Sábados en el jardín

Más o menos a la hora en que los funcionarios de Casa Presidencial nos regalaban una de las tantas y tan controversiales conferencias de prensa, pasaba misterioso y quedo, el último de los inesperado visitantes: un tacuazín (Didelphis marsupialis). Me miró y lo miré. Intuyendo que yo —esa extraño bípedo con lentes— era inofensivo, decidió seguir su camino, desapareciendo tan misterioso, lento y silente como había llegado.

Por Maximiliano Mojica
Abogado, máster en leyes

May 22, 2020- 21:18

Ante la imposibilidad de ir al cine, a un centro comercial o al menos salir a caminar, la opción lógica para los sábados por la tarde es leer. Procedí a instalarme en el patio bajo la sombra de un árbol, armado con un rico café, acompañado de una deliciosa música clásica y con mi lectura de turno. Refrescado con la brisa de la tarde, mis ojos ya serenos, lejos del bullicioso mundo del consumo, empezaron a notar cosas maravillosas.
Descubrí que, por la tarde, tal como hacen los padres de familia al regresar de su jornada laboral, regresaba a un orificio abierto en el árbol un simpático gorgojo. “Mr. Georgy”, como alegremente le bautizamos. Ver al coleóptero (lamprima aurata) era toda una experiencia, era como ver a un dron en plena acción de acoplamiento con su base. La aeronáutica danza apenas duraba unos segundos, pero cuando el insecto finalmente se alineaba con el pequeño orificio en el tronco, descendía en picada para hacer una chuza perfecta. Tal habilidad hubiese puesto rojos de envidia a los pilotos de los Stukas nazis, durante la Segunda Guerra Mundial.
Al atardecer, se levantaba, Dios sabe de dónde, una nube de diminutas papalotas casi transparentes (lepidópteos ditrisios). Cientos de ellas perdidas en una sexy danza nupcial en la que la vida se abre paso, buscando la mejor propuesta para reproducir un ADN con millones de años de antigüedad.
Pero para su desventura, su alegre baile no pasaba inadvertido, ya que atrajo una horda de hambrientos pájaros que, frente a mí, realizan acrobáticos y complejos quiebres aéreos, con tal de llevarse entre sus picos tan exótico manjar. Chiltotas de brillantes colores, vencejos, colibríes, mangos pachiverdes y alguno que otro tímido torogoz, eran visitantes comunes a esa hora, regalándome una fiesta de graznidos que silenciaban las notas de Bach que mi parlante se empeñaba en reproducir. Plumas vibradoras de energía, de hechizantes movimientos, que reflejaban los agonizantes rayos del sol que marcaban el cierre del día.
Mientras tanto, arriba, muy, muy arriba, se escuchaba el graznido de un poderoso gavilán (Falco sparverius), que aparecía en escena para ponerle un toque de emoción al encuentro entre diferentes especies
¿Qué prevalecería en esa danza evolutiva? ¿el ardor nupcial, el hambre o la seguridad? La increíble respuesta es que todas las especies siguieron con lo suyo, indiferentes ante los peligros y el destino, reproduciéndose, cazando y siendo cazadas. Tal como fue en el amanecer de los tiempos y tal como lo será al final.
Al caer la noche, llegaba la hora de otras creaturas, como el chicote (Phylophaga). Alentado por las lluvias, se convierte en un visitante incómodo de nuestras noches de finales de la temporada seca, mientras es atraído en grandes números por un evento que la evolución no previó: la luz eléctrica. Vuela inocente dentro de nuestras residencias para terminar apachurrado por el zapato de las amas de casa, quienes saltan sobre ellos tal como lo hiciera una histérica balletista flamenca.
Ajeno a todo, una infinita línea de ordenadas hormigas cortadoras de hojas (Acromyrmex) hacían de las suyas en el limonero del jardín. Esos diminutos seres de cuatro pares de patas y exoesqueleto áspero, dejan un misterioso sendero químico que le sirve de guía entre el alimento y su hormiguero, el cual, en la vida silvestre, puede crecer hasta ochenta metros de diámetro. En pocas horas dejaron chulón al limonero, tan diligentemente, que cualquier hubiese dicho que habían sido amaestradas por nuestros funcionarios en el arte de dejar desnudo de dinero al tesoro público.
Decidido como estaba a finalizar la noche ante el infinito mundo natural encerrado en mi jardín. Me senté a oscuras en la terraza. La sorpresa no tardó en llegar. Más o menos a la hora en que los funcionarios de Casa Presidencial nos regalaban una de las tantas y tan controversiales conferencias de prensa, pasaba misterioso y quedo, el último de los inesperado visitantes: un tacuazín (Didelphis marsupialis). Me miró y lo miré. Intuyendo que yo —esa extraño bípedo con lentes— era inofensivo, decidió seguir su camino, desapareciendo tan misterioso, lento y silente como había llegado.
Dándole un trago a mi copa de vino, pensé para mi mismo: de seguro hay uno de estos en cada casa, incluyendo en la presidencial.

Abogado, máster en Leyes. @MaxMojica

Utilizamos cookies y otras tecnologias para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestro sitio web.

Política de privacidad