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Doscientos años después, ¿se siente libre?

Por Douglas Juárez
Estudiante

Celebramos hoy doscientos años de la Independencia de Centroamérica, pero ¿se siente usted libre? Ciertamente, remembrar sucesos históricos puede no ser de interés para quienes vivimos el presente y solo guardamos un recuerdo minúsculo de la clase de Estudios Sociales. Es menester, por tanto, plantear un fugaz recorrido por nuestra historia, con el objeto de indagar en la incógnita previa y ofrecer valoraciones que, posiblemente, usted y yo compartamos.

Después de la Declaración de Independencia en 1821, El Salvador formó parte de las Provincias Unidas de Centroamérica. Ese periodo del siglo XIX se caracterizó por diversas confrontaciones bélicas en la región, lo cual condujo inevitablemente a la desagregación de sus miembros. No obstante, los eventos más remarcables fueron las constantes pugnas entre liberales y conservadores sobre la decisión del destino del país y, consecuentemente, la insurrección de los Nonualcos en 1833, dirigida por el líder indígena Anastasio Aquino. Así, cambios políticos sobre la tenencia de tierras y tributación al Estado agravaron el descontento de sus habitantes, en una nación independiente de nombre, pero más empobrecida.

Lo anterior precede a la nueva era entrante en cuanto se buscó establecer una política con garantía de derechos para todos los estratos sin distinción, pero que en la práctica desembocó en una lucha ideológica que, tal parece, no fue examinada en temporadas siguientes y El Salvador sufrió otro conflicto armado.

El siglo XX sorprendió con una bonanza económica; sin embargo, las ilusiones de mejora se vieron truncadas por la entrada del autoritarismo militar, que inició en 1931 con Maximiliano Hernández Martínez, quien provocó el genocidio de miles de indígenas en 1932. Después de él, le sucedieron continuos regímenes, periodo donde se manifiesta un pasado tortuoso que condujo al país hacia la conocida Guerra de las Cien Horas, librada entre El Salvador y Honduras, y, posteriormente, a la Guerra Civil, que dejó más de 70,000 fallecidos y más de 10,000 desaparecidos. Una vez más, el ideal de independencia yacía distante para el ciudadano común, para los niños y para quienes no podían valerse por sí mismos.

Aunque se dice que el humano se caracteriza por su perfectibilidad, el salvadoreño parece no aprender de sus errores pasados, pues la confianza incondicional hacia una ideología no implica que sus representantes la cumplan y ya sea por descuido o ignorancia, en el siglo XXI, se está gestando el mismo escenario que nos llevó a la guerra en el XX.

La etapa de reconstrucción llegó tras la firma de los Acuerdos de Paz en 1992, pero se olvidaron algunas variables que le costarían caro a nuestro país. Con el aumento de la migración, las remesas adquirieron una mayor predominancia en los ingresos nacionales, mas, lastimosamente este fenómeno entró de la mano con la estructuración de grupos criminales, en principio inofensivos. Nadie se imaginó que esta cuenta pendiente acarrearía una especie de guerra invisible que lesionaría la seguridad de la sociedad salvadoreña, obstaculizando la prosperidad de la nación. Hoy en día, la interacción con ciertos sectores se ve obstaculizada porque las pandillas custodian varias zonas del país, lo que provoca que muchos se abstengan de visitar a sus familiares, que el turismo interno se debilite, etc. Ante esto, la libertad es difícil de vislumbrar, pues muchos se enfrentan al temor latente de perder la vida en la calle, en el autobús o en el propio hogar.

Actualmente, nos enfrentamos a la incertidumbre. Afrontamos con esperanza la pandemia del COVID-19; no obstante, en 2021 el Gobierno de nuestro país ha aumentado su deuda a niveles descomunales, lo cual mermará nuestra libertad en el largo plazo, pues estaremos condenados a reintegrar todo préstamo, favor y corrupción, esperando ciegamente la totalidad de los beneficios prometidos. En general, la coyuntura advierte que presenciaremos un nuevo periodo de inestabilidad, pues algunas políticas provocan que se cuestione la eficiencia de nuestros funcionarios públicos para promover soluciones efectivas a problemáticas sociales como el incremento del costo de vida o la necesidad de reformar la currícula educativa. Vivimos parcialmente libres, pero pendiendo de un hilo.

Los eventos previos sugieren algún grado de dependencia o esclavitud hacia un malestar social y económico que llegan a su cenit cuando la situación es irreversible y se han agotados los medios pacíficos para remediarlo. La alternativa final conduce a la violencia, la cual causa estragos, ruina y desolación.

Responder a la incógnita inicial le corresponde a su criterio. En particular, no estimo que vivamos en plena libertad, aunque debemos reconocer que nuestras sociedades han evolucionado desde la independencia de nuestra república. Sin embargo, exhorto al lector a revalorar nuestra libertad y a considerar si el entorno presenta las condiciones idóneas para la superación del país; de ser así, se podrá alcanzar el verdadero sueño salvadoreño, pero lo contrario exige cambiar de actitud y defender los derechos que constitucionalmente nos corresponden, como la libertad. Recordemos que la independencia se busca todos los días.

Estudiante de Licenciatura en Economía Negocios/ Club de Opinión Política (COPE).

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