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Don Luis Poma y los Acuerdos de Paz

Ese 16 de enero de 1992, muchísimos de los que celebraban la paz en esas dos plazas habían perdido seres queridos, o los habían visto marcharse a buscar vida y futuro por otros lados. Desde don Luis hasta los del pueblo llano que se acercaban a estrecharle las manos tenían una historia de dolor.

Por Efraín Imendia
Publicista

Tenía yo varios meses de estar trabajando en las oficinas privadas de don Luis Poma, escribiendo una semblanza histórica de su familia, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz. Ese día hubo dos celebraciones: una en la Plaza del Salvador del Mundo, que reunió a los areneros y sociedad civil de derechas, y la de la Plaza Barrios, que concentró a la guerrilla y la clase popular de izquierdas. Yo había pensado ir a ambas.
Como las oficinas de don Luis estaban en la casa que había sido de sus padres, a una cuadra de la Plaza, era inevitable que yo asistiera a este evento histórico. En eso tocaron suavemente la puerta de la oficinita donde yo estaba.
—¿Puedo pasar?
—Claro, don Luis
—¿Usted piensa ir a la Plaza? —me preguntó don Luis—. Es que a mí me gustaría ir…
No me extrañó para nada.
Salimos caminando de su oficina junto a Celina Palomo, a la sazón la directora ejecutiva de FUSAL (una fundación creada por don Luis para promover más que todo la salud preventiva en el sector rural), dos de sus guardaespaldas y yo.

Don Luis Poma (Izq.), uno de los empresarios y filántropos icónicos de El Salvador (de grata recordación), visionario fundador de organizaciones comerciales e industriales, así como de obras en beneficio de la salud y la educación de los salvadoreños. En la foto, junto a doña Didine Poma de Rossotto y el ingeniero Ricardo Poma. FOTO EDH / E. IMENDIA

La Plaza bullía en blanco y entusiasta parloteo, banderas y gallardetes azul y blanco y los pincelazos rojos de la bandera de ARENA. Mucha gente se le acercaba a don Luis y le saludaba por su nombre, con evidente alegría. Y llegó el momento culminante: se destaparon las notas magistrales de la Novena Sinfonía de Beethoven y José Luis Rodríguez, “el puma”, se encaramó en el estrado a cantar el “Himno de la Alegría”. Fue un momento vibrante, de inusitada emoción… “Ven, canta, sueña cantando, vive soñando el nuevo sol, en que los hombres volverán a ser hermanos…”. Los pañuelos blancos salieron a agitarse con la canción. Vi a muchos hombres y mujeres enjugarse lágrimas de patria.
Luego de ese momento intenso y culminante le pregunté a don Luis que si me podía llevar su cámara de video (la que me había dado para hacer los videos de FUSAL, como voluntario encargado de la comunicación. No sabía cómo iba a estar el tumulto allá abajo y me quise prevenir).
—¿Usted va a la celebración de allá, del Palacio?
—Sí, don Luis, quería asomarme y ver cómo está ese ambiente.
—¿Le importaría si le acompaño? —me dijo.
Eso sí me extrañó mucho.
A los pocos minutos íbamos seis apretujados en el “Toyotía” particular del jefe de guardaespaldas. Don Luis prefirió dejar su Chevrolet blindado, “para no ser tan ostentosos”, dijo. Y nos cruzamos medio San Salvador como ir en un taxi a Soyapango.
Dejamos el carrito tres cuadras abajo de la Plaza Barrios y subimos sobre la 2a.Avenida Sur. Don Luis iba relajado, mirando hacia todos lados, decía que tenía tantísimos años de no caminar por estos rumbos; y al pasar frente al Cine Apolo, se detuvo embelesado. Vio su elegante fachada de “art deco” y dijo:
“Este fue uno de los cines más bonitos y completos que construimos con Teatros de El Salvador. Veamos si podemos entrar…”. Pero no había un alma.
Cuando finalmente llegamos a la esquina de la Biblioteca Nacional y 4a. Calle Oriente estaba un grupo de guerrilleros con una gruesa soga a manera de valla, registrando a la gente. Sus dos guarda espaldas venían armados y don Luis les dijo muy casualmente, que se quedaran esperándonos afuera si les pedían las armas. Cuando nos acercamos hubo un momento sorprendente: los guerrilleros al vernos levantaron inmediatamente la soga y nos dieron paso franco, sonriendo y sin registrarnos. Algo captaron de nuestro grupo que les infundió una gran confianza.
Si alguien dijera que todo este simbolismo que surgió a raudales el 16 de enero de 1992 fue una mera película, seguro que tendrá razón si no vivió ese día. Con misas de campaña en todo el país, campanas al vuelo, organizaciones invitando a encender velas en las casas, a ondear banderas azul y blanco y a sonar las bocinas de sus carros a la hora de la firma de la paz a medio día.
La entrada a la Plaza Barrios ya estaba atestada de canastos y ventas de banderitas y parafernalia del FMLN. Don Luis las revisó y compró unas banderitas y elogió la capacidad del salvadoreño de montar su negocio en un dos por tres. Nos metimos al centro de la muchedumbre y nos colocamos al lado de la estatua del General Barrios mirando hacia el frente del Palacio Nacional, donde habían construido una tarima en donde se sentaban los comandantes guerrilleros más conspicuos.
El gentío relumbraba de colorado y se movía incesante, saludándose, abrazándose, riendo jubilosos. Creo que don Luis parecía uno de tantos extranjeros izquierdistas que habían venido a celebrar también, pues se le acercaban y le daban la mano, regocijados. Vi gente humilde del pueblo venir a saludarlo sin saber quién era. Recuerdo que súbitamente vi acercarse a un hombre sesentón acompañado de dos hombres. Evidentemente era un guerrillero con cierto rango. Se paró frente a nosotros, con gesto como maravillado.
—¡Don Luis! —exclamó—. ¿Qué anda haciendo por aquí?
—Vine a participar un ratito, es un día especial.
—¡Gracias, don Luis, gracias por venir! —le dijo efusivo, al tiempo que extendió sus brazos y lo abrazó. Nunca supimos quién era, solo que lo había reconocido.
Creo que en ese momento cualquiera, con frívolo patriotismo, hubiese pensado que todo esto era un episodio de realismo mágico, un sainete de la historia. No lo hubiese culpado:
Ahí estaba, mezclado con la gente que celebraba con ellos, un hombre a cuyo primogénito le habían secuestrado y asesinado por orden de algunos de los comandantes que estaban allá arriba en el estrado de los jefes. Su hijo Roberto había sido víctima de una orden emanada de la jefatura del ERP, de Joaquín Villalobos. Al no poder dominarlo dentro de la camioneta panel a la que lo subieron, debido a su gran fortaleza y entrenamiento en defensa personal, el guerrillero de seudónimo “El Negro” le perforó el estómago con un balazo 44 mm. para dejarlo fuera de combate. Pero le hicieron creer a la familia que estaba vivo mientras negociaban sobre su cadáver por una fuerte suma de rescate y la liberación de la guerrillera Guadalupe Martínez en Libia.
Don Luis hablaba poco de Roberto, pero en un pequeño librero detrás de su escritorio había una foto 8×10 en blanco y negro de una yunta de bueyes. Era una foto que Roberto había sacado en una hacienda llamada “La Tamera”, cerca de Moncagua, en San Miguel, en la que estaba estableciendo un modelo de desarrollo rural. A través de eso es que lo recordaba. Hablaba de los sueños de Roberto con esa hacienda y de su profunda sensibilidad social. Además, la antigua propiedad tenía un valor histórico: Por la cercanía a sus fuentes termales, ahí había residido un tiempo el héroe y fundador de la República Italiana, Giussepe Garibaldi.
Pero ese 16 de enero, hace 29 años, ahí estaba don Luis, muy meditabundo, sin dejar de ser cordial con la gente que sentía alguna curiosidad por él y le estrechaba la mano con un conmovedor gesto de esperanza de que la trágica pesadilla había llegado a su fin. Yo también me quedé pensando en lo extraordinario de ese momento. Sentí que era una forma muy íntima y silenciosa de expresar su perdón a los verdugos de Roberto y a su sueño de paz en El Salvador. Perdón, sí. Olvido, jamás. Hasta el último momento, don Luis mantuvo ese inmenso dolor en su corazón, por haberle sido arrancado tan vilmente a su sucesor, en la cima de su energía y cabalgando en los más prometedores sueños que podían empujar El Salvador hacia adelante.
Pero ese 16 de enero de 1992, muchísimos de los que celebraban la paz en esas dos plazas habían perdido seres queridos, o los habían visto marcharse a buscar vida y futuro por otros lados. Desde don Luis hasta los del pueblo llano que se acercaban a estrecharle las manos tenían una historia de dolor.
…En la esquina entre el Palacio y la Catedral, en donde estuvo la primera Universidad Nacional, había ahora un pequeño estacionamiento y allí se levantaba, sobre dos postes, un rótulo de DIDEA desteñido, al que le habían trabado dos banderas grandes del FMLN. Don Luis lo miró detenidamente y, cruzando los brazos, me dijo:
—¿No cree que hay que darle una repintada a ese rótulo?… Ahora que van a estar ahí esas banderas, no dejemos que el color rojo lo opaque.
Don Luis había ido hasta la Plaza Barrios a demostrar que había que pasar la página.
Publicista.

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