Casandras modernas

Como Apolo, Trump buscaba el amor incondicional de los medios, manifestado a través de una cobertura consistente con la imagen que Trump tiene de sí mismo: un ente perfecto sin capacidad de errar.

Por Cristina López
Lic. en Derecho de ESEN

Oct 27, 2019- 21:50

Siempre ha sido mi opinión que una de las historias más desgarradoras de la mitología griega es la de Casandra. Me acuerdo perfectamente de cuando aprendí la historia de Casandra por primera vez: era la temporada de vacaciones entre tercero y cuarto grados y había caído entre mis manos una colección de historias de los dioses, semidioses y héroes greco-mitológicos (con sus equivalencias de nomenclatura romana) adaptadas para audiencias juveniles.
La historia de Casandra venía con dibujos que la presentaban siempre con cara de angustia y jalándose los pelos, perfecta ilustración de la desesperación que sentiría quien, conociendo el futuro y haciendo predicciones, fuera ignorada por quienes la rodeaban. Lo anterior era producto de haber rechazado al dios Apolo, patrón de la adivinación (entre otras cosas). Apolo quería a Casandra y para conquistarla le otorgó la capacidad de predecir el futuro. Pero no fue suficiente para conservar la atención y el afecto de Casandra. Apolo, como todo dios griego, padecía de una falta de inteligencia emocional que haría palidecer a un adolescente hormonal, y no se tomó bien el rechazo. Dado que no podía quitarle a Casandra el don de predecir el futuro que ya le había otorgado, la condenó a que nadie le creyera sus predicciones.
Pienso mucho en esta historia, sobre todo últimamente. Y es que hay gobernantes que se parecen mucho a Apolo y como reacción a que la prensa, su Casandra moderna, no les da la cobertura lambiscona y amorosa que quisieran, han decidido usar todo su poder para atacar su credibilidad. Y es de esta manera que hemos llegado a situaciones como la que está atravesando los Estados Unidos, donde a pesar de que existe evidencia de que el presidente Donald Trump usó su cargo, las relaciones diplomáticas y la ayuda internacional para presionar a Ucrania a que le proporcionara información en contra de uno de sus rivales políticos, un porcentaje altamente deprimente de la población simplemente no se cree los reportajes periodísticos. Simplemente porque no le creen a los medios. Y aunque esta corrupta conducta presidencial ameritaría en otro universo un antejuicio y la posible remoción del cargo, esto no va a pasar, porque no existe el apoyo político para que la institucionalidad siga su curso.
Como Apolo, Trump buscaba el amor incondicional de los medios, manifestado a través de una cobertura consistente con la imagen que Trump tiene de sí mismo: un ente perfecto sin capacidad de errar. Pero la conducta anti-presidencial de Trump nunca le hizo merecer cobertura positiva a menos que viniere de medios propagandísticos. Su retórica decididamente ofensiva, su propensión a la mentira, exageración y vulgaridad, su falta de intelecto y su arrogancia al respecto, su imprudencia y constante necesidad de atención que derrocha tuiteando sin parar, le hicieron sujeto de constante cobertura negativa. Por eso durante su campaña y ahora, reacciona a la falta de adulación mediática cual pretendiente rechazado y dedica gran parte de su retórica a acusar a los medios y a los periodistas de mentir (a pesar de que exista evidencia de que quien miente es él), de ser corruptos o manejados por intereses políticos oscuros, de odiar a los Estados Unidos, y en sus palabras, de ser “enemigos públicos” de los estadounidenses.
Esto ha convencido a suficientes personas como para convertir a los medios de comunicación de los que depende la democracia y a los periodistas que los hacen funcionar en Casandras modernas, con la misma situación de angustia, desesperación, e impotencia de saber la verdad y los horrores que se nos avecinan y notar que gran parte de la audiencia simplemente no les cree. Reportajes conteniendo meticulosas investigaciones periodísticas, entrevistas con testigos confiables, documentos filtrados y otra suerte de pruebas contundentes no significan nada para la audiencia hipnotizada, que aplica universalmente a cualquier reporte en contra de su dios caprichoso con la misma reacción: “fake news”. Y la estrategia de Apolo no sólo le ha sido útil a Trump. ¿A quién les recuerda?

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.

@crislopezg.

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