Hombres que no pueden ser varones

Es claro que el solo yo no es suficiente para sostener la personalidad de nadie, pues tiene un centro de gravedad endeble al tomar sus fuerzas del reconocimiento que recibe desde el exterior, necesitando continuamente ser alimentada por el otro. Y si, además, ese yo es ficticio, cerrado, desconectado de una realidad que se percibe como hostil, tenemos la receta perfecta para la pasividad y la frustración. Sin embargo, no todo está perdido. Para trascender, para salir de sí mismo, es indispensable un aliado femenino

Por Carlos Mayora Re
Ingeniero @carlosmayorare

Ago 09, 2019- 19:26

Cariolina Ceriotti, una neuropsiquiatra infantil y psicoterapeuta italiana, estudia en su última obra titulada “Masculino: fuerza, eros, ternura”, el universo de los hombres desde una perspectiva femenina. Analiza las deficiencias y los abundantes recursos de la masculinidad, con una reflexión que concluye en una invitación para que los hombres continúen siendo portadores de esa “potencia buena, fecunda y fecundante de la que el mundo, y también la mujer tienen una necesidad extrema”.

Resalta cómo en el mundo actual las mujeres, por fin, se han hecho un lugar propio, al mismo tiempo que en muchos ambientes esa afirmación de la femineidad se hizo con detrimento de la masculinidad, llevando las cosas a una contraposición cultural creciente entre los dos sexos, por la que si bien las mujeres han ganado en seguridad y presencia en la sociedad, a los hombres les ha sucedido justo lo contrario.

En su lucha por la autoafirmación, destaca la autora, las mujeres han creado redes, comunidades, instituciones y han reflexionado sobre sí mismas de un modo quizá unilateral, llegando a alcanzar consecuencias no esperadas. Así, por ejemplo, con el afán de contrarrestar la prepotencia masculina han terminado por anular toda potencia.
Sin embargo, lo masculino es inseparable del dinamismo, la expansión, la autoafirmación. Pero con la censura incondicional de la agresividad (que viene del latín ad-gredior, y que significa “sigo adelante, avanzo”), se anula el espíritu emprendedor -competitivo si se quiere- propio del varón, y con éste el placer de superarse y de emplear los propios talentos en empresas arduas.

Es sabido, continúa Ceriotti, que el varón es competitivo mientras la mujer tiende a ser colaborativa y que precisamente por ello los hombres tienden a medirse con los demás varones, a establecer jerarquías, a ponerse a prueba. Compararse implica encontrar la propia posición en el mundo y en buena manera encontrar el sentido a muchos de sus anhelos y empeños. Pero… si se mata la competitividad, no sólo se apaga el empuje y el vigor, sino que se deja al varón a la deriva, por lo que no es de extrañar que la ola feminista haya arrastrado consigo el deseo por la excelencia y la competitividad masculina.

Es sabido que el varón madura cuando aprende a transformar la pulsión agresividad-deseos en capacidad de autoafirmación y sinergia, en empatía… pero si simplemente no tiene oportunidad de contrastar su mundo interior (“agresivo”, de ideales y grandes empresas) con el mundo real, se echa a perder toda su fuerza creativa, y con ella, la transformación para mejor del mundo en que vivimos.

No nos extrañemos, pues, que muchos varones estén imbuidos en lo que la autora llama fragilidad narcisista, algunos de cuyos síntomas serían: un bloqueo decisional, provocado por la mezcla de infinitas posibilidades+inseguridad. Incapacidad para gestionar los fracasos. Una atención casi enfermiza a su aspecto personal, pues no se valoran a sí mismos sino solo a través de lo que de ellos piensen los demás. Predominio de los afectos por encima de la razón a la hora de ponderar las motivaciones de sus actuaciones. Incapacidad para la escucha, impotencia para la empatía. Identificación de sexualidad con pornografía, actitud depredadora respecto a las mujeres, etc.

Es claro que el solo yo no es suficiente para sostener la personalidad de nadie, pues tiene un centro de gravedad endeble al tomar sus fuerzas del reconocimiento que recibe desde el exterior, necesitando continuamente ser alimentada por el otro. Y si, además, ese yo es ficticio, cerrado, desconectado de una realidad que se percibe como hostil, tenemos la receta perfecta para la pasividad y la frustración.

Sin embargo, no todo está perdido. Para trascender, para salir de sí mismo, es indispensable un aliado femenino: una mujer, una sociedad, una cultura, capaces de entender, acoger y hacer crecer lo que dona la masculinidad al mundo.

Ingeniero @carlosmayorare

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