“ʽHoy nos quedamos solosʼ nos dijo (mi papá), mataron a toda la familia”, dice sobreviviente de masacre de La Joya

Amadeo Martínez Sánchez perdió a su madre y a tres hermanos en la masacre de La Joya, un cantón a 4 kilómetros en línea recta de El Mozote, donde fueron asesinados 86 menores de edad el 11 de diciembre de 1981.

El 10 de diciembre de 1981, Amadeo Martínez, su padre y uno de sus hermanos huyeron de la masacre perpetrada en el cantón La Joya, del municipio de Meanguera, en Morazán.

Por Lilian Martínez

Dic 05, 2020- 21:30

Amadeo Martínez Sánchez tenía 8 años en diciembre de 1981. Ahora, con 47 años, lidia con la diabetes y está desempleado. La necesidad de que se quedara en casa como medida de prevención ante la pandemia de COVID-19, considera, fue motivo para que en septiembre lo despidieran. Desde entonces dedica su tiempo a cultivar la tierra, tejer matatas y cuidar el memorial erigido a un costado de su casa.

Ahí, colocadas en una plancha de cemento, varias placas muestran los nombres y las edades de las víctimas que, tras el  paso del batallón Atlacatl, eran la única  evidencia de lo ocurrido en el cantón La Joya, en el municipio de Meanguera, Morazán, el 11 de diciembre de 1981. El Diario de Hoy visitó este cantón y conversó con dos testigos y sobrevivientes de lo que pasó ahí, uno de los cantones cuyo nombre queda oculto bajo la expresión “sitios aledaños”, cuando se habla y escribe sobre El Mozote, caserío de la vecina Arambala. Entre ambos sitios, en línea recta, hay 4 kilómetros de distancia y una sentencia de la CIDH, según la cual el Estado salvadoreño tiene una responsabilidad que cumplir con los habitantes de estos sitios y los caseríos Ranchería, Los Toriles, Jocote Amarillo, el cantón Cerro Pando y las víctimas de la cueva del Cerro Ortiz. 

El 10 de diciembre de 1981, Amadeo, uno de sus hermanos y su padre huyeron del cantón. Su madre, María Inés Martínez, decidió quedarse en la casa de un vecino junto a sus hijos más pequeños. Esa fue la última vez Amadeo los vio con vida.

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¿Cómo era su familia cuando usted era un niño? ¿Quiénes la integraban?

Hermanitos éramos cinco, mi mamá y mi papá, ahí se hacía la familia de siete. Yo me acuerdo que éramos muy trabajadores, igual que hoy, porque nosotros el trabajo que teníamos acá, aparte de la agricultura, era trabajar el henequén. Nosotros lo conocemos más por el mezcal, que incluso ahí tengo unas matitas que yo he sembrado ya después. Entonces nosotros, después de hacer la milpa, nos  dedicamos ya en el verano, ya por este tiempo, a hacer hamacas, lazos, cebaderas, matatas les decíamos. Así era la vida de nosotros sólo de trabajar para ver si se podía hacer, para ir prosperando pues, para poder estudiar y poder hacer nuestra casa como un hogar digno, va; porque la casa de nosotros era de adobe, entonces, y  así era la familia: éramos muy unidos, trabajadores.

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¿Qué recuerda de ese diciembre?

El 10 de diciembre de 1981 mi papá nos dijo que íbamos a salir. Oyó en la radio que venía un operativo. Entonces buscamos refugio en la casa de un vecino, pero estaba llena. Entonces nos fuimos donde Jacinto Sánchez, ahí dejamos a mi mamá y a mis hermanitos: una hermanita, que se llamaba María de Jesús Martínez Sánchez (de 8 años); otro varoncito (…) que se llamaba Teodoro Martínez (de 5 años), y el otro (…) que se llamaba José Rafael Martínez (de 4 años).

Mi papá le insistió a mi mamá que se fueran con nosotros, pero ella dijo que no. “Nosotros no hacemos nada… Ahí han estado pasando siempre (los soldados) y no han hecho nada y además que nosotros no le debemos nada a nadie”, le dijo a mi papá, “andate vos  y esos cipotes y me mandas a Melesio a traer tortillas cuando amanezca”. Y nos fuimos nosotros, entonces, no es porque no la hayamos querido llevar, sino que ella no se quiso ir, entonces nosotros nos cruzamos el río, y nos fuimos a meter al mezcalar. Ahí estuvimos, ahí amanecí el 11 de diciembre, tipo 8 de la mañana ya pasó el movimiento de helicópteros, nosotros ahí estábamos escondidos, para arriba del movimiento, si ya como por ahí  de las 10 de la mañana me acuerdo yo que se oyeron los balazos, todo eso para arriba, pues sí; pero como uno (estaba) tranquilo ahí, nada más que solo pendiente a ver qué era lo que iba a pasar. El detalle está que cuando ya era tipo 1:00 o 2:00 de la tarde ya se oyó la gran guasa de perros aquí en el cantón.

(…) Ya cuando nosotros venimos, cuando nos salimos fue que encontramos el montón de gente asesinada; entonces, sacaron la gente y la mataron, cuando nosotros estábamos allá escondidos en esa casa de don Jacinto Sánchez, pasaron aquí, como mataron toda la gente de acá, salieron aquí, fueron a matar a la señora Amelia, donde habíamos ido esa noche antes nosotros a pedirle refugio, estaba moliendo ella, porque nosotros ahí pasamos, estaba moliendo, ahí la mataron, ella quedó así encima de la piedra, muerta, con la pelota de masa, como decimos nosotros, en la piedra y las tortillas que había echado en el comal, ahí quedó ella, ahí la mataron, de ahí se dirigieron para la última casa de la orilla de río, que le digo yo que se llamaba Jacinto Sánchez, el señor, ahí estaba él, una hija, dos nietas, y una nuera que tenía varios niños, y ese amanecer del 11 había dado luz la señora, la nuera de don Jacinto. Nosotros vimos porque nos quedaba bien de frente, nosotros estábamos al otro lado del río y ellos vivían en un plancito así bien bonito. Llegaron ahí, empezaron a sacar a los niños para el lado del río, jaladitos de la mano, y como era verano, se miraba, quemado todo, como le digo quemado estaba… Se llevaron a los niños.

Amadeo observa el monumento a las víctimas de La Joya erigido junto a su vivienda.

Uno de los niños dijo “mi mamá se queda”. Entonces ahí le pusieron cuidado los soldados (…) y fueron y la hallaron en el cuarto, como era oscuro no la habían visto ahí. Ella se había salvado, pero se regresaron dos soldados y se oyó el disparo, la mataron a la señora en la cama, y a la niña, nosotros después de que oímos el disparo que mataron a la señora, en ese momento mataron la niña, una niña, un angelito pues, porque nosotros pasábamos días después como unos 3 días o 4, porque no podíamos salir de donde estábamos, pasamos unos 3 días después y fuimos, entramos a la casa: ahí estaba la señora muerta y la niña, así la tenía ella, aquí le habían degollado, imagínese, y con la sangre de la niña, como la casa la repellaban con cal, era blanca, habían puesto en la pared: “Un niño muerto, un guerrillero menos”.

¡Qué sabía uno de guerrilla en ese tiempo! ¡Qué sabía de guerra uno! 

Entonces esos son crímenes que todavía siguen en impunidad que no quieren, no quieren saber, la verdad nosotros la decimos casi a diario, pero ellos, no entiendo yo qué es lo que quieren saber más de las masacres que es un hecho de lesa humanidad, eso dicen casi todo el tiempo.

Entonces, se llevaron los niños ya para arriba había un caminito bien bonito, que teníamos nosotros que ahí nos íbamos a bañar, pero pedroso, así como graditas así como encandilado así el camino, ahí arrastraron a los niños a matarlos a la orilla del río, ahí los mataron, todos los niños, a don Jacinto, a la hija, y a dos muchachas que violaron, ahí en la posa hallamos a los niños nosotros cuando ya se podía salir más o menos, porque nosotros ahí estuvimos escondidos como unos 8 días sin comer, sin tomar agua porque los soldados, invadieron este cantón después de El Mozote, al otro lado del río hay otro caserío que se llama Los Martínez también, entonces los soldados llegaban como de aquí a la calle a hacer sus necesidades, y nosotros estábamos aquí en el mezcalar, no bajábamos más porque no podían entrar, entonces ya después dijo mi papá, estando ahí escondidos se sentía el gran olor a carne asada, imagínese, y mirábamos que salía humo de la casa del finado Jacinto, “quizá están cocinando ahí”, pero no, era un caserío de Los Chavarría.

Que le digo yo que estaba por allá que solo eran ranchitos de zacate, ahí mataron a toda la gente y ahí les pusieron fuego, ese era el olor que sentíamos nosotros. Entonces, nosotros sin comer, sin beber agua.

Entonces dijo mi papá que nos íbamos a salir que ya no se oía movimiento de aviones ni nada, pero el detalle esta que mi papá se le ocurre mandar a mi hermano Melesio como unos 3 días después de que habíamos visto que habían matado a la familia de don Jacinto, entonces vino mi papá y se puso preocupado y le dijo a mi hermano “andá, Melesio, allá, a ver qué pasa, ¿tenés valor?” le dijo. Viene mi hermano, cuando se quiso parar, de un solo se fue al suelo, pues imagínese, sin comer y sin tomar agua, está deshidratado, pero cómo pudo él, sacó fuerzas y vino… Llegó a un cerco que colindaba don Jacinto con otra señora, y la sorpresa que se llevó ahí, lo primero que vio él fue un toro con el balazo aquí y toda la lengua de afuera, pero él no le tomó importancia.

Siguió la misma ruta, hasta llegar a la casa de mi abuelo que también era casa de adobe, pero solo tenía madera de ocote, él que se asoma así, había un piñal, espeso y dice que él solo miraba el humo que salía y no miraba la casa de mi abuelo, a saber qué pasa, nombre ahí todo estaba consumido, entonces él cuando ya vio eso decidió regresar a donde estábamos nosotros, entonces ya le contó a mi papá que estaba la casa quemada, y ya esa noche, al llegar la noche, como ya sabíamos que habían tirado para abajo, nos salimos, como a las 4 de la mañana, salimos del escondite, y nos venimos así, buscando la ruta, sin comer nada, pero logramos conseguir unas naranjas y me dice mi papá “les voy a pelar unas naranjas”. Imagínese, a las 4 de la mañana y sin comer nada tantos días, ¡nombre! me pegó un dolor de estómago, que masito me muero yo, pues ¡si como uno sin nada y helado! Bueno, después de eso, nos salimos para acá, nos reunimos por ahí, por ahí están un copinolón, aquí no había casa, solo una casa que estaba ahí, ahí nos reunimos y ya empezó a salir la gente, los que habían sobrevivido, los hombres que habían quedado sin esposa, sin familia, nos reunimos por ahí, como a las 7:00 de la mañana, y se sentía el mal olor y los zopes volando, los cerdos comiéndose a la gente allá arriba, y ya dijeron los papás de nosotros que venían, vamos a ir a  buscar la gente, pero ellos ya tenían una idea.

Se fueron a buscarlas… Hallaron el montón de gente muerta, y a ellos no les tocó de otra que regresarse. Ya cuando llegó mi papá ahí donde estábamos nosotros, y habían otras como dos familias que se habían salvado, yo lo que me acuerdo que él nos agarró a nosotros y él nos agarró abrazados a mí y a mi hermano Melesio, porque él no nos quiso llevar: “Hoy nos quedamos solos”, nos dijo, “mataron a toda la familia”. Yo me acuerdo, bien me acuerdo yo, uno no quisiera derramar una lágrima; pero son, son unos casos que, que no tienen solución, no tienen remedio. Yo ni a mi  peor enemigo le deseo que pase una situación como la que nosotros pasamos, porque lo que más duele es que, matar tanto niño indefenso; también la gente, los adultos, porque uno pagó algo que no debemos pues, y a consecuencia de eso hoy en día yo después de que se firmaran los Acuerdos de Paz y todo eso…

Es duro, para uno, cuando le preguntan de esto. (…) Cuando nos entregaron todas las cajitas, ya les voy a enseñar unas fotos que tengo ahí, cuando fuimos a recibir las osamentas a El Mozote, yo dije “me voy a hacer el fuerte, yo no tengo por qué llorar, si esto ya pasó”. ¡No!, se siente un nudo aquí que, que es, ¿cómo le dijera?, es imposible y hasta ahora aquí estamos, esperando justicia nosotros.

Pero bien nosotros, como le digo, siempre lo hemos dicho, nosotros estamos abiertos al diálogo, pero también tenemos que ver nosotros que se haga la justicia, porque lo que necesitamos son tres cosas: justicia, verdad y reparación.

Ahorita hay un proceso judicial en San Francisco Gotera y hay unos acusados…

Y nosotros hemos andado ahí en busca de los archivos militares, y nunca los dieron, no nos dan nada. Estuvimos en la Fuerza Aérea, en el Estado Mayor, en San Juan Opico, en Comalapa, la última en el Palacio Nacional, de ahí en San Miguel y Gotera. Nos recibieron como que éramos unos grandes criminales que íbamos llegando, custodiados hasta afuera de los cuarteles cuando íbamos llegando nosotros y lo único que andábamos haciendo era ver.

 

¿Usted fue con el juez de Gotera?

Sí, porque como (…) soy parte de la asociación de El Mozote, entonces fuimos a andar nosotros allá, a pesar de los riesgos por la pandemia, pero como le digo nosotros andamos buscando la justicia.

 

¿Qué es más urgente o más significativo como medida de reparación? ¿Que está pendiente todavía?

Fíjese que aquí, aquí está una casa al adulto mayor, si, allá arriba, les voy a ir a enseñar, entonces, ahorita estaban, el mes pasado parece que fue, estaban buscando ya el personal para, para ya supuestamente quienes van a trabajar ahí, yo fui a meter currículum, pero pues si, por lo mismo, por lo de la diabetes dicen que falta de ética de un doctor que está ahí que dijo que yo por eso no había quedado porque a pesar de que yo no he estudiado pero yo tengo un currículum, de que a pesar, como he andado trabajando, he recibido seminarios de tantas cosas, tenía un currículum, mejor que un bachiller, entonces bien que dijo él que yo por la diabetes no aplicaba, esta bueno, entonces esa es falta de… como discriminarlo a uno, pero no me complico. Entonces, este, está esa casa del adulto mayor, también que mi tía Rosaria, donó el terreno porque imagínese, hasta dónde son, que vaya, por lo menos, les vamos a dar unos 1,000 dólares, para que cubran alguna necesidad, que, quienes iban a hacer esto, no nada, entonces, nosotros, yo en consciente y mi tía también para tener nuestros seres queridos y que haya algo para que no se vayan los proyectos, no es que nos sobre tierra, la tierra, es prestada, decidimos donar, entonces tenemos esto, pero como dice usted, ¿qué es lo más importante? Todo es importante, nosotros, yo hace unos días, que ahí estaban diciendo que venían los ministros, a inaugurar una escuela en El Mozote, que son proyectos pasados, ellos no han hecho nada, decían que venían un día, no venían, yo saqué la firma, después de que murió ese amigo mío, un gran amigo que él sí me ayudaba en algo cuando yo trabajaba, él era maestro, era licenciado, así como está el río, así se ahogó él, así como está, no es porque estaba crecido, así como está el río, un poquito más grandecito. Entonces yo saqué todas las firmas, 120 firmas, desde allá con una carta para que se la entregaran al ministro, nunca ha venido o vino y no avisaron.

¿Qué le decían al ministro en la carta?

Nosotros le pedíamos que por favor en las sentencias estaba la reparación de la calle, porque la calle la iban a pavimentar, y que nos hicieran el puente… Porque imagínese que aquí cuando esa pasarela, que está ahí, aquí hay mucho adulto mayor, mire tenemos como dos familias allá al otro lado de otra quebrada que está allá, unos señores que no pueden ni caminar, así con bordón andan. Cuando se nos enferma a media noche un adulto mayor a nosotros, tenemos que hacer doble gasto, carro de aquí para ahí, tanto, y el que nos va a pasar de ahí para allá, porque lo tenemos que pasar por la pasarela, otro dinero; o sea, urgente el puente, ¿me entiende? Y así pues, viviendas, ¡todo!00

¿Cree necesario que los jóvenes conozcan estos hechos?

A algunos que vienen, incluso estudiantes allá en San Luis cuando estoy por allá (…) les digo que se den cuenta que a nivel mundial, en las guerras que son negocio, quienes sufren las consecuencias somos los pobres, la gente civil pues, somos los que sufrimos las consecuencias en todos los países del mundo. Entonces y es bueno que la juventud se involucre en esto, para, como para crear una nueva sociedad más unida y con valores para no pensar en la violencia entonces por eso es bueno que la juventud se involucre en saber la historia, entonces de eso se trata, de que la juventud se involucre en eso y no en pensar en otras cosas, por eso, a eso es lo que le iría yo que la juventud está, tiene que  ponerle mente a todo.

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