El cáncer de la indiferencia

Puede que haya mejores tiempos, pero los que tenemos son estos. Ningún sentido de falsa auto importancia o arrogancia nos sacará del hoyo. El milagro no caerá de los cielos y nadie vendrá a rescatarnos. Estamos solos. Por lo tanto, dependerá de nosotros trabajar con las circunstancias que se nos han entregado para reconstruir un sistema dañado o sentarnos de brazos cruzados a ver cómo el barco termina de hundirse.

Jun 13, 2019- 19:17

De acuerdo con Thomas Clarkson, abolicionista que jugó un rol clave en la erradicación del comercio británico de esclavos, cuando a lo largo del tiempo las naciones convergen hacia costumbres específicas, se llega a la presuposición de que estas no son solo útiles, sino también eminentemente justas. Dicha lógica era aplicada para respaldar la esclavitud, accionar que hoy en día no es solo considerado manifestación de lo más bajo de la humanidad, sino también un vestigio de lo que la indiferencia para con el otro puede causar. Aquella actitud de soberbia y arrogancia que nos lleva a marginar a aquellos que en apariencia son distintos a nosotros, pero que en el fondo son tan humanos como uno.

Si nos detenemos a pensar con la seriedad que la situación amerita, se comienza a ver que muchas enfermedades de la sociedad salvadoreña se encuentran plagadas por variantes de este mismo cáncer. Desde la indiferencia ante el sufrimiento del pobre que tuvo la mala suerte de nacer bajo circunstancias que marcaron el resto de su existencia, hasta la burla con la que abordamos los escándalos diarios que provienen de la clase política o los deslices de una figura pública que debería ser ejemplo de conducta integral. Sea cual sea el caso, un pequeño esfuerzo mental nos permite vislumbrar que en ocasiones nuestros males son tan claros y comunes que ya no los notamos. O peor aún, solamente los ignoramos.

Al igual que el adicto que se rehúsa a reconocer que está padeciendo de un trastorno que eventualmente acabará con sus relaciones y su propia vida, nuestra sociedad en ocasiones parece adoptar una especie de ceguera selectiva. “Es que así son las cosas por aquí”, “sos un gran exagerado”, “no te claves tanto”. Damas y caballeros, perdonen que se los diga, pero no es una exageración, no es el pastorcito gritando “¡lobo!” cuando no lo hay. Es la juventud salvadoreña capaz de ver la decadencia en la que el territorio al que debe llamar hogar ha caído. La falta de confianza en las instituciones, la ausencia de credibilidad en el discurso político y la impunidad que defiende al “pilas puestas”, aquel que hace la cachada y bordea las leyes del sistema. Es la mañana de tráfico en el Bulevar del Ejército cuando la falta de paciencia bloquea las arterias y todos acaban peor. Es la cultura que premia los dobles estándares, felicita al hombre por seguir sus impulsos y condena a la mujer por ser dueña de sus deseos. Soy yo el que habla de indiferencia y cierra la ventana cuando una niña pasa pidiendo limosna.

Lamento ser quien lo diga, pero en ocasiones usted y yo somos parte de todo lo que está mal con la sociedad salvadoreña. Somos parte de la razón por la cual investigadores que han intentado ayudar al país concluyen que no son mejores leyes lo que se necesita, sino mejores ciudadanos. Somos la negación de la humanidad del otro, el pretender que entre nuestra existencia y la suya hay un abismo llamado clase social, partido político u orientación sexual. Somos los que rechazan su propia humanidad y por lo tanto se vuelven incapaces de percibir el dolor del otro. Es la falsa pretensión de que lo humano es ajeno a nosotros.

Puede que haya mejores tiempos, pero los que tenemos son estos. Ningún sentido de falsa auto importancia o arrogancia nos sacará del hoyo. El milagro no caerá de los cielos y nadie vendrá a rescatarnos. Estamos solos. Por lo tanto, dependerá de nosotros trabajar con las circunstancias que se nos han entregado para reconstruir un sistema dañado o sentarnos de brazos cruzados a ver cómo el barco termina de hundirse. Sea cual sea la elección, es indispensable contar con la suficiente madurez como para aceptar que, independientemente del resultado, no hay nadie más a quien echarle el muerto. No es solo culpa del diputado, de su vecino o de su vida. Perdone que se lo diga, pero también es culpa nuestra.

Estudiante de economía y negocios de la Escuela Superior de Economía y Negocios

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