Adam

Cuánto hace falta que alguien nos diga: “Cuanto más instruida está la gente menos es engañada por los espejismos del fanatismo y la superstición, que con frecuencia dan lugar a terribles perturbaciones entre las naciones ignorantes”.

Jun 12, 2019- 19:20

No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio”. Resulta que quien escribió eso también dijo: “Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen evidentemente en su naturaleza algunos principios que le hacen interesarse por la suerte de otros y hacen que la felicidad de éstos le resulte necesaria, aunque no derive de ella nada más que el placer de contemplarla”.

Fue un hombre bueno. Dedicó su vida a pensar. Su misión fue escrutar la naturaleza humana, y buscar los caminos que nos llevarían al desarrollo y la felicidad. Lo encontró. El camino es la libertad.

No fue un economista, aunque pasaría la historia como el más grande de todos. Fue un filósofo, un moralista.

En 1759 publicó su tratado sobre la moral. En 1776 el de economía. Completaría su obra con uno sobre el Derecho, pero nunca llegó a publicarlo. Algunos intentaron reconstruir su pensamiento jurídico a partir de los apuntes de sus alumnos; pero, lastimosamente, la historia nos privó de sus palabras directas sobre la ley y la justicia.
No crea a quienes le caricaturizan como un profeta del egoísmo. Alguien así nunca habría dicho: “El sentir mucho por los demás y poco por nosotros mismos, el restringir nuestros impulsos egoístas y fomentar los benévolos, constituye la perfección de la naturaleza humana”.

Pero, de igual manera, cuestionaba el discurso por la solidaridad absoluta y el amor infinito a los demás que falsamente predican los populistas. Dijo: “Aunque los hombres tienen simpatía natural, sienten muy poco hacia alguien con que no mantienen una conexión especial en comparación con lo que sienten hacía sí mismos”. Eso es natural. Piense. Usted ama más a sus padres, hermanos, a su pareja o a sus hijos que a mí, a quien no conoce; sacrificaría más por ellos que por el desconocido autor de estas líneas. Pero describir esa característica humana de ninguna manera supone una apología del egoísmo.

Es cierto. De su pensamiento florecerían muchas doctrinas que propugnan por reducir y limitar al Estado. Él desconfiaba, y mucho, del poder político. De lo contrario no habría dicho: “Las grandes naciones nunca se empobrecen por el despilfarro y la mala administración del sector privado, aunque a veces sí por el derroche y la mala gestión del sector público. Todo o casi todo el ingreso público en la mayoría de los países se dedica a mantener trabajadores improductivos”. O aquellas palabras aún más duras y sabias: “No hay arte que los gobiernos aprendan uno de otro con tanta presteza como el de arrebatar el dinero de los bolsillos del pueblo”.

Pero ese mismo hombre, mis queridos afectos al Estado y a lo público, fue quien también expresó una profunda desconfianza a un gobierno de empresarios. Dijo: “El interés de los empresarios en cualquier rama concreta del comercio o la industria es siempre en algunos aspectos diferente del interés común, y a veces su opuesto. El interés de los empresarios siempre es ensanchar el mercado pero estrechar la competencia”. Su lealtad no era a los empresarios, sino a la libertad.

En estos tiempos de masa e idiotez, sus palabras se vuelven más vigentes y necesarias. Cuánto hace falta que alguien nos diga: “Cuanto más instruida está la gente menos es engañada por los espejismos del fanatismo y la superstición, que con frecuencia dan lugar a terribles perturbaciones entre las naciones ignorantes”.

Ese hombre el próximo domingo cumple doscientos noventa y seis años. Fue un hombre sabio y bueno. Una especie en extinción. Gracias, señor Smith.

Abogado @dolmedosanchez

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