Recetas familiares

Como tantas cosas en esta era digital, la exploración de nuestro recetario familiar se dio por la vía del WhatsApp y, gracias a una combinación de contribuciones del chat familiar y a la paciencia infinita de mi mamá, logré reconstruir una aproximación al sabor del pastel azteca de mis recuerdos infantiles.

Por Cristina López
Lic. en Derecho de ESEN

Feb 07, 2020- 17:20

Cuando el paladar se siente atacado por la nostalgia, los sabores que se extrañan son los de la casa. Para mucha gente, estos sabores son parte de legados generacionales, transmitidos a través de recetas anotadas a mano, a veces en tarjetas de cartón, a veces en cuadernos. A veces, de boca en boca, con instrucciones dictadas a pura memoria, producto de las innumerables sesiones de prueba y error que habrán ejecutado otras generaciones de cocineros. Y así, las recetas familiares son lo que terminan construyendo los sabores específicos de cada hogar, pero como hogares hay tantos como familias, lo que cada quien considera una “receta familiar” viene en todo tipo de formatos.
Por ejemplo, en el caso de mi familia, nunca hubo recetas de antaño transmitidas de boca en boca por distintas generaciones de cocineros. La verdad de las cosas es que, si las habilidades culinarias fueran oro, mi familia habría calificado como indigente. Y no por falta de interés: las páginas de los libros de cocina que sobrevivieron la tosquedad y falta de coordinación propias de nuestras infancias, revelan, por lo menos, pistas de que hubo intentos culinarios. Pistas como manchas de grasa, huellas de eventos pirotécnicos, o acumulación de texturas en las viejas páginas de recetarios con décadas encima. Para quienes crecimos sin talento culinario del tipo que permite la autoría de recetas originales, de esas que forman el canon de sabores y texturas que terminan siendo “las recetas familiares” de otras familias, estos libros de recetas básicas de comida salvadoreña son lo que entendemos por recetas familiares.
En mi casa, conocer la diferencia entre “salcochar” y “saltear” habría sido imposible sin las invaluables contribuciones de doña Vilma de Escobar. Sus libros, “Aprendamos a Cocinar I y II” fueron lo que inspiró décadas de menús domésticos, de los que mi mamá lograba sacar inspiración para planear infinidad de tiempos de comida, así fueran a ejecutarse sobre manteles en la mesa del comedor o en recipientes para las loncheras escolares.
Otro de sus libros se llamaba “¿Qué comeremos hoy?”, y para bien o para mal, es el probable origen de un celebrado arroz con vegetales cuyo nombre no recuerdo, y que quizás por su popularidad entre los comensales fue servido en mi casa más veces de las que yo habría necesitado para recordarlo con cariño. De manera inversa, muchos de mis platos favoritos son también producto de la obra de doña Vilma y la de muchas otras autoras que buscaron volver accesible su cocina y sus platillos para tantas familias salvadoreñas. A estos libros de menús variados les debo la inclusión del salpicón con rábano fresco o del pastel azteca (una suerte de lasagna hecha de tortillas de taco con salsa de tomates verdes) en la lista de menús que, abusando de mi condición de hermana lejana, solicito se preparen en mi casa cada vez que visito, tributos de los sabores que con más nostalgia extraño.
Fue en un bien intencionado intento de reincorporar algunos de estos sabores de la infancia en mis menús actuales que me encontré haciendo lo que quizás tantas otras generaciones antes hicieron alguna vez: investigando las recetas familiares. En mi caso, intentando superar los retos de encontrar ingredientes salvadoreños específicos en el extranjero y de contar con limitadísimas capacidades culinarias. Como tantas cosas en esta era digital, la exploración de nuestro recetario familiar se dio por la vía del WhatsApp y, gracias a una combinación de contribuciones del chat familiar y a la paciencia infinita de mi mamá, logré reconstruir una aproximación al sabor del pastel azteca de mis recuerdos infantiles. Por mera falta de talento en la ejecución, mis resultados seguramente ni se acercan a las maravillosas creaciones de doña Vilma y a las de los autores de los recetarios de mi infancia. Pero si son un tributo agradecido a cocineras como doña Vilma, que con sus recetarios accesibles para mamás y familias como la mía, moldearon los paladares de generaciones enteras de salvadoreños. ¡Les debemos tanto!

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. @crislopezg

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