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El reinado talibán ha vuelto recargado

Los talibanes pueden hoy en día permitirse ofrecerse el lujo de volver a las raíces de su identidad más íntima, la aplicación de la sharia, es decir, el poder normativo. La sharia significa “el camino para respetar la ley de Dios” y es la “hoja de ruta” del nuevo poder en Afganistán. Volvemos a la siniestra época de los años 1996-2001? En 20 años, la era digital refuerza el peso de las imágenes y de las conciencias, pero no borra lo real sobre todo para un régimen cuya base ideológica queda enlazada con una visión dogmática que no permite una forma de conciliación con principios democráticos.

Por Pascal Drouhaud
Politólogo, presidente LATFRAN

Desde su entrada en Kabul el 15 de agosto pasado, los talibanes refuerzan sus posiciones políticas haciendo desaparecer cualquier milímetro de ilusiones que hubiesen podido entretener los acuerdos de Doha firmados con los Estados Unidos en mayo de 2020. Última etapa antes de lo que se anuncia como una larga operación de control de los sociedad, la constitución del gobierno.
Volatizadas las declaraciones de “unión” del portavoz Zhibullah Mujahi en agosto pasado, así como olvidadas las promesas de “un espacio” para las mujeres. ¿Cómo podía ser diferente cuando el líder supremo de los talibanes, Hibatullah Akhundzada, invita al nuevo gobierno a “hacer respetar la sharia”, la ley normativa imperativa islámica? El gobierno ha cerrado puertas a los que soñaron una era más moderada de los talibanes versión 2021. Esa ingenuidad recuerda que, por definición, el dogmatismo no deja ningún espacio a una apreciación matizada de las cosas. Es la base de una visión maniqueísta: en favor o en contra, dentro o fuera.
Entre 33 ministros no se encuentran ningunas mujeres o representantes de la sociedad civil. El tono está dado con el Jefe de Gobierno, Mohamed Hassan Akhund, quien fue, en los años 1990, cercano al mollah Omar, entonces jefe de los talibanes, muerto en 2013 y protector de Usama Ben Laden. Son todos jefes talibanes y de la etnia “pashtuna”, que representa solamente 40% de la población nacional. Ese gobierno representa la victoria política de la guardia tradicional y conservadora, activa e inspirada por el Emirato islámico de Afganistán, que gobernó en los años terribles del periodo 1996-2001. El Primer ministro asume el poder ejecutivo. Su adjunto, Abdul Ghani Baradar, apostado por los Estados Unidos que lo liberaron en 2018, se queda al bordo de la ruta . representó la vitrina internacional de los talibanes dentro de otros, en el Qatar durante el proceso de discusiones con Washington, es solamente el N° 2 del gobierno. Es decir que la línea dura ha vuelto, la opción más “presentable” estando de lado. Se trata de una otra derrota para los Estados Unidos, que apostaron sobre Baradar. Y para aumentar la simbólica, el gobierno ha sido anunciado, poco después de la toma de la región del Panshir. Fue el ultimo rincón anti-talibán y tierra del emblemático Comandante Masud, asesinado el 9 de septiembre de 2001 anunciando los ataques del 11 de Septiembre.
¿Quién puede dudar de la mano dura de un régimen que se instala cuando los principales ministros provienen de la corriente más dura ? Sirajuddin Haqqani, Ministro del interior, dirigente del movimiento que lleva su appellido y en relación histórica con Al Qaida ; el propio hijo del mollah Omar, Yacub, encargado de la Defensa. Estábajo la protección del líder supremo, Haibatulah Akhundzada. Tendrá que administrar los equipamientos abandonados por el ex-ejército en deserción y por los Estados Unidos tanto como las relaciones con el aliado pakistaní. El siniestro ministerio de la promoción de la virtud y de la prevención del vicio renace de sus cenizas. El apellido del Primer ministro figura sobre la lista de sanciones de la Organización de las Naciones Unidas al igual del segundo vice primer ministro, mollah Abdul Salam Hanafi. A pesar de ser uno de los fundadores de los talibanes, Abdul Ghani Baradar sirvió de vitrina externa, para difundir sobre el escenario internacional, la imagen de una nueva versión talibana mas aceptable por la comunidad internacional. Pero a la hora de la verdad, no recibió el poder y seguirá apareciendo como una forma de “producto de venta” de un régimen cuyas primeras orientaciones anuncian horas difíciles.
La ilusión de una forma de “moderación” vivió el tiempo de la resistencia del ex-ejército. Es decir, nada. Los talibanes ganaron esta guerra usando las armas de la fuerza, varias veces de la violencia, de la duplicidad, intimidación y agilidad política. La victoria es total: después de 20 años, los Estados Unidos se fueron, dejando detrás de ellos imágenes catastróficas que alimentan la impresión de un abandono a raíz de una evacuación precipitada. El Estado reconstruido durante todos esos años cayó en pocas semanas, demostrando a la vez su dimensión artificial y el mal endémico de la corrupción que destruyó su credibilidad y la motivación de los que tenían que defenderlo.
Los talibanes pueden hoy en día permitirse ofrecerse el lujo de volver a las raíces de su identidad más íntima, la aplicación de la sharia, es decir, el poder normativo. La sharia significa “el camino para respetar la ley de Dios” y es la “hoja de ruta” del nuevo poder en Afganistán. Volvemos a la siniestra época de los años 1996-2001? En 20 años, la era digital refuerza el peso de las imágenes y de las conciencias, pero no borra lo real sobre todo para un régimen cuya base ideológica queda enlazada con una visión dogmática que no permite una forma de conciliación con principios democráticos.
¿Quién puede imaginar, además, que la comunidad internacional vuelva a través de nuevas operaciones amplias en esa región del mundo, después de la salida poca gloriosa de agosto 2021 ?
Los focos de tensiones y quizás de conflictos, no están apagados para nada.
Politólogo, especialista francés en relaciones internacionales, presidente de la Asociación Francia-América Latina (LATFRAN). www.latfran.fr

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