La crisis del COVID-19: el papel restaurado del Estado

Por Pascal Drouhaud
Politólogo, presidente LATFRAN

Abr 13, 2020- 22:32

Las consecuencias económicas y sociales de la pandemia del COVID-19, ya se hacen sentir: recesión anunciada en Europa, fuerte aumento del desempleo, sectores del turismo, de la restauración, de los transportes aéreos largamente impactados, reducción del comercia mundial, tantas realidades que anuncian los desafíos de la post-pandemia. Más que nunca, el regreso del Estado, después de años de cuestionamiento sobre su papel en una globalización reforzada, es la consecuencia más visible.
Después de la crisis financiera de 2008, la principal expresión del discurso estatal consistía en hablar de “austeridad”. Hoy en día se trata de inyectar liquidez en grandes cantidades, en prever planes globales para consolidar y relanzar la economía tanto como para apoyar a los sectores industriales y las poblaciones directamente impactadas por la pandemia. El Estado es la estructura que puede garantizar estas orientaciones, el mercado sufriendo demasiado de la pandemia.
Con 1,919,913 de personas infectadas y 119,660 decesos por coronavirus hasta ayer, el mundo aborda varias semanas de contención. Recesión anunciada en Europa y en unas de sus primeras economías como lo son Alemania, Francia, Italia, y España. Para los organismos de prevención económica, la recesión será peor que la de 2008 y, para unos, será la más fuerte desde 1945. El compromiso de los Estados y estructuras regionales como lo son la Unión Europea pueden permitir en estas partes del mundo, reactivar la dinámica económica. Los Estados Unidos, que es hoy en día el país más afectado por el virus con casi medio millón de personas infectadas, habían votado final de marzo pasado, un plan de 2000 billones de dólares,. Por su parte, la Unión Europea pone en acción varios instrumentos: plan de 37 billones para las regiones más impactadas. El Banco Central europeo lanzó un programa de compra de los títulos alcanzado 750 billones de euros mientras se suspendió, el 20 de marzo pasado, la regla de los 3% del déficit máximo y aprueba las ayudas de los Estados en favor de las lucha contra los efectos del virus.
Por cierto, la urgencia económica ya es de actualidad: por ejemplo, el producto interno bruto francés cayo de un 6% en el primer trimestre. Es el peor resultado económico desde 1945. La actividad ha sido 32% menos que en tiempos ordinarios según el banco de Francia. Solos son los sectores agroalimentarios y farmacéuticos quien resistieron.
Francia es el primer país del G7 en oficializar una recesión mientras Italia y el Japón deberían anunciarlo pronto. En Europa, el nivel de actividad de abril reforzará esta tendencia para sus economías, siendo reforzada por la fuerte baja de demanda externa. Alemania, por ejemplo, se proyecta con una contracción de 9.8% de en segundo trimestre del año de su actividad, proyectando una recesión por lo menos comparable a la de la crisis financiera de 2008 que hizo bajar el PIB de 5%. Pero lanzó un plan de apoyo a su sector económico de 1100 billones de euros, obligándola en suspender la regla de su equilibrio presupuestarial para poder contratar nuevas deudas desde 2013.
Estas situaciones, que sean en América Latina, África, Asia y Europa, tienen una consecuencia inmediata: el regreso del Estado. La primera prueba de esta situación es la decisión del bloquear las economías para poder salvar vidas. Durante este periodo excepcional, garantiza una parte de los salarios, por lo menos en unas economías que tienen esta capacidad. Sin duda, la potencia publica saldrá de esta prueba reforzado aunque fragilizado por un endeudamiento reforzado.
Mientras la mitad de la población mundial está bajo medidas de contención, el Estado aparece como el elemento de sobrevivencia común. Esta pandemia de los tiempos globalizados y numéricos revela la esencia del Estado: puede bloquear economías para luchar contra el peligro de muerte que nos amenaza. ¿Qué mejor revelador de la fuerza pública que esta realidad?
El Estado tiene este poder: los hechos históricos graves como fueron, por ejemplo, las dos guerras mundiales o el 11 de septiembre de 2001, revelan las capacidad del Estado en dinamizar un apoyo económico global. Regular, proteger, influir, las vidas de las poblaciones en un territorio dado, hace parte del papel primero del Estado.
La crisis provocada por el COVID 19 obliga el Estado en asumir su papel al nivel económico y social. Es el que tiene la fuerza para influir sobre la capacidad de producción y su orientación para evitar penurias. También, dispone de instrumentos para ayudar las empresas tanto como para que la reconstrucción tenga consecuencias fructíferas sobre el bienestar general. Y la presencia central del Estado se perfila a largo plazo, sabiendo el planeta va a tener que convivir con este virus durante bastante tiempo.
Esta realidad provoca una baja del nivel del comercio mundial: fronteras cerradas o limitadas, paralización del transporte aéreo, la crisis muestra que las cadenas de producción y distribución son demasiadas largas y frágiles en tiempos excepcionales como los que vivimos. La reducción de las inversiones extranjeras en China y la voluntad de proteger y desarrollar sectores estratégicos en las economías nacionales va a reforzar una reorganización económica mundial. La pandemia del coronavirus nos dio conciencia de que 80% de los servicios y equipamientos sanitarios están producidos en China e India, volviendo el mundo dependiente de estas fuentes de producción.
La demanda creciente de protección social es la consecuencia de la nueva realidad provocada por la crisis del COVID 19. El reforzamiento de la conciencia medio-ambiental completa este panorama cuyas respuestas no pueden provenir del mercado sino de la entidad que supuestamente tiene conciencia del interés general: el Estado.

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