Esa opción no nos lleva a nada

Por Max Mojica

Dic 02, 2018- 21:00

En Latinoamérica y en El Salvador cada cierto tiempo aparece por ahí un político ofreciendo que nos sacará de la pobreza. Nos dicen lo que queremos oír, pero solo para que votemos por él, pero que, al final, no nos conduce al tan ansiado progreso que buscamos.

De parte de los políticos, hemos oído de todo y lo hemos ensayado todo. Ya nos cominos unos tacos, con el estatismo derivado de la Revolución Mexicana de principios del Siglo XX, el cual no generó desarrollo sostenible en su país.

Probamos a ver qué pasaba, bajo las dictaduras militares con Pinochet, Stroessner, Somoza y Martínez, así como con las dictaduras civiles, como la de Fujimori. Bajo estas, floreció un “capitalismo-mercantilista-entre cheros”, el cual daba la sensación de un progreso artificial, generador de un “rebalse” en un estanque que nunca rebalsaba. Bajo las dictaduras, la sociedad civil experimenta una comatosa existencia, que pervive gracias a que está conectada a una máquina que transfiere dólares, mientras resta libertades. De ahí que cuanto el tirano muere, el sistema colapsa.

Le dimos chance a los comunistas, bajo la bandera de Castro, Ortega, Chávez y Maduro, los cuales, utilizando diferentes métodos y procedimientos y bajo diferentes excusas y circunstancias, invariablemente, redujeron a la más abyecta pobreza, a las respectivas naciones que tuvieron la desgracia de gobernar.

Le dimos chance a los socialistas-cleptócratas, entrando en escena Lula, los esposos Kirchner, Evo, Correa y nuestro tan tropical Funes, cuyos gobiernos equivalían a leer un cuento de Alí Baba, pero con la diferencia de que eran más de cuarenta ladrones.

En El Salvador le hemos dado chance a casi todos los tipos de sistemas de gobierno, menos uno: al que le apueste a un gobierno sometido al imperio del Derecho, a donde el presidente no le pueda decir “qué hacer” al Fiscal General o a la Corte Suprema; a donde los ministros realmente tengan idea, conocimiento y noción de lo que implica manejar la cartera de gobierno que les ha sido asignada; a donde nuestros funcionarios estén bien pagados, de acuerdo con sus capacidades, y quienes al final su periodo se integren a la sociedad civil sin tener cuentas pendientes en Probidad, sin haber incrementado abultadamente su patrimonio y sin tener que andar con lentes oscuros por los aeropuertos del mundo, escapando del tullido brazo de la justicia salvadoreña.

Los salvadoreños hemos intentado de todo, menos gobernar bajo el amparo de la Constitución y la ley; pensando en el pueblo y no en espurios y temporales intereses; buscando el bien de todos —porque todos somos “pueblo”— bajo el principio que, ya que todos estamos en el mismo barco, cualquier decisión que tomemos —o cualquier iniciativa buena que bloqueemos—, al final de cuentas nos afectará o beneficiará a todos.

En campaña, los políticos nos ofrecen el cielo y la tierra, diciéndonos que vamos a vivir como en Canadá, pero sin decirnos cómo; pero esta vez espero que los salvadoreños hayamos despertado y exijamos planes y soluciones que sean viables. De esa forma, lo natural es que los candidatos nos expliquen ¿cómo lo van a hacer? ¿De dónde van a sacar los recursos? ¿Cuáles son sus planes?

Los tiempos en que votábamos a cambio de un tamal y una camiseta ya pasaron. Lo que ahora queremos son soluciones viables y no solo ofrecimientos de fantasía. Latinoamérica y El Salvador ya probaron todo; ahora probemos esta novedad: elegir al candidato que esté más preparado para dar solución a los grandes problemas de nuestro país y no se limite solamente a andar por ahí, jugando a ser populista. Eso ya lo probamos y no lleva a nada.

Abogado, máster en Leyes
@MaxMojica

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