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De castillos y bibliotecas

Una biblioteca, de cualquier manera que se vea, es una donación positiva para el país. Sin embargo, la Biblioteca Nacional tenía un mural de valor incalculable del pintor Carlos Cañas, realmente un patrimonio cultural nacional. ¿Qué se va a hacer con ese mural? ¿Se va a integrar en el nuevo diseño? ¿Se va a trasladar a otro lugar? Carlos Cañas no era ni ARENA ni FRENTE. Es un pintor cuyos cuadros valen miles de dólares. ¿Se tomó esto en cuenta en el diseño? Destruir ese mural es destruir parte de nuestro patrimonio cultural. El problema NO es construir una biblioteca nueva. El problema es no preservar el legado cultural de un pintor.

Por Carmen Maron
Educadora

ace unos 20 años visité la República Checa (ahora Chec). Justo habían salido de décadas de comunismo y la capital, Praga, recién se abría al turismo. Me reuní allí con un amigo —cuya familia, por ser de izquierda había tenido que irse a vivir allá durante la guerra— y me llevó al Castillo de Konopiste. Allí vivió Francisco Fernando, el “supuesto” heredero del Imperio Austro-Húngaro, cuyo asesinato llevó a la Primera Guerra Mundial. El problema es que él nunca hubiera sido heredero porque se había casado con una plebeya. Pequeños errores.

Mientras estábamos allí, mi amigo me contó de un caso extraño de un compañero de trabajo que vivía en otro castillo a unos cuantos kilómetros . Este hombre —entonces en sus 60 años— era un comunista de pura cepa, cuyos padres habían tenido altos cargos en el partido. Un día, de la nada, recibió una llamada telefónica del ahora gobierno democrático avisándole que era dueño ¡de un castillo! Asombrado se acercó a las oficinas indicadas para saber cómo era eso.

Pues resulta que sus padres no eran sus padres, él era hijo de unos condes o algo de no sé qué y ellos habían muerto presos en Siberia. Él había sido entregado,como muchos otros hijos de “enemigos”, a una pareja fiel al sistema que lo crió. Sin embargo, por ley, el castillo le pertenecía. Se había hecho una búsqueda en los archivos de la época comunista y pues... aquí están las llaves, ciudadano.
El hombre aceptó el castillo y se inscribió en un programa gubernamental para restaurarlo. Se imaginarán vivir en ese castillo en pleno siglo XXI...instalar calefacción, imposible, y no había quién para cortar leña y así calentar las innumerables habitaciones. Así que él, su esposa y los hijos que aún vivían en casa, dormían con sábanas térmicas. Su lógica, aunque continuó siendo fiel creyente en el comunismo, era que, al final, ese castillo era historia y había que preservarla por el país. Tanto que el dueño del castillo llegaba al trabajo en un Fiat viejo.

“Y si te fijas”, me dijo mi amigo, “hay castillos en venta hasta por $50,000”. Al día siguiente, tomé uno de los periódicos en inglés del hotel y comprobé que era cierto. Castillos que eran un patrimonio invaluable, vendidos por una nada porque no se sabían apreciar.

En los últimos días se han derribado (o intentado derribar) dos monumentos nacionales: la Biblioteca Nacional y el así llamado Monumento a la Reconciliación. Vamos a hablar objetivamente y sin pasiones políticas del hecho de derribar monumentos. En los tiempos de los gobiernos militares en este país se encementaban, pintaban y destruían obras de arte de quienes trabajaban en el régimen anterior, una manera un tanto burda de borrar la historia. Sería un grave retroceso volver a eso. Esa es la razón por la cual El Salvador no tiene un patrimonio histórico. Imagínense si China hubiera derribado la Ciudad Prohibida, o el gobierno comunista hubiera derribado Konopiste o el Parlamento húngaro porque lo habían construido sus enemigos. El mismo Hitler respetó Praga,una ciudad con casas de 800 años de antigüedad , con excepción del Barrio Judío. La historia de un país se traduce en monumentos. Esos mismos monumentos son los testigos mudos que juzgan a sus autores cuando se visitan. Cuando uno visita “El Valle de los Caídos”, una locura de los delirios de grandeza de Franco, se habla de los miles de presos políticos que murieron construyéndolo de 1940 a 1958. No hay manera de justificar lo que allí ocurrió, por más abadía y basílica que sea.

Una biblioteca, de cualquier manera que se vea, es una donación positiva para el país. Sin embargo, la Biblioteca Nacional tenía un mural de valor incalculable del pintor Carlos Cañas, realmente un patrimonio cultural nacional. ¿Qué se va a hacer con ese mural? ¿Se va a integrar en el nuevo diseño? ¿Se va a trasladar a otro lugar? Carlos Cañas no era ni ARENA ni FRENTE. Es un pintor cuyos cuadros valen miles de dólares. ¿Se tomó esto en cuenta en el diseño? Destruir ese mural es destruir parte de nuestro patrimonio cultural. El problema NO es construir una biblioteca nueva. El problema es no preservar el legado cultural de un pintor.

En cuánto al Monumento a la Reconciliación, con todo respeto al escultor, creo que la mujer azul ha sido más objeto de memes que de cualquier otra cosa. Pero cualquiera que haya ido a esa plaza notará las figuras de un soldado y un guerrillero. Estas fueron hechas con llaves donadas por miles de salvadoreños, muchos, como yo, hijos de la guerra. Decir que un soldado era ARENA y un guerrillero era FRENTE es una falacia histórica, pues muchos sabemos la historia del reclutamiento forzoso. Además, ninguno de los dos partidos existía cuando comenzó la guerra y ninguno gobernó (con excepción de un año y medio ARENA) durante la misma. Sin embargo, la historia de la guerra debe contarse para que no vuelva a ocurrir y se deben mencionar los errores que se cometieron en el proceso de paz (la famosa justicia transicional). Destruirlo sólo esconde una parte de nuestra historia que, insisto, cuarenta años después no queremos enfrentar.

En El Salvador hay monumentos dantescos en su diseño, y monumentos verdaderamente hermosos. Sin embargo, es menester entender que los monumentos no representan un régimen (hablando de los regímenes militares) o un partido político, sino los momentos históricos de una nación. Habiendo tantas iglesias coloniales, casas de bahareque antiquísimas en los municipios, los famosos balcones de Ahuachapán —que en efecto han estado abandonados— sería verdaderamente hacer historia el reconstruir elementos de nuestro patrimonio nacional y la historia detrás de los mismos en lugar de gastar dinero en destruir. Y sobre todo, es importante construir con la conciencia de lo bueno y malo de nuestra historia a través de la promoción de autores que quieran contar sus experiencias. La historia no es política y nunca debería serlo.

Al igual que descubrió mi amigo en la República Checa, los momentos amargos de la historia de un país no se borran construyendo, destruyendo y vendiendo. Generar las condiciones para una justicia transicional, donde salgan a la luz verdades ocultas que se puedan documentar, si lo hace. Esperemos que se revisen las decisiones y, en lugar de destruir monumentos, se busque construir la paz y la concordia que tanto necesitamos a través de un proceso de un proceso de reconstrucción de nuestra historia y nuestra identidad nacional.
Educadora, especialista en Mercadeo con Estudios de Políticas Públicas.

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