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Carta sobre historia: El dictador, la megalomanía y la arquitectura

Por Paolo Luers
Periodista

Estimados amigos:

Pocas veces hablamos de historia, y mucho menos de otros países. Deberíamos, porque nos puede ayudar a entender lo que está pasando en el presente.

Adolf Hitler, el dictador nazi que gobernó Alemania de 1933 hasta 1945, fue egocéntrico y acomplejado por su falta de educación formal. Su megalomanía, antes de llevarlo a cometer el mayor genocidio de la historia, el Holocausto, y su cruzada para ocupar y subyugar toda Europa, se reflejó en los primer años de su gobierno en su afán de mandar a construir edificios monumentales, muestras de su poder, además de las famosas autopistas alemanas.

Hitler para esto tenía a Albert Speer, el arquitecto del Tercer Reich (como se autoproclamó la dictadura nazi). El constructor de Hitler. Cuando su cruzada militar entró en problemas logísticos, Hitler encargó a Speer la obra más monumental de su gobierno: organizar la producción de los armamentos, que sus ejércitos necesitaban en los frentes de Rusia, el Norte de África, en Francia, en el intento de ocupar Inglaterra y luego en la defensa contra las ofensivas de Estados Unidos y la Unión Soviética. Con razón Albert Speer dijo luego de la guerra, en el juicio de Nuremberg, con orgullo que él fue el único verdadero amigo de Hitler.

¿Cómo se forjó esta amistad? Hitler, antes de meterse en política, fracasó como pintor. Simplemente no tenía talento. También se frustró su sueño de convertirse en arquitecto. No estaba hecho para los estudios y la creatividad. De esto surgió su complejo, su odio a los intelectuales y los artistas exitosos, que lo llevó a prohibir la mitad de las obras de pintura como “desnaturalizadas” y a prohibir y quemar millones de libros. El que entendió bien y supo manipular estas frustraciones de Hitler, fue Albert Speer...

Cuando los nazis estaban preparándose para poner en escena en Nuremberg el mega evento del primer congreso de su partido luego de la toma del poder, Speer logró una audiencia con Hitler y le mostró sus diseños, no solo para el edificio monumental que albergaría el congreso, sino para la conversión de toda la ciudad en escenario y símbolo del poder del partido y su líder, el Führer. “Todo el mundo lo va a ver, mi Führer, y entender el poder de la nueva Alemania”.

Esto fue el primer megaproyecto nazi, inspirado por Hitler, ejecutado por Speer. Luego el nuevo aeropuerto de Berlín-Tempelhof, un complejo monumental en medio de la capital; y la coronación: el Estadio Olímpico de Berlín. Este fue diseñado para los Juegos Olímpicos de 1936 por otro arquitecto nazi, Werner March, pero Albert Speer tomó control del proyecto y lo hizo mucho más ostentoso. Otro símbolo de la nueva época proclamada por Hitler. Luego Speer diseñó el pabellón alemán para la Exposición Mundial 1937 en París y la nueva Cancillería.

Cualquiera que no estaba cegado por la propaganda nazi podía ver que aquí se expresaba la peligrosa megalomanía de un dictador con serios traumas de fracaso e inferioridad. Mi padre, nacido en el mismo año que Hitler, y que como él tuvo que combatir en la Primera Guerra Mundial en el Frente Occidental en Francia y Bélgica, sí logró después, trabajando en construcción y estudiando de noche, hacerse arquitecto. Y me decía: “La verdad es que viendo lo que Hitler y Speer estaban construyendo, en este estilo monumental, todos podíamos detectar que ahí se expresaba algo peligroso. Cuando vi el espectáculo del congreso del partido nazi en Nuremberg, yo sabía que esto no solo se trababa de arquitectura, sino de la ambición de un poder absoluto”.

Igual, como millones de otros alemanes de esta generación, no hizo nada para evitarlo...

Un amigo, que es catedrático de historia de la arquitectura, me explicó que lo mismo se reflejó en la Rusia de Stalin, en la China de Mao: una enfermiza megalomanía que comienza en la arquitectura y termina en dictaduras y desastres...

Entre más autócratas los gobernantes, más tienden a manifestar su poder y su supuesto amor al pueblo con obras muy visibles, aunque no siempre corresponden a las necesidades del país y de la población. Y si tienen complejos de inferioridad no superados, peor. Siempre venden sus obras megalómanas como regalos al pueblo, dándole circo, cuando no pueden darle suficiente pan y educación.

Hasta ahí mi excursión por la historia. De algo servirá.

Saludos, Paolo Luers

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