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¡Viva la Independencia! ¡Viva la Constitución!

Por Enrique Anaya
Abogado constitucionalista

PUESIESQUE…Nuestro país padece, hoy día, desde Casa Presidencial, un proyecto político construido sobre la base de la idolatría a un líder mesiánico que -según dice él- tiene “línea directa con Dios”, que está rodeado de una recua de incapaces y cleptómanos, y que normativamente se expresa a través de oscuros y espurios documentos elaborados por (aprovecho la expresión utilizada en un editorial de la Universidad Centroamericana, UCA) “leguleyos”.

Siendo así, ahora que estamos cumpliendo el bicentenario de nuestra independencia, es útil recordar que El Salvador nació como país a partir de la difusión en Centroamérica de una filosofía/ideología política y social muy específica, el CONSTITUCIONALISMO, que es quizá una de las grandes conquistas de la humanidad.

Explicaré cuáles son las premisas y el contenido mínimo de una CONSTITUCIÓN, que es la exteriorización escrita de los presupuestos, principios y reglas básicas de esa ideología:

• En cualquier grupo humano -sea una familia, una empresa, una comunidad, una sociedad-, para la convivencia pacífica es necesaria la existencia de reglas.
• Esas reglas son fijadas y aplicadas, en definitiva, por quien detenta el poder.
• El poder es, entonces, una realidad fáctica, sociológica: es parte de la existencia del ser humano como especie animal.
• En la historia humana, durante miles de años, el poder político se justificó de muchísimas formas, a conveniencia del detentador del poder: que es el más fuerte, que es el más viejo, que es el más sabio, que es la voluntad de Dios, lo que justifica, en esencia, un poder absoluto.
• Pero la evolución humana nos permitió entender que el poder absoluto y sin límites es una aberración, pues de aceptarlo quedamos a la voluntad y capricho del gobernante de turno.
• Entonces, los seres humanos comprendimos -por experiencia histórica y por nuevos pensamientos, como el cristianismo y el racionalismo- que la única forma de limitar y controlar al poder absoluto es, en esencia, a través de dos herramientas: primero, que todas las personas tenemos dignidad (por el solo hecho de tomarnos el trabajo de nacer); y, segundo, repartir el poder, evitar el absolutismo.
• Esas 2 ideas elementales corresponden a lo que en la jerga constitucionalista llamamos hoy día: por una parte, DERECHOS FUNDAMENTALES; y, por otra parte, DIVISIÓN Y CONTROL DEL PODER.
• Y eso está resumido en una bella y contundente frase de la declaración hecha por los revolucionarios franceses en agosto de 1789: “Una sociedad en la que la garantía de los derechos no está asegurada, ni la separación de poderes determinada, no tiene constitución”.
• Y 13 años antes, en 1776, los revolucionarios estadounidenses ya adelantaron estos principios, al asegurar que acordaban la independencia porque hay “verdades evidentes”, como la existencia derechos inalienables, entre ellos, la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
• Y para la operatividad de esas nociones se construyeron, en esencia, 3 elementos básicos, que son: desde la perspectiva jurídica, darle forma racional al poder político, a través de una Constitución y el Estado de Derecho; desde la perspectiva política, un sistema democrático; y, desde una perspectiva económica, la libertad económica y de trabajo.
• Esos son las ideas más básicas que sustentaron ideológicamente los movimientos independentistas de América Latina en el siglo XIX.
• Por supuesto, con el devenir de los años, los pueblos han adecuado esas ideas básicas, sobre todo por la vía de descubrir nuevos contenidos y alcances, pero sin renunciar al núcleo de los principios que fundan el constitucionalismo.

Por ello, la verdad es que hoy día, el pensamiento y la acción política que en El Salvador se promueve desde Casa Presidencial -y que ejecutan en parte sus acólitos en los órganos legislativo y judicial- son una negación de los valores y principios que sustentaron la independencia nacional, en 1821.

En efecto, los objetivos de Casa Presidencial son establecer un gobierno sin leyes, solo sometido a la voluntad y caprichos del ídolo; sin democracia, eliminando la separación y control del poder; y sin libertad económica, pues el Estado se convertiría en un instrumento de la corrupción, apropiándose de los fondos públicos para provecho privado.

Debemos, entonces, recuperar el espíritu libertario de 1821 y gritar a todo pulmón: ¡VIVA LA INDEPENDENCIA! ¡VIVA LA CONSTITUCIÓN!

Abogado constitucionalista.

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