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El grano de sal

Nuestra realidad se cambia partiendo de cómo cada uno de nosotros decide ser transfigurado. El propósito del hombre no es pelear, insultar, denigrar, robar, juzgar, etc. El propósito del hombre, más aún, el de aquel que dice creer en Dios, es ser como la sal. La sal evita que la comida se corrompa. De igual forma, el hombre que decide vivir para el bien evita que la sociedad se corrompa.

Por Carmen Maron
Educadora

Cuando Gonzalo de Alvarado llegó a estas tierras en abril de 1825, por alguna extraña razón, las nombró “Provincia de Nuestro Señor Jesús Cristo, el Salvador del Mundo”. Una vez el país se independizó escogió el nombre de El Salvador.
Siempre me he preguntado por qué Gonzalo de Alvarado, que históricamente no era un hombre religioso, le puso ese nombre a este terruño. Por pacíficos NO FUE. Conquistar Cuzcatlán (que significa “Tierra de Diamantes”) fue un proceso sangriento que más de una vez puso a Gonzalo en peligro de muerte y dejó cojo al legendario Pedro de Alvarado. En nuestras tierras digamos que la historia de los espejitos es eso…una historia. Nuestros antepasados lucharon con todas sus fuerzas para no ser conquistados.

Pero nos llamamos “Provincia de Nuestro Señor Jesús Cristo, el Salvador del Mundo”.

Con las disculpas del caso de aquellos que no son creyentes, porque no quiero imponer mi fe, pero por mucho, mucho tiempo, tener un país que se llamaba “El Salvador” era un orgullo, tanto para católicos como para evangélicos. Si bien obviamente siempre ha habido un segmento acaudalado de la población que ha pasado sus “vacaciones de agosto” en el extranjero, la playa y el lago, tomó la pandemia para que fuera más que evidente que para el 50% de la población católica, la tradicional Bajada era aún el punto medular de esta semana.

La Transfiguración, que es lo que se conmemora en estos días, fue un momento de inflexión para Pedro, Santiago y Juan, quienes viendo la gloria de Jesús, no querían volver a bajar a este valle de lágrimas sino quedarse felizmente disfrutando de Su gloria en la cima de un monte. Pero la lección de Jesús es que, para alcanzar la gloria, uno debe vivir en la sima (con “s”) de la realidad cotidiana. No se puede ser tan espiritual que no se sea útil para ningún bien terrenal. Ni paroxismos religiosos, ni versículos bíblicos, ni frases piadosas demuestran un cambio en nuestro ser, y tampoco hacen mucho para generar un cambio en la sociedad. Es por eso que, muchas veces, las personas que no son religiosas pero que tienen el corazón puesto en el lugar correcto, dan mejor testimonio de vida cristiana que aquellos que están involucrados en sus iglesias.

La gran pregunta para hacerse en estos días, ya sea que esté en el lago o la playa (y, si esta allí, con muchísima más razón), o quizás en medio de las luces de la feria mientras oímos los gritos de niños felices y emocionados, es cómo podemos ser esas personas que cambien la sociedad. Los ya trillados argumentos no valen aquí, porque nada de eso cambia nuestra realidad nacional. Nuestra realidad se cambia partiendo de cómo cada uno de nosotros decide ser transfigurado. El propósito del hombre no es pelear, insultar, denigrar, robar, juzgar, etc. El propósito del hombre, más aún, el de aquel que dice creer en Dios, es ser como la sal. La sal evita que la comida se corrompa. De igual forma, el hombre que decide vivir para el bien evita que la sociedad se corrompa.

En los últimos días he estado observando y conociendo a salvadoreños que deciden cambiar la realidad de otros de manera sencilla y a veces tan oculta, que pasa inadvertida, salvadoreños que son sal de la tierra. En mis próximos artículos quiero contar sus historias, sin contextos políticos, religiosos o sociales. Para mientras, creo que es un reto ver cómo podemos ser ese granito de sal que nuestra sociedad necesita para que El Salvador sea un país en paz y armonía.

¡Felices Fiestas Patronales en Honor del Divino Salvador del Mundo! Que Dios cuide nuestra Patria y le conceda la tan anhelada paz…

Educadora, especialista en Mercadeo con Estudios de Políticas Públicas.

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Fiestas Agostinas Opinión

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