Cuando el deber llama

La misión principal de cualquier gobierno debería ser que la prosperidad de su gente no dependa de la suerte.

May 06, 2019- 04:30

Aún no hay mucho que discutir sobre el gabinete entrante del presidente electo. Quizás sea por silencio intencional estratégico para evitar la auditoría necesaria a la que debería ser sujeto cualquier servidor público en una posición de liderazgo nacional. Los comentarios que el presidente electo (¡siempre tan reacio a la cobertura periodística crítica!) se dignó a darle a la prensa mientras atendía a Gavin Newsome parecen indicar lo anterior. Puede que el silencio se deba a alguna inclinación a la improvisación y que nuestro futuro presidente quiera deleitar a sus seguidores con la versión gabinete de una fiesta sorpresa el 1 de junio.

O quizás —y no hay manera de saber — no sabemos quiénes formarán parte del gabinete porque le está costando encontrar candidatos potables. Y lo anterior no es en lo absoluto indicador de que en nuestro país falte el talento, o de que tengamos un desierto de potencial, talento, preparación académica, o compromiso con la patria. Lo anterior tiene más que ver con las circunstancias específicas que facilitaron la victoria del presidente electo. En un país en el que el bipartidismo parecía monolítico y permanente, imaginar cómo se verá un gobierno de una tercera fuerza partidista es un reto para muchos ciudadanos. Tanto para los recalcitrantemente partidistas como para los independientes. La incertidumbre surgida de las inconsistencias ideológicas y políticas del presidente electo y del partido que eligió como vehículo no es menor e implica un riesgo político y profesional para bastantes criterios independientes.

Hay quienes sostienen que de este gobierno, simplemente con base en la corruptela con la que la figura central de la campaña se alió para ganar, no puede salir nada bueno. Hay quienes ven como una cuestión de moralidad el negarse a cooperar con alguien que miente, ataca, difama y desinforma para explotar el hartazgo de la población sin ofrecer reformas concretas y sustanciales a cambio. Y algo de mérito tiene este argumento. Demuestra rectitud de principios, sirve como línea en la arena para separar a quienes tienen compromisos serios con una filosofía política y social definida, de los oportunistas que se agarran de la pita de cualquiera que sea el globo que prometa agarrar más altura. Sin embargo, este argumento llevado a su extremo lógico implicaría abandonar principios y valores de gobernabilidad, de tecnocracia, de acuerdos de país, políticas de Estado y de independencia partidista. Implicaría el privilegio y la comodidad de perder cinco años de posible progreso en espera del candidato ideal y preferido. Sería, en políticas públicas, el equivalente a quemar el autobús donde vamos todos con tal de demostrar las imperfecciones del conductor.

Y la verdad es que en un país como el nuestro, en el que a menos que se cuente con suerte y con el limitado acceso a una educación de calidad, a servicios de salud dignos y a un empleo que permite la movilidad social, hay poquísimas opciones fuera de sobrevivir, emigrar, o morir, ya sea en manos de la criminalidad pandilleril o de la violencia doméstica. Y la misión principal de cualquier gobierno debería ser que la prosperidad de su gente no dependa de la suerte.

Ante la situación, si las personas preparadas, comprometidas, independientes y decentes a las que se les ofrece una posición para la que están calificadas no aceptan el reto, el autobús va a chocar de todos modos y a oscuras, sin la posibilidad de tener una auditoría independiente de las motivaciones del nuevo gobierno. Claro, hará falta la discusión de reformas que permitan compensar al mejor talento de manera competitiva con el mercado laboral para que aceptar un puesto de servicio público no sea un lujo que solo quienes no necesitan el ingreso puedan darse. Y será necesario que quienes acepten una posición tengan el compromiso y la valentía de denunciar malas prácticas cuando sea necesario y de renunciar si las malas prácticas se vuelven el modus operandi. Lo importante no es quién sea el conductor con tal que el autobús avance.

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.@crislopezg

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