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Paz...

La vida nos ha mostrado una y otra vez que la verdadera paz nace y viene de adentro de nosotros mismos. Independientemente de la realidad que lo circunde, quien no tiene paz interna, siempre estará en guerra y peleando.

Por Jorge Alejandro Castrillo
Psicólogo

... en la tierra a los hombres de buena voluntad...

¿Significa eso que sólo los hombres de buena voluntad gozan de la paz? Quien así argumentara, cometería una falacia de énfasis, pues como podemos afirmar en El Salvador, desde hace 30 años, todos gozamos de un país sin guerra abierta. Tampoco significa que nuestra paz sea perfecta, nadie en su sano juicio lo sostendría. Distinto hilo de razonamiento es afirmar que sólo los hombres de buena voluntad buscan la paz y trabajan por ella. Son ésos los “hombres que ama el Señor”: aquellos que, en pleno ejercicio de su libre albedrío, deciden hacerlo así.

El domingo por la noche escuché en la radio una declaración que llamó mi atención. Se publicó al día siguiente en la prensa escrita, de donde cito: “después de casi 30 años, no se ve que la paz firmada haya llegado, tristemente seguimos en violencia, la violencia continúa (...) Ojalá los Acuerdos de Paz cubrieran estas deudas entonces serían dignos de respeto, si no lo hacen, me parece que quedan en una situación muy triste, ¿qué Acuerdos de Paz serían si no hay justicia, si no hay paz?”.

Con mucho respeto, disiento de tal opinión. Ese jerarca, que seguramente repite diariamente la frase, “…sangre de la alianza nueva, que será derramada por vosotros y por muchos …” debería estar más acostumbrado a la necedad del ser humano. El cree que quien originalmente la dijo murió por todos, pero “la salvación no es algo mecánico, requiere del compromiso y voluntad personal. (…) El respeto de Dios hacia el hombre y su libertad deja abierta la posibilidad del rechazo” (La sangre de Cristo derramada por muchos. Servicio de información católica, https://www.agenciasic.es/2017/03/03/la-sangre-de-cristo-derramada-por-muchos-2/ ). A nadie se le ocurre cuestionar esa alianza nueva, sellada por la muerte en cruz del Señor, sólo porque el pecado, la pobreza y las injusticias sigan existiendo, incluso dentro de la misma organización a la que el jerarca pertenece.

Error distinto cometieron quien preside la Asamblea Legislativa y su cuerpo de diputadas (uso alternativo del lenguaje inclusivo): creer que, porque formalmente legislan de tal o cual manera, la realidad se acomodará a sus deseos. Error que cometen con frecuencia quienes algún poder tienen, como el expresidente que creyó que los ciudadanos, que ya habían escogido mayoritariamente el nombre de “Diego de Holguín” para la nueva vía expresa a inaugurar, dejaría de llamarla así sólo porque él lo deseo, o que la ciudadanía usaría masivamente el Bitcoin solo por una ley promulgada por esta misma Asamblea.

Para quienes la sufrieron, la ausencia de guerra sí significa paz.

Paz fue la abrupta disminución de muertos, amputados y heridos que hubo al día siguiente de la firma de los Acuerdos.

Paz fue que los combatientes fusiles (y metrallas y morteros y bombas) callaran desde ese mismo día y dejaran de matar hermanos.

Esa paz permitió que los militares se prestigiaran más ante el mundo y que los cuerpos de seguridad, de cara a la ciudadanía, ganaran respeto sin generar miedo.

Paz es poder expresar el propio pensamiento sin temor a ser muerto, encarcelado o acosado por ello al día siguiente. Gracias a la paz, nuestros menores de 30 años han crecido sin escuchar una bomba a las siete de la noche cada día de la semana.

La falta de paz, en cambio, fue la principal responsable de que miles de salvadoreños tuvieran que exiliarse y vivan ahora más de tres millones fuera de nuestro terruño. La falta de paz es uno de los principales factores, que explican nuestros rezagos educativo, social, productivo y en desarrollo humano. No en balde cantamos “…fue obtenerla su eterno problema, conservarla es su gloria mayor”.

La paz será conservada teniendo elecciones presidenciales cada cinco años y legislativas y municipales cada tres (pudiendo modificarse los tiempos); se conserva ejerciendo el derecho ciudadano a reclamar información sobre el comportamiento de funcionarios e instituciones, consiguiendo la división y autonomía de los tres órganos del estado, defendiendo la libertad de pensamiento y expresión que hemos conocido estos últimos treinta años.

La vida nos ha mostrado una y otra vez que la verdadera paz nace y viene de adentro de nosotros mismos. Independientemente de la realidad que lo circunde, quien no tiene paz interna, siempre estará en guerra y peleando. Pero esa refulgente verdad no hace menos cierto otro hecho incontestable: las condiciones objetivas permiten, potencian y facilitan vivir en paz. Consigan los alcaldes y alcaldesas municipios limpios, iluminados y en condiciones de salubridad: verán cómo vivimos más en paz. Consigan los responsables del tráfico vehicular ordenarlo, haciendo que las leyes de tránsito y velocidades máximas se respeten y habrán ayudado a la paz de todos. Consiga el Ministerio de Educación cumplir con su Misión y habrá cimentado una paz más cierta y duradera; consiga el Ministerio de Salud “la cobertura de servicios comunitarios de salud oportunos e integrales con equidad, calidad y calidez…” que se ocupen de prevenir la enfermedad y verá cómo los sanos ciudadanos viven en paz y más felices. Esmérense los presidentes de los órganos del estado por cumplir y hacer cumplir las leyes que juraron defender y verán como sienten que trabajan por la paz. No se les ocurra decretar un día para conmemorarlo, es el trabajo para el que fueron electos.

Deberían obligarse a cantar entero el himno antes de cada sesión plenaria. Talvez terminar cantando la tercera estrofa (“Respetar los derechos extraños y apoyarse en la recta razón, es para ella, sin torpes amaños, su invariable, más firme ambición. // Y en seguir esta línea se aferra, dedicando su esfuerzo tenaz en hacer cruda guerra a la guerra; su ventura se encuentra en la paz”) les ahorra cometer tan deshonrosos sinsentidos como querer borrar nuestro pasado inmediato en lugar de estudiarlo e integrarlo.

Psicólogo/psicastrillo@gmail.com

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