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El mejor discurso político

No nos dejemos comprar por un discurso emotivo, estudiemos nuestra historia para entender que este gobierno nos está quitando las libertades que tanto pelearon nuestros antepasados.

Por Marvin Navarro
Estudiante de la ESEN

En las pasadas elecciones muchos no dieron su voto por las propuestas —ni siquiera las hubo— y nadie sabía qué esperar más allá del discurso de los candidatos. Tampoco, se votó por la buena imagen o porque se tuvieran buenos antecedentes en las alcaldías; de haber sido así, habríamos imaginado la deuda pública que vendría. Entonces, ¿por qué el presidente de El Salvador pareció ser tan distinto a los que estuvieron antes que él? La respuesta se halla en apelar al sentimiento y no a la racionalidad de las personas.
Este fenómeno no solamente ocurre en la política, sino en toda cuestión que requiera de tomar decisiones e incluso podemos identificarlo dentro de nuestros patrones de consumo. Las formas tradicionales de vender productos o servicios consisten en ofrecer algo que cumpla una función y resuelva una necesidad. Por ejemplo, comer es una necesidad que debemos satisfacer y existen miles de sitios en los que podríamos disfrutar de un buen almuerzo a un precio bastante razonable. Sin embargo, no solamente nos atrae la comida, sino también el buen servicio y, sobre todo, sentirnos identificados con el lugar, su temática, su ambiente, y que nos haga pensar en visitarlo de nuevo, es decir, que nos dé un motivo para volver.
La publicidad se enfoca en apelar a las emociones, los sentimientos y las necesidades de sus consumidores, así como un vendedor debe apelar a las motivaciones internas de los individuos, a aquello con lo que se identifica y que también empatice con ese “por qué” que lleva al consumidor a tomar una decisión. Muchas veces, creemos que decidimos con el corazón o con el alma, pero no es así, en realidad, estamos actuando con base en lo que la parte más profunda de nuestro cerebro identifica como el “porqué” de nuestro actuar.
De forma inconsciente, tomamos muchas decisiones a lo largo de nuestra vida. Muchas de ellas están influenciadas por ideales en los que creemos, aquello que pensamos que es lo correcto. Del mismo modo, actuamos bajo nuestras motivaciones y las de otros capaces de influir en nuestras emociones. Propondré un ejemplo: ¿por qué es tan conocido Martin Luther King? Él no salió a las calles a decirle a la gente qué tenía que cambiar; más bien comenzó a profesar y a demostrar aquello en lo que él creía y logró que una inmensidad de personas se identificara con su causa para apoyarlo. No se trata de lo que estas personas hacen o dicen, sino de los motivos por los que actúan.
Lo mismo ocurre cuando la seguridad para hablar que tiene una persona nos resulta atractiva. No significa que estemos de acuerdo con lo que dice, pero algo nos resulta conmovedor y convincente en la manera en la que quienes hablan apelan a nuestra motivación, a nuestros sentimientos y a nuestra forma de pensar. Esto también sucede cuando nos quieren vender cualquier artículo: a veces no nos venden el producto en sí, sino que nos ofrecen un estilo de vida, apariencia y experiencias que sobrepasan lo superficial para tocar nuestras motivaciones, búsqueda de comodidad y satisfacción personal.
De la misma manera, desde que existe el discurso político nos han dicho lo que queremos escuchar: promesas de cambio y fin de la corrupción. Ciertamente, Nayib Bukele ha sabido apelar a las motivaciones, emociones y dolores de los salvadoreños, pues ¿quién de nosotros no quisiera acabar de una vez con la corrupción y la pobreza? Nunca ha estado mal seguir a alguien por sus ideales, cada uno es libre de creer en lo que desee mientras no limite las libertades ajenas. Sin embargo, el problema radica en seguir la apariencia de ideales que no se ven en la práctica. “La publicidad, la propaganda pueden hacer que el pueblo siga a un demagogo. Pero eso no durará. El pueblo, tarde o temprano, abrirá los ojos” (Dr. Armando Bukele). Un demagogo nos dirá exactamente lo que queremos escuchar y nos dará a todos el discurso anticorrupción que queremos escuchar, aunque sus acciones nunca coincidan con su prédica y sus mayores cualidades sean la prepotencia y la falta de transparencia.
La carrera presidencial en El Salvador no es más que un concurso de oratoria: gana el que mejor sepa mantener las mentiras y la propaganda durante las elecciones y cinco años más. Cualquiera puede prometer y no cumplir, mentir y ocultar información, pero el pueblo, tarde o temprano, abrirá sus ojos. No nos dejemos comprar por un discurso emotivo, estudiemos nuestra historia para entender que este gobierno nos está quitando las libertades que tanto pelearon nuestros antepasados. No permitamos que nos quiten de nuevo la voz.

Estudiante de Economía

Club de Opinión Política Estudiantil (COPE)

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Dictadura Nayib Bukele Opinión

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