El poder de hacer callar

Estamos viendo cómo la censura se ha sofisticado considerablemente, de modo que muchas veces ya no se trata de prohibir hablar, publicar, o emitir, sino de lograr una especie de “oscuridad” informativa

Por Carlos Mayora Re
Ingeniero

Nov 29, 2019- 19:15

La historia muestra cómo el derecho a la libre expresión es sumamente difícil de conquistar, y tremendamente fácil de perder. Solo el año pasado, por ejemplo, veinticinco gobiernos impusieron prohibiciones totales o parciales al Internet en sus países, por no hablar del asesinato de periodistas, y de los cierres, expropiaciones y manipulación financiera de medios de comunicación.
Para justificar la limitación de la circulación de la información sobran los motivos. Uno de los más socorridos es el que tiene que ver con la “protección” de la gente. Otro es la manida excusa de salir al paso de los llamados discursos de odio. Dos razones que, se vean por donde se vean, tienen una cuota importante de arbitrariedad.
Además, la censura suele ser un camino sin retorno y por eso una vez que se empieza a hacer, nada impide que los mismos medios de regulación usados para acallar disidentes se utilicen para silenciar a cualquier persona cuyo discurso sea inconveniente para quien tiene el poder.
De acuerdo con un reporte reciente de “Freedom House”, una organización que monitorea globalmente la libertad en el mundo, entre los países en los que hay grandes limitaciones al flujo libre de la información, el veintiocho por ciento ha aumentado las medidas restrictivas en los últimos cinco años.
Buena parte de lo anterior es responsabilidad de la tecnología, que tiene dos vertientes: por una parte ha posibilitado a gobernantes y partidos políticos no sólo impedir o coartar la libertad de expresión, sino también emplear medios para denigrar, insultar y calumniar a sus opositores; mientras que por otra —y esta es una nueva forma de callar a la gente— posibilita a quienes tienen el poder inundar a conveniencia el ethos informativo.
Con respecto a la censura pura y dura, contrariamente a lo que uno podría esperar en un mundo hiper comunicado, la lista de temas y tópicos tabú ha ido progresivamente en aumento, debido principalmente al éxito de la idea de que si algo es ofensivo para alguien debe prohibirse sin más hablar públicamente sobre ello.
Pero como eso de ser o no ofensivo es definitivamente subjetivo… resulta que catalogar como discurso de odio cualquier cosa que moleste, se ha vuelto muy popular entre los autoritarios, o al menos entre los que cuentan con dinero y poder para controlar los medios de comunicación tradicionales y, por supuesto, las redes sociales.
Con respecto a lo segundo, a controlar por inundación de información lo que la gente “debe” o no pensar; una práctica común entre los gobiernos autoritarios no es tanto suprimir información, sino convertirse en grandes generadores de la misma: cortinas de humo, “fake news”, “trending topics”, que se han mostrado tan útiles para tener entretenida a la gente en lo que a ellos les interesa mientras se evita que piense, aunque sea un poquito, por cuenta propia.
Otro método de represión de libertad de expresión es utilizar la publicidad gubernamental para recompensar la sumisión y castigar la disidencia. No en balde en muchos países, el gobierno es, con mucho, el mayor anunciante; por lo que los periódicos y las estaciones de televisión tienen miedo de perderlo como “cliente” y, simplemente, extienden la mano mensualmente para recibir dinero.
Todo tiene que ver con utilizar dinero público para enrutar la conversación de la gente… Dinero que se usa para crear agencias de “noticias”, “periódicos” digitales, comprar frecuencias de radio y televisión, financiar “opinadores”, recompensar periodistas, contratar granjas de “bots”, legiones de “troles” y expertos en información digital.
En resumen: estamos viendo cómo la censura se ha sofisticado considerablemente, de modo que muchas veces ya no se trata de prohibir hablar, publicar, o emitir, sino de lograr una especie de “oscuridad” informativa en la que los poderosos (el gobierno, los extremistas ideológicos, las ONG con agendas aviesas, etc.) se encargan de contar todas las historias.

Ingeniero @carlosmayorare

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