Cabeza y corazón

Ene 11, 2019- 21:09

Ante lo que sucede en nuestro entorno nunca nos quedamos indiferentes, porque no podemos serlo: los seres humanos somos de tal modo que siempre aprendemos de los demás, y por eso ponderamos, alabamos o criticamos las actuaciones de los demás, de los que viven a nuestro alrededor. Somos seres sociales y las costumbres, los valores y las normas de vida, las hacemos propias viéndolas en los demás, comprendiendo sus consecuencias, creyendo en quien nos dice cómo debemos vivir… viendo y pensando, observando y sintiendo, juzgando.

En todo tema moral, principalmente cuando se juzgan actuaciones de terceros, nuestro juicio suele tener varios elementos: la acción que juzgamos (que vamos a llamar el ser), lo que nosotros imaginamos como correcto o adecuado (el deber ser) y las facultades personales que entran en nuestro juicio: la inteligencia, que busca siempre la verdad, y el sentimiento o emotividad, cuyo objetivo es —en general— lo agradable; además de la cultura, la educación, la experiencia, etc.

Entonces, a la hora de juzgar sobre lo correcto o incorrecto, lo conveniente o inconveniente de una acción concreta, se puede tener como eje la verdad: el criterio de quien está bien formado, la verdad que fundamenta una norma moral, la propia experiencia al respecto, o la costumbre cultural demostrada como verdadera (útil o conveniente) a lo largo del tiempo. Pero también nos sirve como criterio de validación moral de una conducta la mera compasión: ponerse en el lugar del otro, tratar de sentirse como él o ella se sintió a la hora de hacer lo que hizo. Una “compasión” que no es neutra ni impersonal, pues suele estar mediada por el afecto, admiración, cercanía emocional o lejanía que el que juzga pueda tener en relación a quien es juzgado.

Para efectos prácticos podríamos reducir los múltiples factores a dos: verdad o compasión, cabeza o corazón. Lo ideal sería que coparticiparan equitativamente en cada juicio, pero lo real es que con mucha frecuencia otorgamos más protagonismo a una por encima del otro, y viceversa.

Hubo tiempos en que la vara de medir lo correcto y lo indebido de una acción era la verdad: se apreciaba lo bueno o lo malo a secas. Sin embargo, tengo para mí que actualmente prima la compasión: a la hora de juzgar parecería tener más protagonismo cómo nos sentimos, por encima de lo que sabemos; y por esto se tiende más a ponerse en los zapatos del otro que a aplicar criterios y normas, o recurrir a la autoridad de terceros, a la hora de ponderar.

Ejemplo de esto podría ser cómo, poco a poco, se ha ido cambiando el prisma principal con que se juzga un aborto provocado: de enfocarse en la verdad moral del hecho (la interrupción voluntaria por parte de un tercero de la vida del no nacido), a hacer descansar el juicio sobre la situación de la madre, las circunstancias y/o presiones, que la llevaron a justificarse a sí misma, al tomar una decisión tan difícil. Cabeza o corazón, en definitiva.

Antes quizá cargábamos las tintas enfocando desde la verdad y menospreciábamos la compasión; ahora prima la compasión y la verdad no aparece como relevante… Incluso se podría decir que antes pensábamos más y compadecíamos menos. Ahora, al contrario.

La sabiduría perenne ha encontrado salida a este dilema: a la hora de juzgar se nos aconseja ser intransigentes con el error (porque lo hacemos desde la verdad como pivote) y al mismo tiempo transigentes, comprensivos, con la persona (no porque nos apoyemos principalmente en la compasión, sino en la caridad, o en la solidaridad).

Como en casi todo, el asunto no tiene una única respuesta, a no ser la de la ponderación y la del equilibrio. Cabeza y corazón actuando conjuntamente, y la experiencia personal —la prudencia— actuando como mediador imparcial.

Ingeniero
@carlosmayorare

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