El peor de los animales

“Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala? Y estas bandas, ¿qué son sino reinos en pequeño? Son un grupo de hombres, se rigen por un jefe, se comprometen en pacto mutuo, reparten el botín según la ley por ellos aceptada. Supongamos que a esta cuadrilla se la van sumando nuevos grupos de bandidos y llega a crecer hasta ocupar posiciones, establecer cuarteles, tomar ciudades y someter pueblos: abiertamente se autodenomina reino, título que a todas luces le confiere no la ambición depuesta, sino la impunidad lograda”.

Por Carlos Mayora Re
Ingeniero

May 22, 2020- 21:26

Desde que el hombre es hombre vive necesariamente en sociedad. Y desde que se organiza en comunidades, y el gobierno es ejercido por unos pocos —a título personal o en representación de todos— nos hemos preguntado por una fundamentación del poder político que vaya más allá de la fuerza bruta, encontrándola una y otra vez en la justicia.
Es tan importante que llevó a escribir a Agustín de Hipona una cita perenne: “Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala? Y estas bandas, ¿qué son sino reinos en pequeño? Son un grupo de hombres, se rigen por un jefe, se comprometen en pacto mutuo, reparten el botín según la ley por ellos aceptada. Supongamos que a esta cuadrilla se la van sumando nuevos grupos de bandidos y llega a crecer hasta ocupar posiciones, establecer cuarteles, tomar ciudades y someter pueblos: abiertamente se autodenomina reino, título que a todas luces le confiere no la ambición depuesta, sino la impunidad lograda”.
¿Por qué? La razón más evidente es que el Estado actúa con una finalidad de justicia y la banda criminal no. Pero este argumento sólo sirve si se vincula la existencia del Estado a un ideal de justicia, lo cual supone identidad entre ética y derecho. Cuando se separa el derecho de la moral, y las normas ya no valen porque sean justas sino porque son impuestas por el poder establecido, la cosa cambia, y más aún cuando no hay un criterio unívoco de la justicia, de manera que lo que para unos es justo, para otros no lo es. Entonces aparecen bandos, y cada parte acusa a la otra de usurparse las competencias mutuamente.
De ahí la importancia de estar sometidos voluntariamente al imperio de la ley justa, y no al de cualquier advenediza banda que haga de la “justicia” (a modo suyo) una excusa para instalarse en la impunidad. Es de supervivencia, por tanto, sustituir el gobierno de los hombres por el gobierno de la ley.
Entonces brilla el sentido de la separación de poderes: unos legislan, otros ejecutan y los terceros juzgan. Y todos juran acatar la Constitución (Ley de leyes). Sólo así se evita que uno se haga con el poder total, y ponga —como decíamos— la justicia y la ley a su servicio y al de sus secuaces.
Lo que sostiene al Estado y garantiza la paz es la justicia. Una justicia imperfecta como todo lo humano, pero en tanto reconocida por todos, y aceptada en su forma de derecho y separación de poderes, la única manera de evadir la impunidad.
Cuando las expectativas derivadas de la Constitución no se cumplen y quienes ostentan el poder se valen de él para sus intereses particulares, la legalidad deja de ser fuente de legitimidad y se percibe como una mera tapadera jurídica de un grupo de bandoleros.
Sin Estado (que no hay que confundir ¡cuidado! con los gobernantes), sin justicia, sin el imperio de la ley, no podríamos sobrevivir. Pues, como apunta Aristóteles: el hombre es el mejor de los animales, pero cuando se aparta de la ley y de la justicia es el peor (…) el más salvaje y despiadado de todos.

Ingeniero. @carlosmayorare

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