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El circo se va a las calles

Por Carlos Balaguer |

El circo se va a las calles, al cine y la televisión. Ya no hay tiempo de soñar, asombrarse y reír dentro de sus mágicas carpas olvidadas. Ante el estruendo y vacío materialismo de la vida moderna los legendarios circos han ido desapareciendo poco a poco en pueblos y villorrios. Payasos, acróbatas, magos, artistas, domadores de fieras fabulosas, lanza puñales, malabaristas y demás virtuosos circenses, han quedado sin trabajo, escena ni escenario. Algunos de ellos, para sobrevivir, han tenido que irse a la calle, precisamente desde donde vinieron: al inmenso circo de la vida. Allá donde la farsa humana se confunde con el sueño vacío de la realidad materialista. Las multitudes se ocupan a diario por sobrevivir como las fieras de la selva virgen. Ya no hay tiempo para reír como los niños en “platea”, “luneta” y “gradería” de un circo. El narcótico y la violencia de los medios audiovisuales y digitales han sustituido al romántico arte escénico circense. Malabaristas y prestidigitadores suelen apostarse en las calles con su magia, ante la usual indiferencia urbana. Desde Mesopotamia a China el circo fue el mayor espectáculo del mundo. El primer circo moderno fue inaugurado por Philip Astley en Londres en 1768. Hoy rescata la grandiosidad de ese género el Gran Circo Soleil en las ciudades luminosas, aunque en países pobres se vaya a la calle con sus últimos actores. <“La Felicidad es Cuento” C. Balaguer-Amazon>

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