Reventar la democracia

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Por Carlos Mayora Re
Ingeniero

Feb 21, 2020- 17:44

Reza el Artículo 85 de nuestra Constitución: “El Gobierno es republicano, democrático y representativo”. Sin embargo… (cómo quisiéramos que no existiera posibilidad de poner ese “sin embargo”), en estos días se ha visto a no pocos ciudadanos que -ya sea por fidelidad a una persona, conveniencia, o simple ignorancia- intentan justificar hasta lo inverosímil lo sucedido a principios de mes en la Asamblea Legislativa.

Unas acciones que de republicanas, democráticas y representativas tienen más bien poco. Y que han sido caracterizadas por la opinión pública nacional e internacional, por juristas y tanques de pensamiento, como un claro intento de acaparar poder.

Es célebre la cita de Lincoln que dice que la democracia es el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Contiene una verdad tan fuerte, que puede llegar a eclipsar una característica inherente a cualquier sistema democrático: para que funcione, es imprescindible que haya representatividad de los votantes por parte de personas elegidas mediante sufragio universal, y separación de poderes en los órganos de gobierno.

Por ello, entre todos los cargos públicos en una democracia representativa, el más difícil de ejercer -y el que requiere mayor madurez política y prudencia-, es el de presidente; pues implica que, si bien es votado por parte de los electores, debe ejercer su cargo respetando y defendiendo el derecho de pensar diversamente de quienes opinan distinto que él, de los que no votaron por él y de quienes, simplemente, no ejercieron su derecho a votar.

Por lo que, arrogarse inopinadamente ser el único representante de la voluntad popular, sin importar que ese abuso sea perpetrado por un parlamento, por una corte, o por un presidente; es mostrar patentemente que, o se tiene un concepto de democracia a todas luces erróneo; o que se comprende bien, pero no es más que papel mojado, excusa para salirse con el propio capricho, o simple humo para narcotizar a los simples, y arrogarse un poder que la misma democracia invocada deniega.

En resumen: es inadmisible para alguien que dice ser demócrata apoyar a quien intenta gobernar por medio la fuerza, el chantaje, el populismo o el fanatismo, pues no son más que formas de reventar desde dentro la democracia representativa. Como también es contradictorio arrogarse en nombre de la “voluntad popular” la legitimidad para hacerlo; amparándose en porcentajes de aceptación, necesidad de destituir funcionarios corruptos, etc.

Es verdad que, si uno lee a Churchill cuando dice: “la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre” siente la necesidad de acabar con ella y pasarse a un sistema político alternativo… Pero la cita tiene una segunda parte, donde el estadista británico aclara que, si bien es el peor sistema, lo es “con excepción de todos los demás”.

En buena parte es el mejor -asunto que por sabido no es trivial recordarlo-, porque contiene pesos y contra pesos que impiden el poder total en manos de uno solo, o en las de un puñado de compadres. Cuenta, además, con mecanismos orientados a corregir desviaciones: cargos y funciones diseñados para ser ocupados durante tiempos limitados, protección del papel de la libertad de prensa para garantizar información veraz, elecciones periódicas, cargos de elección directa y secundaria, etc.

Es sabido que la impaciencia suele jugar muy malas pasadas. Y esto, en el ámbito político, no es la excepción. Por eso, querer reparar una democracia maltrecha a fuerza de insurrección popular muestra que, o no se ha entendido en realidad lo que sea la democracia, o simplemente se utiliza como excusa para fines aviesos.

Para concluir, diremos que libertad y democracia tienen una particular relación, la misma que hace insensato e ineficaz intentar pasar por encima de las libertades para obtener democracia, pues si se hace de ese modo, no solo se pierden las libertades, sino también, la democracia.

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