En la era de las redes sociales, conservemos nuestra humanidad

Estemos pues conscientes del efecto que las redes sociales pueden causar en nuestra conducta, en nuestra esencia misma como seres humanos. Busquemos deliberadamente obtener información y escuchar a personas que piensan diferente para atenuar el efecto de “burbuja de información” inherente en las redes sociales.

Por Carmen Aída Lazo
Economista, Decana de la ESEN

Jun 10, 2019- 06:00

Las redes sociales han venido a alterar profundamente la manera en la que en la que nos informamos, en la que interactuamos, la forma en la que se hace política, en fin, nuestra cotidianidad. Se trata de un impacto tan trascendental que vale la pena que, a nivel individual y colectivamente como sociedad, nos tomemos el tiempo de reflexionar y comprender la magnitud de dichas transformaciones.

Existe una creciente literatura sobre los efectos de la exposición continua a redes sociales como Facebook, Twitter, o Instagram, en la conducta de las personas y en su bienestar emocional. Así, por ejemplo, una encuesta realizada a jóvenes entre 14 y 24 años en Reino Unido reveló que estas redes sociales permiten a las personas expresarse, tener una voz, pero al mismo tiempo estas plataformas están exacerbando la ansiedad, la depresión y la exposición al “bullying”, sobre todo en los usuarios más frecuentes. Se ha encontrado también que los “likes” (los “me gusta”), que reciben las publicaciones en las redes, hacen que el cerebro libere dopamina, lo que explica que las redes sociales pueden convertirse en una verdadera adicción, por ese efecto placentero y esa emoción que produce el endoso implícito de recibir “me gusta”.

Es bien sabido, además, que las redes están provocando que nos encerremos en verdaderas “burbujas de información”, en auténticas cajas de resonancia, en las que los contenidos a los que estamos expuestos generalmente confirman aquello en lo que ya creemos, aquello que ya sabemos. Esto se debe a la arquitectura misma de las plataformas digitales, pues los algoritmos de las redes se diseñan con el fin de mantener a la audiencia “enganchada”, lo cual se facilita cuando se nos presentan contenidos que son afines a nuestras preferencias. Esto significa que las redes no necesariamente nos están dando “más información”, sino “información que nos gusta”.

Las redes sociales sin duda pueden afectar nuestro bienestar personal, pero posiblemente el mayor riesgo que debemos evitar es que estas plataformas digitales nos deshumanicen. Y cada uno debemos estar alerta de dicho riesgo. ¿Han observado, por ejemplo, que muchas personas se permiten en Twitter mensajes que muy posiblemente no expresarían en una interacción cara a cara? Creo que más de una vez muchos nos hemos quedado alarmados por los niveles de agresividad, burla, humillación, que se manifiestan en las redes sociales. Al parecer, la sensación de anonimato y el hecho que la interacción no sea simultánea hacen que algunas personas se sientan envalentonadas para decir prácticamente cualquier cosa en las redes.

El problema está en que la deshumanización es un proceso, y como ha señalado Reneé Brown, “la deshumanización siempre comienza con el lenguaje, y es seguida de imágenes”. Deshumanización significa comenzar a tolerar que se trate a una persona o un grupo como si fuesen inferiores, por el hecho de ser etiquetados como el enemigo. Muchas de las atrocidades en la historia de la humanidad fueron precedidas por un proceso en el que se toleró una retórica deshumanizante.

Para muchas personas las redes sociales son fuente de entretenimiento, y eso en sí no está mal. El problema es que se confunda entretenimiento con tolerancia a violentar la dignidad de personas y grupos, pues entonces habremos perdido parte de nuestra humanidad.

Ante esta realidad, ¿qué podemos hacer? Claramente podemos tomar de vez en cuando distancia, y reducir el tiempo de exposición y participación en las redes sociales. Y sustituir ese tiempo con interacciones personales, cara a cara que nos permitan desarrollar empatía y forjar conexiones reales. De hecho, en su libro titulado “The Village Effect” (“El efecto aldea”), Susan Pinker demuestra cómo el contacto real, cara a cara, nos hace personas más sanas y felices, pues nos permite crear verdaderos lazos de amistad, y un sentido de comunidad.

Estemos pues conscientes del efecto que las redes sociales pueden causar en nuestra conducta, en nuestra esencia misma como seres humanos. Busquemos deliberadamente obtener información y escuchar a personas que piensan diferente para atenuar el efecto de “burbuja de información” inherente en las redes sociales. Y, sobre todo, reconozcamos que hay una realidad, ajena a Facebook o Twitter, una realidad que muchas veces queda en segundo plano por el ruido ensordecedor de las redes. Una realidad que contrasta diametralmente con la conversación en el mundo digital, una realidad que duele y por la que debemos trabajar para cambiar.

Porque nuestro paso por esta vida se mide en función de cómo impactamos positivamente otras vidas, y no por cuantos “likes” recibimos.

Economista, Decana de Economía y Negocios de la ESEN

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