es una realidad el virus se pasea a sus anchas si no se aborda como un problema de todos.

Actualmente los estadounidenses tienen la fortuna de contar con más oferta de las vacunas que demanda. De hecho, podría decirse que a estas alturas se ha vacunado todo el que ha querido, salvo en comunidades rurales o con menos recursos. El mayor problema en un país donde las vacunas de Pfizer, Moderna y Johnson & Johnson abundan, es el de la reticencia de muchos debido a creencias que desafían lo que repiten los científicos: la vacuna contra el covid-19 tiene una probada alta eficacia y muy pocos efectos adversos, tal y como se está comprobando a medida que se vacuna a la población.

En realidad nadie debe bajar la guardia porque el infierno que ahora se está viviendo en la India o en Brasil, donde el gobierno de Jair Bolsonaro ha fracasado estrepitosamente en la gestión de la pandemia, puede convertirse en realidad en otras partes. Cuando festinadamente se reclama descartar el uso de mascarillas o se rechaza la posibilidad de vacunarse por miedos infundados que se propagan en las redes sociales, corremos el riesgo de encender nuevamente la mecha donde se ha conseguido dominar el fuego de tan inclemente pandemia. El sufrimiento también viaja a la velocidad de la luz.

Periodista

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