¿Elecciones digitales?

Por Cristina López

Dic 02, 2018- 21:00

Está más que establecido que las redes sociales y la interconectividad global han venido a revolucionar varias industrias, algunas más que otras. Las disrupciones del universo digital han impactado de maneras obvias los rubros comerciales, donde las compras a través de internet le comienzan a hacer la competencia a las tiendas en los centros comerciales, y para bien o para mal, han impactado el rubro del periodismo.

El oficio periodístico en la actualidad ya no puede darse el lujo de mantenerse al margen de las redes sociales: ahora es parte de ellas. Los periodistas que en los próximos años decidan ignorar la influencia que la desinformación y la inmediatez informativa juegan en las percepciones y en la capacidad de reportar la verdad se verán incapacitados de hacer su trabajo o relegados a la inefectividad. Lo anterior también es un reto para los educadores cuya responsabilidad es preparar a los ciudadanos del futuro: ¿cómo enseñarle a los votantes del futuro a mantener una dieta informativa de calidad que les permita discernir entre el ruido informativo y la realidad? La amenaza de que la urgencia de las trivialidades ofusquen lo importante hace a nuestras sociedades especialmente vulnerables a la retórica de políticos demagogos y oportunistas.

Similarmente, otro rubro tremendamente afectado por la ubicuidad de las redes sociales ha sido, innegablemente, la política. En 2016, fueron las redes sociales lo que le permitió a Donald Trump, un candidato con nula experiencia política y electoral, explotar con su retórica los sentimientos de millones de votantes estadounidenses para terminar ganando la presidencia. De la misma manera y más recientemente, en Brasil el extremismo retórico que se respiraba en diferentes plataformas digitales le terminó favoreciendo a Jair Bolsonaro, muy a pesar de los frecuentes llamados a la moderación desde las instituciones de la comunidad internacional, los paneles políticos televisivos, o desde las páginas de opinión de diferentes medios de comunicación tradicionales.

Es por eso que no es extraño que en plena campaña presidencial en El Salvador, la publicidad electoral no sea como la de otros años, en las que el asalto visual en las carreteras era imposible de evitar. Ahora la batalla se está librando en línea y es Google la agencia mediática que se encuentra recibiendo los dólares que antes se embolsaban la mayoría de medios tradicionales. Pautar en línea significa, ahora en día, comprar la capacidad de influir resultados virtuales de búsqueda. Un votante indeciso en busca de información en Internet será guiado a la información del candidato que haya pagado más para pautar en línea. La información que verá un votante en sus redes sociales, ya sean Instagram, Facebook, o WhatsApp (todas con enorme popularidad entre los salvadoreños) será la que los algoritmos que sus propios clicks y círculo de amigos definan como importante. Alguien cuyos comentarios en línea tienden hacia la izquierda, verá esa opinión reforzada o radicalizada con contenido similar, y alguien cuyos comentarios o “Likes” demuestren una tendencia hacia la derecha, jamás obtendrá contenido neutral.

El ruido electoral es peligroso porque es difícil predecir sus efectos en el mundo de carne y hueso. En redes sociales, las marcas más ruidosas son también las que generan más ruido por parte de las audiencias, por lo que una marca que se vende como popular termina volviéndose popular en una suerte de profecía que se autocumple. Sin embargo, en nuestro país es difícil saber aún hasta qué punto la popularidad digital puede capitalizarse y convertirse en victoria electoral. En El Salvador ganar la presidencia aún requiere un enorme esfuerzo de trabajo territorial por el simple hecho de que la integridad de nuestras elecciones aún depende en gran medida de las estructuras partidarias que cuidan urnas, haciéndose contrapeso entre los diferentes partidos y contando a mano voto por voto. Solo en febrero podremos saber si efectivamente un like en línea equivale a un voto en la vida real.

Lic. en Derecho de ESEN con maestría
en Políticas Públicas de Georgetown University.
@crislopezg

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