Nuestra tía

De niños le guardábamos un respeto casi reverencial; no era regañona pero su mirada severa y el hecho de que decía las cosas sin tapujos nos indicaba que teníamos que obedecer y no pasar de la raya.

Por José María Sifontes
Médico siquiatra

Sep 04, 2020- 21:27

Ya son cuatro semanas desde que el Señor decidió llevarse a nuestra tía Blanquita de este mundo y sigue siendo muy doloroso pensar que no la veremos más. Este artículo es un homenaje a su vida y lo escribo en plural porque el sentimiento con que lo hago es compartido por mis hermanos.
Tía Blanquita fue una de esas tías que comparten con uno toda la vida. Estuvo ahí cuando nacimos, nos vio crecer, llegó a nuestras bodas, y también estuvo ahí cuando nacieron nuestros hijos. Su nombre fue una descripción fiel de su aspecto, piel inmaculadamente blanca y de ojos claros; heredó esas características de su madre, nuestra abuela paterna. Su semblante era grave, serio, y era de temperamento fuerte. De niños le guardábamos un respeto casi reverencial; no era regañona pero su mirada severa y el hecho de que decía las cosas sin tapujos nos indicaba que teníamos que obedecer y no pasar de la raya. Al crecer comprendimos que detrás de esa coraza había un corazón de algodón. No era de besos, abrazos ni sentimentalismos, pero expresaba su afecto por lo que hacía.
En general no uso malas palabras y no me agrada oírlas, pero debo aceptar que hay algunas personas, muy pocas, a quienes se les escuchan naturales y las dicen con mucha gracia. Era el caso de la tía. Nunca tuvo pelos en la lengua para decir claramente lo que sentía. Su repertorio de malas palabras era usado con suma naturalidad, sin cambios en los gestos ni en el tono; eran enfáticas, no vulgares. Y a nosotros nos causaba mucha gracia, tanta que no podíamos ocultar la risa al escucharla dar una opinión o hacer un comentario sobre algo. Vamos a extrañar mucho esos comentarios con condimento.
La virtud por la cual fue muy conocida era su cocina, la que también heredó de nuestra abuela. Dicho de forma rápida, cocinaba como los ángeles. En las fiestas las personas que no la conocían bien salían fascinadas de la comida, y no dudaban en regresar a la siguiente. Su paella, sus camarones al ajillo, su gallo en vino, sus tamales, su carne asada que preparaba en una especie de horno de herrero, su reconocido refresco de ensalada, y sus postres. Todo espectacular. Ni en los restaurantes más finos y caros hemos comido algo mejor, y estamos conscientes que no volveremos a probar algo igual. Muchas expertas cocineras intentaron copiarle las recetas, que daba sin ningún egoísmo, pero era tarea imposible. La tía heredó a nuestra prima su temperamento, y a nuestro primo ‒que también descanse en paz‒, su talento en la cocina, tanto que llegó a trabajar como chef en restaurantes famosos de Miami y Houston.
Tenía dos aficiones fuertes, claramente contrastantes: las novelas y el fútbol. Jamás se perdía un capítulo de sus novelas ni un partido del Alianza o del Real Madrid, sus equipos del alma. Su pasión era tal que realmente le afectaba mucho cuando perdían, y no se contenía en hacer dulces comentarios sobre los árbitros.
Le gustaba el whisky, pero no se excedía y nunca la vi afectada en lo más mínimo. Pero aparte de todo, lo que más apreciamos fue su relación con nuestra madre. De personalidades muy distintas, casi opuestas, se quisieron mucho. La muerte de nuestra madre y la de su hijo indudablemente la debilitaron. Sabemos dónde estás ahora, querida tía Blanquita, y te mandamos un beso.

Médico Siquiatra

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