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Memorias del Mercado San Miguelito: Somos gordos desde hace años

En los años Cuarenta, en un San Salvador todavía provinciano, el mercado San Miguelito, por entonces conocido como “El Mercadito”, en comparación con el gran Mercado Central, servía de centro de acopio de víveres para las vecinas colonias Santa Eugenia, La Rábida y el barrio San Miguelito.

Por Rolando Monterrosa
Periodista

Todos los días pasaban las señoras gordas de gordura por todos sus lados, pero en especial de atrás, a tomar su ración de tamales, pupusas y fritada al Mercadito, alimentos que parecían encontrar pronto y permanente refugio en las nalgas y panzas de aquellas buenas mujeres. Se les miraba pasar balanceando con lento esfuerzo, el peso de sus respectivos posteriores, de una pierna a otra, moviéndose como lo hacen las popas de los buques que navegan en aguas levemente agitadas.
No son la pizza ni la hamburguesa ni el pollo frito, entre otros “fast foods”, los únicos responsables de las voluminosas barrigas, llantas y traseros contemporáneos; siempre tuvimos y tendremos gordos como efecto de dietas tradicionales abundantes en azúcares, carbohidratos y grasas.
En los años Cuarenta, en un San Salvador todavía provinciano, el mercado San Miguelito, por entonces conocido como “El Mercadito”, en comparación con el gran Mercado Central, servía de centro de acopio de víveres para las vecinas colonias Santa Eugenia, La Rábida y el barrio San Miguelito. Pero también era un centro popular de comida que atraía a la más variada clientela, desde conocidos abogados, ingenieros, maestros y sus esposas, hasta pintorescos personajes callejeros como “Cuervo”, “Te Pica” y “Trinche”.
El Mercadito era para muchos una verdadera meca gastronómica. Allí, cerca del mediodía, se mandaba a las empleadas de casa, provistas con mantas blancas y limpias a comprar las tortillas olorosas, recién salidas del comal sobre fogón abierto. A menudo se les mandaba también con portaviandas de peltre a comprar sopa de patas, de gallina o con picheles de porcelana para llenarlos con sabrosa horchata o ensalada, entretenido “fresco”, este, que puede uno beber y masticar a la vez debido a sus componentes de mamey, marañón y lechuga, de la variedad que desprende una savia lechosa, levemente amarga.
Pero el Mercadito era, ante todo, el paraíso de la fritada de cerdo –hígado, panza, cachete, riñón, oreja y tocino fritos todos ellos con la manteca del mismo chancho–, vísceras servidas en hojas de huerta y rociadas con chile enrojecido a fuer de achiote.
También había una abundante oferta de yuca cocida, blanca y esponjosa, o frita, crujiente y dorada, que competía en paridad de calidades con la de Mejicanos. Ambas se acompañaban de chicharrones o pepescas fritas, atrapadas estas últimas, en el vecino riachuelo Tutunichapa, cuando en su cauce aún corrían aguas vivas, cundidas de chimbolos y cabezones.
Además de tortillas la gente acudía a comprar tamales y pupusas, sin que faltaran todos los días frijoles en bala, volteados o colochos, arroz y plátanos fritos, chiles y huisquiles rellenos envueltos en huevo que flotaban en densas y tentadoras salsas de tomate.
Pero la variada oferta no terminaba allí. Había alimentos que tenían su propia hora: a las cuatro y media una señora y sus hijas, mujeres robustas, serviciales, sonrientes, de rostro brillante, servían chilate caliente en huacales de morro, ya morenos por el uso, en el que se dejaban ver y oler los negros granos de pimienta gorda. A la par del huacal que se asentaba en un yagualito de tule se encontraba el plato de peltre, rebosante de dorados nuégados sobre los que se vertía abundante miel de panela, oscura, brillante y espesa.
También a las cuatro, hora de la merienda, se tenía la opción del atol de elote con “mais” desgranado. El shuco atol era plato de madrugada, de las cinco de la mañana, lo más tarde, casi privativo de hombres, trasnochadores de clase media a la par de bolitos que temblorosos bebían con avidez el atol color purpura, sobre el que flotaba el clásico cucharazo de alhuashte verdusco y chile colorado en la superficie, para luego terminar comiendo con pan francés los frijoles en bala, “pasaditos”, que quedaban en el fondo del huacal. En resumen, El Mercadito era el cuerno de la abundancia de donde brotaban a torrentes colesterol y triglicéridos, el lugar favorito de las “niñas na-chi-pán”, acrónimo que aplicaba un irreverente carpintero de nombre Justiniano, a las señoras “nalgonas, chichudas y panzonas”. Estas, lejos de avergonzarse de sus abultados bustos, vientres y flácidos bíceps, experimentaban íntimo regocijo cuando sus vecinas les decían: “¡Bien chula que está, niña; bien gordita!”.
No cabe duda de que la del Mercadito era una dieta democrática, una dieta sin distinción de clase social que, como el Santo Rosario, igualaba, a patronas y empleadas, mientras ambas iban por ahí, contentas de “estar bien gorditas” y conscientes de rezarle al mismo Dios.

Periodista.

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