BEATIFICACIÓN | Rutilio Grande SUCESOS | Marcha Acuerdos de Paz DEPORTES | Jornada Clausura 2022 EDUCACIÓN | Año escolar 2022

Familia

La familia aporta una visión de mundo y educa en conductas básicas (el concepto de “Socialización primaria” de Berger y Luckmann desarrollado en su libro “La construcción social de la realidad”). Lo que hoy se conoce como “ciudadanía”. 

Por Jorge Alejandro Castrillo
Psicólogo

Las hijas crecen y alzan vuelo. La familia se dispersa. A pesar de los avances tecnológicos que ahora permiten comunicaciones más fáciles y frecuentes, la verdad es que el contacto directo, cotidiano y cercano es otra cosa. Es lo que hace a la familia. Nos dimos una quincena de fría inmersión, luego de años de no estar todos juntos, lo que me permitió gozar del intimo calor familiar de nuevo.

Todos venimos de una familia y entendemos lo que el concepto significa. Por eso es que tan fácilmente se recurre a ese parangón en el lenguaje popular y en el comercial: “en el equipo estamos muy unidos, formamos una familia” “únete a la gran familia de xxxxx y goza de grandes descuentos”.

No es fácil vivir en familia. La versión romántica supone que todo es paz y amor entre familiares. La versión realista es que todas las familias tienen diferencias, roces, desavenencias y problemas, todas. Comprensión y tolerancia – el amor, vaya- hacen que las cosas fluyan, avancen y la familia se mantenga. Hay hábitos que ayudan: “Familia que reza unida, permanece unida” (P. Peyton)

Muchos quieren formar la propia. Todavía en nuestras latitudes se encuentra uno con muchos jóvenes (¿y jóvenas, antipáticos extremistas del lenguaje de género?) que desean formar su propia familia como continuación de la que los creció y les dio identidad. Hipótesis: ¿quienes desean iniciar su propia familia es porque provienen de una que les fue grata y buena y protectora y querida?

No todos están contentos con la familia en la que les tocó crecer. El trabajo de años en la clínica psicológica me lleva siempre a estar alerta: hay familias realmente insanas, disfuncionales al extremo, que difícilmente pueden llamarse familia. El joven que no termina de madurar porque se revuelve en la triste fantasía que su mamá se empeñó en hacerle creer; la madura profesionista que descubre que muchas de sus malas decisiones se deben al odio que siente hacia su padre; la inestabilidad del adolescente que prefiere estar donde su abuela porque su madre, para decirlo benignamente, no resulta la persona responsable, comprensiva y disciplinada que él necesita.

No todas las familias son iguales. Alrededor de los años setenta la “familia monoparental” llegó para quedarse. De alguna forma, queda definida en sentido deficitario: a esas familias les hace falta algo, uno de los progenitores para ser específico. La ola de diversidad e inclusión que ahora pretende envolvernos no tiene que ver con la falta de uno de los miembros constituyentes, sino con la necesaria diferencia de sexo entre los progenitores. Soy cauto en esto pues no tengo la experiencia profesional suficiente para referirme a una práctica validada. Pero se me antoja poco probable, como alguna vez me dijo una mamá que había hecho vida marital con su pareja, también del sexo femenino, que “nuestra unión no les ha afectado en lo más mínimo a mis hijos”. Creo que allí hablaba más desde su perspectiva y egoísmo. No pude conocer la versión de los hijos, pero apuesto que no habría sido tan neutra como la de su madre.  Podré concederlo quizás cinco lustros más adelante, quizá pueda ser una afirmación que se haga en otras latitudes más laxas, pero mi sentido común me dice que no es cierta para la Centroamérica de este siglo.

La familia aporta una visión de mundo y educa en conductas básicas (el concepto de “Socialización primaria” de Berger y Luckmann desarrollado en su libro “La construcción social de la realidad”). Lo que hoy se conoce como “ciudadanía”.

Venimos de celebrar el nacimiento del Niño más famoso del mundo. Con ese nacimiento quedó constituida lo que ahora conocemos como “La Sagrada Familia”. La divinidad de Cristo (100% dios, 100% humano) genera dudas para comprender plenamente su crecimiento infantil y adolescente. Era apenas un niño cuando se les perdió a María y José en el viaje de regreso. Comprensiblemente angustiados, los padres (que no sé si, para ese momento, ya serían reconocidos como santos) regresan apresurados con el alma en vilo para encontrarlo sentadito, tranquilito, disertando entre los doctores de la ley.   “¿Y por qué me buscaban? ¿No saben que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?”.

Me pregunto, ¿Lo llamó aparte el buen carpintero para hacerle ver, a Él solito, que esa no era manera para dirigirse a su papá? pues si nos ponemos del lado humano, la respuesta suena un tanto impertinente. (“Bienaventurados los mansos…”, creo que era en honor de ese Padre) ¿Le tocó regañarlo fuerte, incluso nalguearlo, alguna vez a María para hacerlo entender que “eso no se hace, niño malcriado”? Los evangelios no nos hablan de eso. Creo que nos ayudaría a sentirnos más cerca de esa familia, así como las vacaciones me ayudaron a sentirme aún más cerca de la mía.

KEYWORDS

Cristianismo Familia Opinión Psicología

Patrocinado por Taboola

Inicio de sesión

Inicia sesión con tus redes sociales o ingresa tu correo electrónico.

Iniciar sesión

Hola,

Bienvenido a elsalvador.com, nos alegra que estés de nuevo vistándonos

Utilizamos cookies para asegurarte la mejor experiencia
Cookies y política de privacidad