Caramelos envenenados

Por Carlos Mayora Re
Ingeniero @carlosmayorare

Abr 30, 2021- 18:33

Hemos nacido para trabajar. El hombre, se ha escrito, ha nacido para trabajar como las aves para volar. Ni el ave vuela sólo para conseguir comida, o un refugio en los crudos meses de invierno; ni el pez nada únicamente para buscar un lugar que le proteja de sus depredadores: volar y nadar son constitutivos de ellos mismos.

De la misma forma, trabajamos no sólo para satisfacer nuestras necesidades fundamentales o para sacar adelante a la familia, ni únicamente para acumular ahorros o bienes, o para prosperar socialmente… trabajamos porque somos personas, para afirmarnos como tales, para alcanzar la realización plena de nuestra humanidad.

Lamentablemente, este concepto del trabajo como lo más propio de la humanidad de hombres y mujeres, que deriva directamente de su dignidad personal y de su condición de animal político, se fue difuminando a lo largo de la historia: primero con la esclavitud como condición socialmente aceptada, luego con el trabajo asalariado, más tarde con la subordinación del trabajo al capital, hasta llegar a convertir el trabajo en mercancía, y al trabajador en simple pieza de una maquinaria.

Conceptualizar el trabajo solamente como un medio para conseguir cosas, fue perfecto para que se convirtiera en instrumento de dominación. Dejamos de tener potestad sobre nuestra actividad laboral y empezamos a depender de otros: al principio de los “patrones”, luego de quien nos diera cualquier cosa para sobrevivir.

Hoy día -para muchas personas- ya no importa trabajar, ya no es valioso ganarse el pan con el propio esfuerzo. Lo que se aprecia es tener, acumular, “salir adelante”. Quienes mueven los resortes de la cultura popular lo tienen claro: con sus dádivas de comida y un puñado de billetes han comprado no solo la voluntad de los votantes, sino su mismísima dignidad.

“Ande yo caliente, ríase la gente” reza un dicho popular, refiriéndose a que no importa cómo estar bien, sino sólo estarlo. Lo cierto es que sí importa: el chorro abierto de los regalos no solo compra votos, también erosiona la conciencia ciudadana, en una medida que no nos damos cuenta.

Es una experiencia que se ha dado repetidamente en la historia: cuando se le arrebata al ciudadano su dignidad sustituyendo los frutos del trabajo (auto estima, orgullo, éxitos personales) con regalos y prebendas, uno de los principales -y más perniciosos- efectos es que se destruye el vínculo necesario entre esfuerzo y recompensa.

Se crea entonces un caldo de cultivo perfecto para la quiebra de los Estados y el parasitismo social. Un ethos alimentado por políticos que ganan elecciones ofreciendo dinero ajeno, comida, y una ilusión efímera de bienestar fundamentada en humo y ruido.

Y lo que comienza como simbiosis, termina como depredación.

Desnaturalizar el vínculo entre trabajo y dignidad es una acción irremisiblemente condenada al fracaso social, porque una vez que trabajar deja de ser la acción constitutiva de nuestra humanidad, la actividad laboral se vuelve primero pesada y después odiosa, y se busca cualquier otra forma -honesta o no, eso no importa- para solventar las propias necesidades, y trepar en la escala social.

Lo ha visto con lucidez un analista: “cuando dejamos de mirar con orgullo y sereno amor el trabajo que sale de nuestras manos, cuando el trabajo deja de ser el vuelo a través del cual expresamos nuestra humanidad y se convierte en una cárcel cada vez más angustiosa, cada vez más aniquiladora de nuestra creatividad, cada vez peor remunerada y más exclusivamente enfocada a la mera supervivencia, se produce una quiebra muy profunda, una herida irrestañable en nuestro ser; y esa herida mata, a corto, medio y largo plazo toda posibilidad de recuperación, porque el hombre es fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales”. Y, ya se sabe, con hombres sin presente, es imposible construir una nación, una sociedad, que depare algún futuro.

Columnista

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