Carta sobre la fábrica de la muerte

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Por Paolo Luers
Periodista

Ene 27, 2020- 18:34

Estimados lectores:

El 27 de enero se cumplieron 75 años de la liberación del campo de concentración Auschwitz (Oświęcim en polaco), el más grande y emblemático de los campos de aniquilación del imperio nazi. El campo de Auschwitz ha sido preservado como monumento y patrimonio de la humanidad para mostrar la forma industrial que los nazis inventaron para aniquilar a los millones de judíos que vivían en Alemania y los territorios ocupados por los ejércitos alemanes en la Segunda Guerra Mundial.

Como toda la generación de postguerra en Alemania, crecí enfrentando la culpa colectiva de mi país. Crecí confrontado con toda una generación -nuestros padres y tíos, nuestros profesores, nuestros jueces y fiscales- que no quería hablar de su rol durante la dictadura nazi, y mucho menos de Auschwitz. La primera vez que pude hablar con mi padre sobre Auschwitz -y preguntarle sobre su rol en toda esta historia- fue cuando fui a verlo en el hospital, ambos sabiendo que iba a morir. No quería que mi papá muriera sin que yo le hubiera hecho la pregunta que toda nuestra generación entera se hizo ante el silencio de sus padres: ¿Y mi padre, qué rol jugó en toda esta historia de dictadura, guerra y exterminio racial?

Mi viejo reaccionó como nunca había esperado, casi con alivio de poder romper el silencio, porque al fin uno de sus hijos lo preguntaba. Me dio su versión de la historia: Como arquitecto y planificador urbano, fue mandado en 1940 como jefe de obras públicas a una de las ciudades polacas ocupadas y anexionadas al Tercer Imperio Alemán: Poznań (en alemán Posen), donde yo nací en 1944. En el cargo que desempeñaba, en algún momento le iba a tocar organizar el trabajo forzado de miles de prisioneros de guerra, y también de internos de campos de concentración. La decisión de mi padre fue ir a la guerra, como soldado, para no involucrarse en crímenes contra civiles. Movilizó todas sus amistades y contactos, y al final logró que a pesar de su edad y su cargo civil de importancia estratégica lo incorporaran como coronel a una división de pioneros – y se fue a construir puentes y carreteras en Finlandia para que el ejército tuviera otra ruta alterna para movilizar tanques hacía Rusia.

Toda la vida me quedé con dudas sobre esta versión. ¿Ir al frente de guerra como única salida para no mancharse de sangre de civiles? ¿Servir a Hitler de otra forma, para sentirse menos culpable? Para él, padre de 8 hijos, fue la única salida posible, resistencia civil no era una opción. ¿Puedo culpar a mi padre que no tuvo el valor de negarse a servir a la dictadura? Sería como culpar a tu padre que no fue héroe…

Auschwitz constituye, en especial en mi generación, pero aun en la actual, una sombra sobre todas las familias alemanas. Cada quien maneja a su manera esta culpa heredada. La generación de mis padres -la de los responsables- optó por el silencio. La siguiente -la mía- armó la rebelión del 68 para desafiar este silencio. Logramos romper la muralla de negación y silencio y establecer en Alemania una cultura de memoria crítica sin antecedentes. La democracia alemana es tan sólida, porque está basada en una confrontación permanente, dolorosa y crítica con el de los crímenes cometidos en nombre del país. Esto se refleja en las escuelas, en la cultura, en la literatura, en la manera como actúan las iglesias, los sindicatos y los partidos. Quien rompe este consenso, está siendo marginado social, cultural y políticamente.

Auschwitz es parte de nuestra historia. Los responsables ya murieron, y las siguientes generaciones somos libres de enfrentar el pasado, sin negaciones, pero también sin arrogancia justiciera. Otros pueblos pueden estudiar en Auschwitz lo que puede pasar cuando permitan que lleguen al poder fanáticos que necesitan una cultura de odio para mantenerse en el poder.

Saludos, Paolo Lüers

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