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Columna Transversal: Contra la antipolítica

Lo más probable es que la constitucionalista alemana que habla así no conoce lo que está pasando en El Salvador, pero sus palabras describen fielmente nuestros dilemas. Si no erradicamos el odio que han sembrado contra los políticos, la oposición, las ONG y fundaciones de carácter cívico, los empresarios y periodistas independientes, no habrá manera de salvar la democracia.

Por Paolo Luers
Periodista

Recientemente leí la ponencia que la escritora alemana Juli Zeh dio en 2019, cuando le otorgaron el premio literario Heinrich Böll. La novelista, que también es jueza constitucionalista, hace una radical crítica a la antipolítica, con el argumento central que lleva a destruir la democracia y crea espacio para el autoritarismo. Voy a traducir las partes más importantes de su ponencia publicada en el semanario Die Zeit.

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“De repente, para ser cool, ya no bastaba exhibir su desinterés en la política, sino se tuvo que estar en contra de ella. No en contra de un determinado programa político, sino contra la política en sí. Sobre todo contra ‘los políticos’, todos los políticos, que de manera general fueron presentados como una especie subhumana”.

Así empezó también en El Salvador. Percibiendo que había mucho malestar a los partidos y sus gobiernos, un ambicioso populista se montó encima de una crítica justa, la explotó, la manipuló con un discurso contra ‘el sistema’ y ‘las élites’ y la logró transformar en una masivo sentimiento de antipolítica.

“La imbecilidad se volvió ilimitada. Lo nuevo fue ponerla en escena como si fuera una audaz ruptura de tabús – y que lograron explotarlo para ganar atención”.

Funcionó. La gente comenzó a ponerle atención al joven empresario con discurso retador. Se desmarcó del partido que lo había contratado primero como publicista, pagándole millones, para luego llevarlo a gobernar la capital, para poder presentarse como rebelde antisistema. La gente le compró esta maniobra. La frase de Juli Zeh que “la imbecilidad es ilimitada” no sólo se refiere a los discursos que políticos pueden asumir, sino también a las masas que se lo creen.

“No es casualidad que en todas partes se eligieron candidatos que se presentaron de manera absurda pero exitosa como enemigos declarados de la política y las élites. Donald Trump (anti Washington) y Boris Johnson (anti Europa) son los mejores ejemplos. El desprecio a la política se ha vuelto programa político, sobre todo en la orilla derecha del espectro político”.

La versión criolla de estos políticos se llama Nayib Bukele. Llega a la presidencial con un programa político que se reduce al rechazo de ‘los mismos de siempre’. En el tercer año de su presidencia no ha presentado programa de gobierno ni planes para ninguno de los problemas del país.

“El siguiente paso: El político se vuelve enemigo, al cual no hay que permitir hablar. Y después: Cero tolerancia para opiniones diferentes a la antipolítica. Aunque surja de la sociedad civil”.

En esta fase estamos ahora. Sólo que la ‘cero tolerancia a opiniones diferentes’ ya no es puro discurso, sino una práctica gubernamental. Se removió una Sala de los Constitucional entera por disentir con el presidente. Ahora están removiendo a los jueces que siguen creyendo en la independencia judicial. Empresarios que no comulgan con la ideología antisistema del presidente, son sujetos a acoso de parte de Hacienda y la fiscalía. Los medios de comunicación independientes y críticos y sus periodistas son declarados ‘enemigos del pueblo’.

“Urge poner fin al autoodio que padece nuestra democracia y regresar a un trato respetuoso para con nuestro sistema político, para con nosotros mismos y la manera como convivimos. Si les retiramos nuestros apoyo a las instituciones; si nos hundimos en frustración y cinismo; si aceptamos la conclusión de que nuestras instituciones ya no sirven para nada y que de todos modos no pueden producir los cambios necesarios, entonces desechamos todos los instrumentos que tenemos para enfrentar los desafíos del presente, sea el cambio climático, la transformación digital o la migración masiva”.

Lo más probable es que la constitucionalista alemana que habla así no conoce lo que está pasando en El Salvador, pero sus palabras describen fielmente nuestros dilemas. Si no erradicamos el odio que han sembrado contra los políticos, la oposición, las ONG y fundaciones de carácter cívico, los empresarios y periodistas independientes, no habrá manera de salvar la democracia.
¿Esto significa que vamos dejar de criticar a los políticos? Por lo contrario, democracia no funciona sin crítica. La política comete errores, inclusive delitos, y la manera de enfrentarlos es la crítica, el debate, la transparencia y una justicia que funciona con independencia.

“Por cierto tiempo la democracia tal vez podrá sobrevivir el desprecio que sufre. Pero no eternamente. La democracia necesita demócratas, si no morirá”.

Esta última es la frase que más me llama la atención en la ponencia de la escritora Juli Zeh, porque resume la situación nuestra. Para nuestro consumo en El Salvador, agrego: “La democracia necesita demócratas que se unan, se expresen y que se apoderen de la política para rescatarla”.

Periodista

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Autoritarismo Constitución Nayib Bukele Opinión

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