Cersei

Aquí, en nuestro barrio, vemos cómo quienes hace apenas unos años se regodeaban en el poder, hoy rumian sus recuerdos de gloria en una prisión o en el miserable exilio.

May 15, 2019- 19:09

El sonar las campanas, Cersei derramó una lágrima. Todo estaba perdido.
Cersei Lannister siempre tuvo clara su vocación por el poder. En sus fantasías juveniles se veía de la mano del entonces príncipe heredero, Rhaegar Targaryen. No era descabellado; su padre, Tywin Lannister, era la mano del rey.

Maggy la Rana le había profetizado que no se casaría con un príncipe, sino con un rey. Y así fue. Rhaegar murió a manos de Robert Baratheon, y cuando éste se sentó en el Trono de Hierro, tomó por esposa a Cersei. Pero ella quería más.

Tuvo tres hijos. El mayor, Joffrey, sería el príncipe heredero. La intempestiva muerte de su marido, a quien despreciaba, le abrió nuevas oportunidades. Llegó a ser la madre del rey.

El nuevo rey, un muchacho cruel y caprichoso, murió envenenado en su propia boda. El trono pasó a su segundo hijo, Tommen. Hasta aquí llega la historia en los libros de George R.R. Martin, pero en la serie televisiva Juego de Tronos, continuó.

El rey Tommen no soportó la muerte de su esposa en el atentado que su propia madre urdió en el Gran Septo Baelor para acabar con sus enemigos. El muchacho se lanzó por la ventana. El dolor volvió a consumir a Cersei, quien, aunque cruel e implacable, amaba intensamente a sus hijos.

El trono quedó vacío y Cersei lo tomó. Fue la esposa de un rey y madre de dos; hoy era reina por derecho propio. Finalmente el poder absoluto era suyo. Todo Poniente estaba sometido a las garras de la leona. Las Lluvias de Castamere sonaron en los Siete Reinos.

Durante nueve años seguimos el camino al trono que Cersei se labró con esfuerzo. Vimos cómo lo construyó sacrificando mucho, y sacrificando a muchos. Aquella niña que en los bosques de Lannisport soñaba con el poder, había logrado ser la mujer más poderosa del mundo.

Es por ello que esa lágrima que derramó cuando sonaron las campanas nos impactó tanto. El poder, que le parecía tan firme, se le escapó como agua en las manos al escuchar el primer repique que anunciaba la rendición.
Tañeron las campanas sin que ella hubiera dado la orden. Su pueblo, su ejército, y sus leales la abandonaron ante la amenaza que representaba Daenerys y su dragón. Todo estaba perdido.

Esa mujer que tenía a su favor uno de los mas grandes ejércitos jamás vistos en Poniente, lo perdió todo en apenas un instante. El Juego de Tronos, esa ficción que se dedica a escrutar la naturaleza del poder, no enseñó el domingo otra lección: el poder es efímero.

Aquí, en nuestro mundo, tenemos tantas historias con la misma moraleja. Julio César no imaginó que todo acabaría cuando aquella mañana puso un pie en el Foro. Al Napoleón que se coronaba emperador en Notre Dame le resultaba imposible pensar que terminaría solo y olvidado en una isla en el medio de la nada. Gaddafi, un verdadero sátrapa en pleno siglo XXI, nunca previó terminar linchado en un espectáculo transmitido a todo el mundo por YouTube. Y aquí, en nuestro barrio, vemos cómo quienes hace apenas unos años se regodeaban en el poder, hoy rumian sus recuerdos de gloria en una prisión o en el miserable exilio.

Hace una semana Daenerys nos enseñó cómo el poder, además de corromper, enloquece; y el domingo pasado Cersei nos mostró la facilidad con que el poder abandona a quienes creen controlarlo. Nadie controla al poder. El poder es un colérico dragón que, si quiere, devorará a su propio jinete cuando este menos se lo espera.

Abogado

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