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No hay peor ciego que el optimista

Vale la pena tomar acción, redirigir nuestro optimismo hacia una adecuada gestión de riesgos

Por Raúl André Rodríguez

Hace un par de semanas tuve mi primer accidente vehicular. Les comento el resultado:
Se dañaron dos piezas. La puerta trasera se rayó, abolló e incluso quedó atorada. La buena noticia es que el daño fue cubierto por mi seguro de autos (excelente servicio, por cierto). Lo particular de esta historia es que no hubo ningún otro vehículo involucrado, pues el daño fue causado por mí mismo.
(No… no fue intencional, fue un accidente).
Resulta que me encontraba saliendo de un estacionamiento cuya entrada era la misma salida, y era tan angosta que prácticamente debía salir en línea recta para evitar que los costados del vehículo tocaran los pilares. El problema fue que, desde el espacio donde estaba estacionado mi vehículo, necesariamente debía maniobrar muchas veces en un espacio limitado para ponerlo en posición perfectamente frontal a la salida. Para empeorar las cosas, era de noche y no había mucha iluminación.
En ese momento, con la presión de no bloquear la entrada y salida por mucho tiempo, acudí inconscientemente al uso de algo bastante común: el optimismo (o exceso de confianza). Como ya habrán visto, a pesar de que el optimismo es popularmente visto como algo estrictamente bueno, este también tiene sus consecuencias…
En realidad, el optimismo es considerado por psicólogos y economistas como una heurística o sesgo cognitivo. Las heurísticas son una especie de “atajos” mentales que solemos utilizar cuando debemos resolver problemas sobre los cuales no tenemos suficiente información. Generalmente son bastante comunes, prácticos y funcionales. Son “reglas de dedo” que hemos llegado a usar de manera general para responder preguntas. A modo de comentario, el economista norteamericano Richard Thaler ganó el Premio Nobel de Economía en 2017 por sus investigaciones sobre el impacto de nuestros sesgos y heurísticas en los modelos económicos que hoy por hoy seguimos teniendo.
Una de las heurísticas más comunes se llama “anclaje”, que se asienta en tomar una decisión basados en la primera pieza de información disponible. Por ejemplo, imaginemos que vamos de compras en busca de unos zapatos y vemos que la etiqueta original indica un precio de $500 USD, pero luego vemos que están en descuento por tan solo $100 USD. Seguramente nuestra decisión estará muy influenciada por la primera pieza de información que vimos (o sea los $500). Entre más alto sea el precio de “anclaje”, mejor tiende a ser nuestra percepción de la oferta, aunque en la realidad quizás no sea una decisión óptima u objetiva.
Existen muchas heurísticas y no son necesariamente algo malo, pues en ocasiones ayudan a resolver problemas rápidamente. Lo malo es que solemos no ser conscientes de ellas y pensamos que nuestras decisiones son ciento por ciento racionales, sin darnos cuenta de que muchas veces son influenciadas por nuestros propios sesgos. Las investigaciones, y la realidad, nos demuestran algo que pareciera evidente: no siempre tomamos las mejores decisiones.
Esto es particularmente cierto con aquellas cosas que no forman parte de nuestro interés, o que vemos como muy complejas. Un ejemplo de esto es la previsión para la vejez. Muchos sabemos que hay problemas en los sistemas de pensiones, y que posiblemente tendremos una pensión insuficiente en nuestra vejez. Sin embargo, ¿cuántos hemos hecho aportes adicionales y voluntarios a los fondos de pensiones? ¿Cuántos ahorramos disciplinada y sistemáticamente para nuestra vejez? ¿O es que somos muy optimistas y creemos que en un futuro tendremos el problema resuelto de una u otra forma?
Como decía anteriormente, el optimismo también es un sesgo cognitivo. En principio, todas las personas que se casan creen que su matrimonio durará por siempre, pero los datos demuestran que, en el mundo occidental más del 40% de las parejas terminan divorciándose. La realidad nos muestra que las personas tendemos a ser muy optimistas y subestimar el riesgo de divorcio, así como seguramente subestimamos el riesgo de una pensión insuficiente, así como yo subestimé el riesgo de chocar mi vehículo…
La pregunta que surge ahora es: ¿qué otros riesgos podríamos estar subestimando? La respuesta es que seguramente muchos, pero no todos merecen nuestra atención o acción. En particular, hay uno al cual todos somos vulnerables: el riesgo de fallecer.
Además de que suele ser un tema incómodo que evitamos pensar, tendemos a ser muy optimistas y lo vemos como un evento lejano y poco probable (sobre todo cuando somos jóvenes adultos). He escuchado a muchos conocidos decir que no necesitan un seguro de vida porque “están muy sanos y jóvenes”, lo cual puede ser cierto, pero nuevamente caemos en la ilusión del optimismo o exceso de confianza.
En el año 2019, más del 40% de los fallecidos de entre 20 y 50 años que formaban parte de la cartera de asegurados de una reconocida aseguradora con presencia en El Salvador tuvo como causa de deceso un accidente. ¡Este porcentaje sube a un 70% para los adultos de entre 20 y 30 años! (Esto quiere decir que por cada 3 personas que fallecieron a causa de una enfermedad, hubo 7 más que fallecieron a causa de un accidente). Aun así, estoy seguro de que los que estamos entre 20 y 30 años solemos ser los más optimistas y nos sentimos invencibles.
A diferencia de un pequeño accidente vehicular, el problema en este caso es que el fallecimiento suele ser un evento catastrófico para las personas y familias que nos rodean, con repercusiones emocionales y financieras de gran magnitud. Es decir, vale la pena que nos informemos al respecto y que tomemos todas las medidas necesarias para no pecar de optimistas.
Seguros hay de todos colores: partiendo de lo más básico y accesible como un seguro de accidentes, hasta un seguro de vida hecho a la medida, empaquetado, con tarifa fija o creciente, con coberturas adicionales, con sumas altas o bajas… En fin, existe protección para todos y todas; sin embargo, el mejor seguro es el que cubra tus necesidades y puedas pagar.
En esta ocasión, vale la pena tomar acción, redirigir nuestro optimismo hacia una adecuada gestión de riesgos y asegurar el futuro de nuestros seres queridos de la mano de una aseguradora que vele por su bienestar y sostenibilidad. Tal como he escuchado por ahí: “No hay que preocuparse, hay que ocuparse”.

Actuario, Profesional de Seguros.

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