La fiera dormida

Por Maximiliano Mojica
Abogado, máster en leyes

Mar 01, 2020- 22:07

Uno de estos días, mi hija Adriana me estaba comentando sobre su lectura: “La vida es sueño”, de Pedro Calderón de la Barca. La obra barroca tiene como objeto plantear el hecho que el ser humano tiene libertad para configurar su vida, sin dejarse llevar por un supuesto “destino”.

Uno de los puntos interesantes tratados por mi hija fue el tema del “odio”, ya que, dentro de la obra, el rey, temeroso sobre las oscuras profecías hechas respecto de su hijo Segismundo, decide encerrarlo en una torre. Aislado y sin amor, en su hijo ocurre precisamente lo que el rey quería evitar: que su corazón se llenase de odio hacia quien le causaba tanto dolor. El rey, por medio de sus acciones y no por un supuesto “destino”, provocó el surgimiento de un odio que eventualmente traería tantas desventuras al reino.

La obra me hizo pensar en nuestro país. El Salvador, durante décadas, ha luchado por superar el odio fratricida que fue sembrado en nuestros corazones por las ideologías en conflicto durante la mayor parte del siglo XX.

A pesar de que este año la celebración del aniversario de los Acuerdos de Paz pasó desapercibida por parte del gobierno, sí recuerdo cuando la sociedad salvadoreña celebró la paz y el final del conflicto armado. La época de las balas, de las tanquetas en las ciudades, de los escuadrones de la muerte, de los atentados y de los secuestros, había llegado a su fin.

Recuerdo cómo me llené de orgullo cívico cuando participó por primera vez el FMLN en una contienda electoral. Como personas civilizadas pudimos elegir a quienes serían nuestros próximos gobernantes. A veces ganó la izquierda, otras la derecha. Pero la dinámica democrática, la capacidad de poder expresarnos y vivir en razonable armonía estaba ya sembrada en nuestras mentes y corazones. Guerra, odio y conflicto armado ¡nunca más!

Ahora vivimos en un nuevo estilo de gobierno, del que podría decir que es más parecido a lo que vivimos en la época de la guerra: se quiere gobernar a base de fomentar el odio entre hermanos. Todos somos salvadoreños que queremos lo mismo: paz, progreso y libertad. Educar a nuestros hijos y verlos progresar. Salir a un parque o entrar a una colonia, sin que eso implique exponer nuestra vida. Entonces, si todos queremos lo mismo ¿por qué nos vamos a odiar solo por pensar -y votar- diferente?

Todos los líderes que han recurrido al odio como una forma de gobierno, han terminado mal. Lo hizo Stalin, satanizando a los Kulaks (campesinos ricos), como la fuente de todos los males en la Rusia soviética. Lo hizo Hitler, caracterizando a los judíos como “los enemigos del pueblo alemán”, con los terribles resultados del Holocausto. Lo hizo el Pol Pot y su Khmer Rouge, considerando a todo aquel profesional o comerciante como un “parásito social” a quien se debería de eliminar, causando la tragedia vivida en los Campos de la Muerte en Camboya.

Ahora se nos quiere hacer pensar que todos los males de El Salvador son causa de la Asamblea Legislativa y los diputados que la conforman, lo cual es un absurdo reduccionismo de los complejos problemas que vivimos como sociedad y como país.

Estamos claros que la Asamblea Legislativa es un órgano muy desprestigiado ante la población, que requiere a gritos una clara y completa renovación. Todos queremos un combate decidido y frontal contra la corrupción; así como de una apuesta al fortalecimiento institucional de los órganos que la combaten: Fiscalía, Corte de Cuentas, Probidad y Tribunales. Pero de eso a llamar a la insurrección y querer llevar a la plaza pública a todos los políticos para “darles fuego”, hay mucha tela que cortar.

“Crear enemigos” internos o externos es fácil. Recurrir al odio del “otro” para generar simpatías hacia un proyecto político, es más fácil aún. Pero en todos los casos, los resultados son terriblemente devastadores, ya que lo único que puede generar el odio es violencia, la cual acarrea división, venganza, sangre y muerte. Nadie quiere eso para El Salvador.

El odio es una fiera dormida que habita en nuestros corazones. Y tal como concluyó mi hija: “si ya nos advirtieron de la fiera ¿por qué la vamos a despertar?”.

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