Un diván para un país

A menos que el gobierno cubano decida encerrar a cal y canto a sus deportistas tal y como hace con una población que busca emigrar a cualquier precio, siempre correrá el riesgo de que sus “embajadores” en el extranjero lo dejen en ridículo, echando por tierra las supuestas conquistas de la revolución.

Por Gina Montaner
Periodista

Jun 08, 2021- 19:11

Era una crónica anunciada: se anticipaban deserciones en la selección cubana de béisbol que viajó a Estados Unidos para participar en los partidos preolímpicos. Primero fue un jugador estrella, César Prieto, quien se dio de baja nada más llegar al sur de la Florida y ahora se encuentra en paradero desconocido.
Por si fuera poco, el día que debían regresar a la Isla el psicólogo del equipo, Jorge Sile Figueroa, también desertó antes de abordar el avión. Durante los partidos que se celebraron en West Palm Beach y en Port St. Lucie una parte del público, con gran asistencia de cubanos y venezolanos exiliados, mostró pancartas en contra de la dictadura cubana. Hasta una joven saltó al campo a modo de protesta y el equipo tuvo que soportar los gritos de fanáticos que les pedían que se quedaran en esta orilla y, nunca mejor dicho, no le hicieran el juego a un régimen despótico.
Mas allá de la situación personal de cada jugador para tomar una decisión de tal envergadura si así lo deseara, no deja de sorprender que su psicólogo haya sido uno de los fugados. A fin de cuentas, su función en circunstancias normales es la de preparar a los jugadores para ganar y, tratándose de Cuba, también debía vigilar el ánimo de quienes podían estar contemplando desertar. Es propio de las dictaduras, cualesquiera que sea su signo ideológico, ser centinelas de quienes las representan en el exterior.
Es obvio que el psicólogo deportista tenía tantas dudas existenciales como los jugadores por los que debía velar. No resulta extraño, pues, que sobre el terreno estuvieran desafortunados, siendo la primera vez desde 1992 que el conjunto cubano no consigue clasificar para los juegos olímpicos que este año se celebrarán en Japón. Con un desertor desde que bajaron del avión, un público que combinaba aplausos con consignas políticas que en la Isla están prohibidas y un psicólogo al borde de un ataque de nervios tramando la escapada, no había manera de salir airosos del trance.
Si durante los días que se celebraron los partidos el propio gobierno cubano no ocultaba su berrinche por la “presión” que su delegación sufría, bien difícil tiene que haber sido el retorno de un equipo derrotado en lo deportivo y en el aspecto moral. Ahora, huérfanos de su psicólogo de cabecera para encarar los interrogatorios sobre los aciagos acontecimientos nada menos que en el epicentro de la diáspora cubana.
Por supuesto, no es la primera vez que el régimen de La Habana ha de tragarse el bochorno de que sus deportistas de élite toman las de Villadiego en busca de un futuro mejor y más lucrativo. También se le han escapado diplomáticos, artistas, intelectuales “oficiales” e incluso militares de alto rango en huidas espectaculares como la del piloto Orestes Lorenzo en 1991 a bordo de un MiG-21. Forma parte de la historia de fugas que se han visto en otros países comunistas. ¿Quién puede olvidar la imagen en 1961 del bailarín Rudolf Nureyev corriendo en el aeropuerto parisino de Le Bourget para que lo protegiera la policía francesa al grito de Quiero ser libre”? Unos años después, en 1974, Mijail Barishnikov, otro grande de la danza clásica, pedía asilo político en Canadá cuando estaba de gira con el ballet Kirov.
A menos que el gobierno cubano decida encerrar a cal y canto a sus deportistas tal y como hace con una población que busca emigrar a cualquier precio, siempre correrá el riesgo de que sus “embajadores” en el extranjero lo dejen en ridículo, echando por tierra las supuestas conquistas de la revolución. A estas alturas son muy pocos los que eligen la ceguera con un régimen cuya imagen se ve empañada por los abusos que comete contra una oposición pacífica, liderada por jóvenes como Luis Manuel Otero Alcántara al frente del Movimiento San Isidro.
El último en fugarse ha sido un psicólogo al que no le vendría mal contarle sus cuitas a otro colega tras dar semejante salto. En realidad, después de más de sesenta años de represión y miseria todos los cubanos deberían tumbarse en el “diván del psiquiatra”. El país entero necesita terapia colectiva. [©FIRMAS PRESS]

Periodista y escritora/Twitter: ginamontaner

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