Austeridad y sobriedad, una apología necesaria en nuestro tiempo

El desenlace fatídico y fatal —que anotaba Ellacuría— sólo se podría lograr con “austeridad y sobriedad”; re-educando, incorporando en los planes de estudio contenidos específicos e iniciando campañas o movimientos que contrarresten la vorágine del consumismo y del dinero como principales “valores” de la sociedad actual.

Nov 21, 2020- 16:03

En el último discurso de Ignacio Ellacuría, el 6 de noviembre de 1989, al recoger en Barcelona el premio Alfonso Comín otorgado a la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), dijo: “Nuestra civilización está gravemente enferma y [”,] para evitar un desenlace fatídico y fatal, es necesario intentar cambiarla desde dentro de sí misma”. Las preguntas inmediatas son: ¿Sigue estando enferma la sociedad? y ¿qué se debe cambiar?
Las sociedades se desarrollan en un devenir, como una manifestación de una estructura dinámica de la realidad (“en sí”, “para sí”, “dar de sí”) de los seres humanos que la conforman; son momento —tiempo e historia—y modo de ser; tienen una identidad medianamente cambiante y direccionalidad. Los modelos normativos, políticos, económicos y culturales definen este modo de ser.
A escala global se ha instalado de modo homogéneo un modelo de “mercado líquido y digital de consumo” (Bauman, Castells, Keynes); la nueva axiología social está pautada por la fluidez, el cambio, la flexibilidad, la adaptación, lo efímero, lo digital, las tecnologías, las redes y el comprar para ser; sin embargo, a nivel nacional o local aparecen otras circunstancias más específicas y determinantes pautadas por lo político. En efecto, particularmente en Latinoamérica, las clases políticas y en ellas los partidos políticos, sus liderazgos y la corrupción, han configurado un escenario de miseria y pobreza muy particular, pautado por tres vertientes:
1) La primacía del dinero y el consumo: El consumismo exacerbado se alimenta con dinero; parece que la gente necesita comprar para realizarse y ser feliz; axiológicamente, el tener se ha puesto sobre el ser; y es la capacidad económica la que determina no sólo los lugares sociales sino también los niveles de referencia e influencia, desplazando a otros valores intelectuales, artísticos, culturales o científicos.
2) Los negocios del poder: El poder sin ética se desvía hacia la modalidad corrupta de utilizar dicho poder para enriquecerse; no es el servicio ni el bien común lo que guía la conducta de los políticos, sino la capacidad de hacer más dinero y amplificar la fortuna de sus allegados, llegando a utilizar, incluso, estructuras criminales para protegerse o amplificar su espectro o capacidad.
3) Depredación medioambiental: Las sociedades consumen y generan de modo masivo cantidades irresponsables de basura. No hay una visión mesurada y seria sobre la administración de los recursos naturales, todo está en función del mercado como si los recursos fueran infinitos. Contaminamos ríos y talamos busques en respuesta a las necesidades del mercado bajo argumentos de necesidades de desarrollo industrial.
Estas tres plagas contemporáneas, que han ido mutando a lo largo de la historia reciente han ocasionado una especie de relativismo moral y ético; y en no pocos casos se justifican y defienden hipótesis a favor de estas conductas aberrantes.
La sociedad educadora reproduce el modelo a través de diversas estructuras, incluyendo el sistema educativo y la dinámica familiar; el axioma predominante es: “Compro, luego existo”, y para ello se necesita dinero, como sea, y las consecuencias no importan.
El desenlace fatídico y fatal —que anotaba Ellacuría— sólo se podría lograr con “austeridad y sobriedad”; re-educando, incorporando en los planes de estudio contenidos específicos e iniciando campañas o movimientos que contrarresten la vorágine del consumismo y del dinero como principales “valores” de la sociedad actual.
Los seres humanos nos debemos plantear “lo esencial” de la vida, ¿para qué vivimos?, y utilizar nuestra “Inteligencia” para descubrir el valor de la libertad y de la responsabilidad; y ser libre supone utilizar el tiempo y la vida en aquello que nos apasiona y que nos permite ser mejores personas. Como bien dice Pepe Mujica: “No se puede ir al supermercado a comprar vida”.
La austeridad y la sobriedad comienza en casa, en la familia, en la primera escuela y con los primeros maestros: padre y madre; se educa más y mejor dando el ejemplo; sin derrochar, y aun teniendo las posibilidades de poder comprar lo que sea, enseñarle a los niños y niñas a ser equilibrados, sobrios y austeros.
Austeridad y sobriedad no supone un elogio a la pobreza, pero si podría implicar ser generoso y solidario, pensar en los demás. Austeridad es sinónimo de sencillez o vivir sin alardes superfluos. Sobriedad significa mesura y moderación. Ambas definiciones implican una vida “ligera de equipaje”, sin ataduras, sabiendo distinguir entre los valores humanos y los valores de las cosas, y poniendo todo en su justo lugar.
Por otro lado, muchas personas viven en una especie de “satisfacción vicariante”, proyectando una realidad imaginaria; quieren o aspiran ser como una estrella del deporte o como su ídolo, y en no pocos casos crean un espejismo aparentando y a la vez sufriendo o gastando para intentar ser. Buscan likes, publican fotos en sus redes sociales, y esto también deshumaniza y educa.
Se puede tener mucho dinero y poder y a la vez ser austero y sobrio, es raro pero posible, y hay ejemplos; no es necesariamente contradictorio. Es un asunto mental, ético, de ubicación y valores. Está comprobado: El poder y el dinero sin control y sin educación deteriora al ser humano, nubla su cosmovisión y cosifica todo a su alrededor; así, se construye una autoimagen egocéntrica, omnipotente e inhumana. Luego, por esta desfiguración se asesina, se trafica, se roba, se depreda el medioambiente, se atropella todo lo que no se alinea a mi mundo perverso.
Al final de todo llega la muerte, y nos vamos como vinimos: Sin nada; y solo podrá quedar el recuerdo y la memoria; para algunos será importante la “herencia” que les dejan a sus hijos, ¿cuál herencia?, ¿la educación?, ¿los valores?, ¿la generosidad? o ¿las propiedades o cuentas bancarias? Todos aspiramos al bienestar, a una buena vida sin carencias o limitaciones, pero hay límites y cosas importantes intangibles.
Como sea, la idea es que pensemos, reflexionemos en dónde estamos parados y, sobre todo, nos preguntemos si somos parte de la solución o el problema, si somos la causa o la solución de la enfermedad de nuestra sociedad…

Investigador Educativo/opicardo@asu.edu

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