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Por esta única vez...

Tras un golpe de Estado nuevas personas pasaron a ocupar los despachos de los magistrados de la Sala de lo Constitucional. Estos, una vez sentados en esas sillas, emitieron una supuesta resolución para autorizar la reelección presidencial inmediata, aun cuando la Constitución de 1983 la prohíbe, como viene prohibiéndose desde 1841.

Por Daniel Olmedo |

Era 1934.
Maximiliano Hernández Martínez llevaba tres años en el poder que había arrebatado al presidente Arturo Araujo.
La reelección presidencial estaba prohibida y el período presidencial de Araujo terminaba en 1935. Sus asesores legales le propusieron que renunciara seis meses antes. Participó, y en las elecciones de enero de 1935 su partido obtuvo, no el noventa y siete por ciento de los votos, sino el cien.

Así lo felicitaban los diputados de su Nueva Asamblea: “La Asamblea Nacional reunida, y cada uno de sus miembros individualmente, se han dado cuenta de la justa adhesión del pueblo entero en sus diversas esferas sociales hacia el señor presidente electo, y consideran que este hecho, sin precedentes en la historia política salvadoreña, es una consecuencia lógica de su brillante e insólita actuación durante su pasado período presidencial”. Un servilismo empalagosamente familiar.

Llegó 1938.
Maximiliano llevaba siete años en el poder. Su segundo período presidencial terminaría en 1939 y la reelección presidencial continuaba prohibida.

Sus asesores volvieron a plantearle otra solución creativa: una Asamblea Constituyente. Como en diciembre no habían terminado de maquilar la Constitución del dictador, suspendieron la convocatoria a elecciones presidenciales del mes siguiente y establecieron que esa constituyente dispondría las reglas para tales elecciones.

El 20 de enero de 1939 se publicó la Constitución del dictador. Esta también prohibía la reelección presidencial inmediata, pero con una salvedad. El dictador puso a sus asesores legales a escribir en el artículo 91:

“Excepcionalmente, y por exigirlo así los intereses nacionales, el ciudadano que habrá de ejercer la presidencia de la República del primero de marzo del corriente año hasta el primero de enero de 1945, según esta Constitución, será electo por los diputados a la Asamblea Nacional Constituyente, sin que por esta única vez, tengan aplicación las incapacidades a que se refiere el artículo 94”.
“Por esta única vez”, decían.

Un día después de publicada la Constitución, la Asamblea Nacional Constituyente le eligió como presidente para el período 1939-1945.

Se acercaba 1945.
Al dictador comenzó a incomodarle el “por esta única vez”. Convocó a otra Asamblea Constituyente que reformó el artículo 91 y habilitaba que ese órgano reeligiera nuevamente al presidente. El 29 de febrero de 1944 esta le eligió presidente hasta el 31 de diciembre de 1949.

2021.
Tras un golpe de Estado nuevas personas pasaron a ocupar los despachos de los magistrados de la Sala de lo Constitucional. Estos, una vez sentados en esas sillas, emitieron una supuesta resolución para autorizar la reelección presidencial inmediata, aun cuando la Constitución de 1983 la prohíbe, como viene prohibiéndose desde 1841.
Escribieron: “Cuando la voluntad del constituyente es establecer prohibiciones directas al presidente lo hace de forma clara y directa a la figura presidencial. Pero en el caso del artículo 152 ordinal 1o, la prohibición va dirigida a los candidatos, de manera que permite por una sola vez más, la reelección presidencial”.
“Por una sola vez”, dicen.

*
Epílogo.
El dictador Hernández llevaba tres meses en su tercer período. En abril de 1944 comenzó una huelga en los pasillos universitarios. Luego se extendió a todo el país, se le llamó la Huelga de Brazos Caídos. El 8 de mayo el dictador huyó.
Maximiliano un día se pensó un César salvadoreño. Murió como tal (más o menos). César, en la cúspide de su poder, bajo las dagas de sus senadores; Hernández, dos décadas después de salir del poder, también murió acuchillado, pero por su motorista por negarle el pago de unos salarios. César caía gloriosamente en el foro, al pie de la estatua de Pompeyo; Hernández, en el comedor de su casa en Honduras, hundía su rostro en un plato de frijoles.

Abogado.

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Historia Contemporánea Historia Salvadoreña Maximiliano Hernández Martínez Opinión

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