Nuestra voz

Oct 16, 2020- 19:19

“Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado”. Palabras del único y totalitario Partido Socing, en la distópica Oceanía de George Orwell en 1984. El partido reafirmaba su poder eliminando toda prueba de cualquier realidad diferente a la suya. Y para ello, utilizaba la enorme capacidad logística del Ministerio de la Verdad, que se encargaba de escribir, borrar y reescribir constantemente la historia según las cambiantes necesidades del partido y la filosofía del “doble pensar”. Esta filosofía que obliga al individuo a aceptar simultáneamente dos ideas mutuamente contradictorias como correctas; por ejemplo, denunciar fuertemente la corrupción en los gobiernos anteriores, pero aceptar, encubrir y defender las acusaciones de corrupción de la administración actual. O despedir, denigrar y exponer información personal para el lichamiento público de los familiares de ex-funcionarios de la administración pasada, pero publicitar abiertamente que la mitad de su familia, socios y amigos de infancia se encuentra trabajando en posiciones de poder.
El Socing se caracterizaba por canalizar toda la angustia y frustración del pueblo hacia un odio irracional contra el enemigo y un amor equivalente al Gran Hermano, provocando así una ciega obediencia y la destrucción total de todo vínculo afectivo con cualquier otro que no fuera él. ¿Suena familiar? No es una coincidencia. Nayib Bukele está en proceso de convertirse en el Gran Hermano, con un claro estilo de corte autoritario y matices de juventud para poder obtener la aprobación de las nuevas generaciones. Porque un dictador que ocupa Twitter, tiene TikTok y juega Among Us es socialmente más aceptable que el estereotipo de líder totalitario al que estamos acostumbrados a reconocer.
Y es que desde el inicio de su vida política, el actual presidente de la República ha ocupado el arquetipo de el elegido. Aquel joven empresario, disruptivo, molesto con la vieja forma de hacer política, esa que incluía la corrupción de las instituciones del Estado, los favores bajo la mesa entre partidos políticos y el enriquecimiento ilícito de las cúpulas de poder a costa de fondos públicos. Este joven se dedicaría a confrontarlos directamente, a demostrarles que el dinero alcanza cuando nadie roba y que con nuevas ideas podían cambiar el rumbo del país. Esto lo sometería a una constante censura por parte de los grupos hegemónicos de poder que se rehusaban a aceptar los cambios que este proponía; sin embargo, con la ayuda de su amado pueblo, el elegido poco a poco se convertiría en el salvador de El Salvador. ¿O a caso es sorpresa para alguno que su nuevo hospital, su nuevo noticiero y su nuevo periódico se llamen así?
Sus enemigos también tienen un nombre claro, “los mismos de siempre”, etiqueta que Nayib Bukele viene implantando en la sociedad desde antes de su campaña presidencial. Y que cuando esta pierde algo de fuerza, al ser demasiadas las voces disidentes ante sus malas decisiones, busca encabezar el movimiento contrario con némesis, en su mayoría ficticios, como Norman Quijano, Mario Ponce, Rodolfo Parker o Javier Simán, quienes, a pesar de sus arduos intentos de tratar de darle vuelta a la narrativa, se ven reducidos a simples personajes secundarios adentro de la historia de El Elegido.
El maquillaje de la realidad nacional a través de la propaganda, la tergiversación de los hechos y el exceso de información son responsabilidad de su nuevo Ministerio de la Verdad, que se encarga de escribir y reescribir la realidad a su conveniencia.
Sus funcionarios, aunque no sean públicamente anunciados, son reconocibles. Geovani Galeas, Felipe Ray Tyson, Walter Araujo, José Valdez y hasta José Valladares forman parte de los apóstoles de la verdad, aquellos encargados de desinformar a la población y saturarla de tanto contenido, que le resulte difícil distinguir entre lo cierto y lo ficticio, mientras que Ernesto Sanabria, Porfirio Chica, Sofía Medina, Mario Piche, Gabriel Trillos, Luis Laínez y José Navarro trabajan la amplia gama de comunicadores que, utilizando el método de simplificación y unificación del mensaje, masifican y manipulan cualquier narrativa que los hermanos Bukele decidan impulsar.
El financiamiento de este aparato de propaganda masiva lo podemos ver en los gastos excevisos de publicidad del Ejecutivo, las licitaciones de equipo audiovisual de última generación que aún se encuentran disponibles en CompraSal y la reciente contratación de decenas de periodistas, fotógrafos, productores y comunicadores provenientes de medios tradicionales.
Los spots publicitarios cada vez más elaborados, las caravanas de camarógrafos detrás de los funcionarios públicos estrella y las conferencias de prensa programadas con respuestas automáticas, junto al ataque sistemático a todos los periodistas que no lo adulen son la última fase antes de instalarse como el Ministerio de la Verdad. Y su estreno fue este 5 de octubre con el noticiero “El Salvador”, en el cual han tenido la osadía de decir que esta esa es nuestra voz.
Pues no. Nuestra voz no está en un noticiero de propaganda del Gobierno Central. Nuestra voz está en el joven que exige ser escuchado, en la madre que reclama por la justicia de sus hijas, en la joven que reclama por una vida libre de acoso, en los colectivos que exigen mayor representación, en los periodistas que luchan por libertad de prensa ante la censura estatal y la persecución fiscal, en los médicos que llevan meses exigiendo un trato digno durante la emergencia sanitaria, en los profesionales y la academia que advierten el peligroso distanciamiento que el oficialismo está teniendo con la ciencia, la educación y la experiencia, en el comerciante informal y los micro-empresarios que claman por el apoyo financiero que el gobierno les prometió ante la crisis, en los líderes indígenas que piden respeto por el patrimonio cultural e histórico de nuestro país, en los activistas medioambientales que piden el cese a la depredación de recusos, y en las marchas de los estudiantes que exigen agua y vivienda digna para todos.
Esta es nuestra voz y está en las redes sociales, está en las calles, está en todos aquellos salvadoreños que a través de la organización y la denuncia ciudadana buscan cambiar la realidad en la que vivimos porque saben que este no es el país que merecemos.
Esta es nuestra voz, nuestro país, nuestro futuro y lo tenemos que defender, juntos, como país; desde la sociedad civil, desde las organizaciones ciudadanas, desde los tanques de pensamiento, los partidos políticos, empresas, universidades y movimientos. Cada uno de nosotros hacemos El Salvador. Y luchamos por un El Salvador más justo, más humano, más inclusivo. Y aunque tengamos nuestras diferencias bien marcadas, todos luchamos por un El Salvador más libre.
Es ese afán de libertad el que tenemos que materializar y contagiar a la población. Porque, aunque no estemos muy seguros de que la libertad triunfe, luchar por ella es el deber de todo ser humano consciente.

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