El sastre constitucional

¡Cómo envidiaba a sus colegas sudamericanos y nicaragüenses! ¡Esos sí que tenían trabajo! Al amparo de los gobiernos del Socialismo del Siglo XXI, habían pasado febrilmente ocupados diseñando, tejiendo y cociendo a la medida, textos constitucionales, que cazaban a la perfección con las ideas políticas y económicas de sus tan importantes clientes.

Por Maximiliano Mojica
Abogado, máster en leyes

Sep 13, 2020- 18:35

El sastre constitucional estaba algo aburrido. Había tenido poco trabajo desde la Constituyente de 1983. Era lo malo de vivir en tiempos de estabilidad democrática. A lo más que había llegado es a hacerle un par de remiendos a la Carta Magna derivados de los Acuerdos de Paz y otros acuerdos políticos posteriores; por lo demás, sus tijeras y agujas de cocer simplemente acumulaban polvo.
¡Cómo envidiaba a sus colegas sudamericanos y nicaragüenses! ¡Esos sí que tenían trabajo! Al amparo de los gobiernos del Socialismo del Siglo XXI, habían pasado febrilmente ocupados diseñando, tejiendo y cociendo a la medida, textos constitucionales, que cazaban a la perfección con las ideas políticas y económicas de sus tan importantes clientes.
A pesar de las dificultades por las que estaba atravesando por falta de trabajo, el sastre constitucional sentía algo de lástima por sus colegas cubanos. Esos sí de plano no trabajan nada. No había habido cambios desde 1959 y a pesar de que la constitución cubana salía recurrentemente en los catálogos de moda, no dejaba de parecer como un elegante traje de Neandertal hecho para ser lucido por Pedro Picapiedra. Así de obsoleto se veía el diseño. En esas cavilaciones se encontraba cuando la campanilla de la puerta de su negocio sonó. ¡El corazón le dio un vuelco! ¡Por fin un cliente!
Se trataba de un caballero algo cipotón que entró impaciente al local. Se le acercó al mostrador y sin más preámbulo le solicitó: “Quisiera que me cosiera una nueva constitución. La quiero a la medida”.
“¡Hummmm!”, dijo el sastre constitucional. “Las constituciones a la medida salen algo caras” expresó, mientras hacía mentalmente cálculos sobre el posible precio de lo servicios, pero con tan poca clientela en estos días, habría que aprovechar al máximo las oportunidades, a lo mejor y sacaba su agosto. “¿Más o menos cómo la quiere?”, preguntó frotándose las manos.
“Mire”, dijo el cliente, “quiero que me haga una bien bonita, con muchos lindos detalles. Quisiera algo que permitiera la reelección por, digamos, unos veinte años; que incluya bolsas estilo ‘control supremo del presidente sobre la Asamblea y el Órgano Judicial’. De ser posible, quisiera que también incluyera que no haya inconveniente que después gobierne la esposa o algún hermano. Además, que le brinde al Ejecutivo la capacidad de definir el modelo económico según se le antoje. Y como detalle, quiero las mangas con botones del tipo “nadie me puede llevar la contraria”, con solapas al estilo “El Estado soy Yo”.
“¡Hummmm!”, volvió a decir el sastre constitucional escuchando atentamente el pedido, haciéndose el difícil para poder justificar los honorarios. “Ese corte es bien complicado. Se me hace que le va a salir algo caro”, dijo haciendo cálculos mentales. “Así como la quiere le va a ir costando más o menos unos quince puntos porcentuales en las preferencias del electorado y un 10% del PIB en términos de disminución en la captación de inversiones. Aumentará 25% el déficit fiscal y los organismos de calificación financiera internacional crearán una nueva clasificación para El Salvador, porque ya la clasificación de riesgo ‘C’ no le va a bastar para calificar al país”.
“¡Huy!” dijo el cliente algo asustado “¡que caro! ¿No me puede dar un mejor precio? Es que mire, no me mal interprete, tenemos capital político, pero no sé si me da para tanto; aunque si me sale bien esto de la constituyente, capaz ya ni necesito el voto de la gente, ni andar negociando acuerdos políticos. Pero mire, déme un mejor precio y le hago el encargo”, sentenció triunfante.
“¡Hummmm!”, dijo de nuevo el sastre constitucional. “Lo que puedo hacer es compensarle la disminución de las preferencias electorales, cambiándosela por encuestas chaveleadas y aumento de voto duro vía regalos populistas. Ese es el mayor descuento que le podría hacer”.
“¡Hecho!”, dijo el cliente, dándose ambos un fuerte apretón de manos. “¿Y para cuándo la quiere?”, preguntó el sastre constitucional. “Para marzo de 2021. Ahí ya voy a estar seguro de que sí la puedo comprar”, contestó el cliente.
Y colorín bien colorado, este cuento futurista ha terminado.

Abogado/Master en leyes/@MaxMojica

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