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Madre migrante: "Mi vida en El Salvador era bien difícil, tenía que alimentar a tres niños con menos de $3 al día"

Alejandra cuenta sus motivaciones para migrar hacia Estados Unidos y el alto costo que ha tenido que pagar por tratar de darle una mejor vida a sus hijos.

Por Damaris Girón | Nov 07, 2021- 22:00

Según el departamento de Estado de Estados Unidos, 319 salvadoreños son detenidos diariamente por migración ilegal. Video EDH/ Damaris Girón

Alejandra (nombre falso) es madre soltera de tres hijos, un niño de ocho años y dos niñas, una de 5 y otra de un año. Su necesidad por cuidar de sus hijos, la violencia y la falta de empleo, la obligaron a buscar oportunidades en otro país. Así es como hace más de tres meses inició su lucha por llegar a “la tierra donde los sueños se hacen realidad”, pero hasta hoy sus sueños aún siguen en espera.

En El Salvador, Alejandra vivía en una pequeña casa con paredes manchadas por los años, muebles deteriorados y un refrigerador viejo y vacío la mayor parte del tiempo. Su única motivación para iniciar el día, eran las inocentes voces que le decían: ¡mamá, tenemos hambre!

Las mañanas las iniciaba con el fuerte sonido de la música que había puesto algún vecino; ese sonido poco a poco se iba amortiguando por la insistencia de sus hijos de verla despierta.

Tomando todas sus fuerzas, se levantaba, abrazaba a sus niños y se iba a dar una ducha para desaparecer el sofocante calor de la mañana, al menos por un momento.

Al terminar de vestirse, salía del cuarto, respiraba profundo y se dirigía a la cocina para enfrentar su temor más grande, no tener alimentos para darle a sus hijos.

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Con su mayor miedo hecho realidad, su rostro delataba su profunda preocupación durante algunos segundos, para luego ser disfrazado por una sonrisa con la que les diría a los niños que irían a visitar a sus abuelos paternos, quienes vivían a algunos metros de distancia.

Al llegar a casa de sus antiguos suegros, con quienes no mantenía buena relación luego de separarse de su pareja, vencía el orgullo y les pedía que por favor le ayudarán a cuidar a los niños un momento y que les dieran de comer porque ella no tenía comida en casa.

En el camino de regreso, sola, “lloraba en silencio”, recordaba Alejandra, mientras escribía su testimonio desde Reynosa, Tamaulipas, México, donde se encontraba “resguardada” en una casa de los coyotes que habían prometido llevarla a Estados Unidos.

Esta es la descripción de un día normal para Alejandra en El Salvador. Vivía en un mundo gris y el único momento en que sus ojos recuperaban el color, era cuando sus hijos sonreían.

“Tenía que sobrevivir el día con menos de $3 dólares para alimentar a tres niños”, se lamenta mientras piensa en lo doloroso que es no poder darle a sus hijos lo que ellos necesitaban.

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Viaje a la tierra de los sueños
Alejandra se separó definitivamente de su pareja poco tiempo después de que naciera su tercera hija. Ella describe al padre de sus hijos como un hombre violento e irresponsable, pero también asegura que era alguien de quien no se podía independizar económicamente, al menos no tan rápido.

Ante la falta de un empleo y con ingresos limitados, Javier (nombre falso del padre de los menores) decidió que trataría de llegar a Estados Unidos junto a su hijo de ocho años, porque “eso le daría más posibilidades de que lo dejaran pasar”, cuenta Alejandra.

Ambos fueron entregados a migración en Estados Unidos, pero “fueron deportados a México por la edad del niño”, explica y cuenta que debido a eso tomaron la decisión de que ella y las otras dos niñas también iban a intentar cruzar la frontera.

Está idea de cruzar la frontera con menores de edad para tener más oportunidades de llegar a Estados Unidos crece cada día y se puede comprobar con datos analizados por Cristosal, que reflejan un aumento en los menores detenidos por migración ilegal.

“Comparado con el 2019, hay un incremento del 27 % en el caso de niños migrantes detenidos durante este año según el Departamento de Estado de Estados Unidos”, dice Rina Montti, directora de investigación en derechos humanos de Cristosal.

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La joven madre de 27 años recuerda que al irse su expareja ella se quedó sin ingresos, pues la cuota alimenticia que él estaba obligado a darle ya no existía, aquellos $3 que tenía para pasar un día habían desaparecido.

Al sentirse entre la espada y la pared, la joven asegura que cedió ante la propuesta de migrar ella también. “Él me convenció para que subiera yo con las niñas y así él podría ser entregado con la niña de 5 y yo con el niño de ocho y la de un año. No podían entregarnos como familia porque yo puse una demanda contra él por maltrato intrafamiliar”, dice.

Estos eran los únicos juguetes que tenían los hijos de Alejandra. Los juguetes habían sido abandonados por otros niños migrantes. Foto cortesía

A pesar de que los casos no son tan visibles, la migración ilegal en El Salvador sigue creciendo y al igual que Alejandra, muchos son motivados por la situación de pobreza en la que viven.

“Las razones de la migración están mayormente ligadas a motivaciones económicas. Hay un porcentaje elevado, entre 35 % y 40 % de las personas, que también están reportando razones de inseguridad”, afirma Montti.

Desesperada por su situación, Alejandra salió junto a sus dos hijas hacia México, y aunque reconoce haber tenido suerte porque el trayecto no fue tan complicado para ellas, ya que la mayor parte del viaje fueron en vehículo, asegura que siempre existe el miedo de que algo pueda suceder.

Al llegar a su destino se reunió con Javier y su hijo de ocho años. Ella recuerda que el sentimiento de felicidad que invadió su corazón al tener a su pequeño entre sus brazos fue incomparable; tristemente, ese sentimiento no duró mucho tiempo, pues pocos días después tendría que separarse de su niña de cinco años.

“Javier trató de cruzar junto a la niña de cinco años, pero los agarraron antes de cruzar el río y los deportaron. Él me dejó tirada aquí junto con mis otros dos hijos”, escribía Alejandra entre lágrimas, explicando que Javier no trató de ayudarla a salir de la “casa de seguridad de los coyotes”.

Desde ese fatídico día, pasaron más de tres meses y hasta el 13 de octubre de 2021, Alejandra seguía esperando el día en que pudiera pasar a los Estados Unidos. Durante este tiempo estuvo presa de los coyotes que prometían ayudarle a cruzar, ya que no había terminado de pagar.

Para la directora de investigaciones de Cristosal, Rina Montti, este tipo de acciones son cada vez más frecuentes. “Hemos identificado algunos casos que están señalando secuestros fragmentados de familias, es decir, dejan ir a los hombres a que puedan pasar la frontera y quedan las mujeres como en una especie de empeño y son liberadas hasta que pagan una especie de rescate”, y enfatiza que muchos no han logrado encontrar a sus familiares que quedaron del lado de México.

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El tiempo que Alejandra pasó en México, dormía en un pequeño cuarto con sus dos hijos y otra pareja de migrantes.

Tirados en el suelo, en colchonetas delgadas y entre sábanas polvosas. Los niños se podían entretener con algunos juguetes olvidados por otros pequeños migrantes que pasaron por la misma casa.

Él único momento en que tenía permitido salir era para ir a comprar comida a la tienda o a un supermercado cercano, claro, para eso debía dejar a sus hijos como garantía de que no se escaparían sin pagar. Luego de meses y con ayuda de amigos, Alejandra logró reunir el dinero para terminar de pagar a los coyotes. Ella está convencida que intentar cruzar la frontera es mejor opción que vivir en su país.

El miércoles 13 de octubre por la tarde, Alejandra salió rumbo a Estados Unidos, y a pesar que logró cruzar el río Bravo, fue detenida por migración y retornada a El Salvador junto a sus dos hijos, el 20 de octubre.

Actualmente se encuentra viviendo en casa de su madre y compare la custodia de sus hijos con su expareja. Aún después de experimentar un viaje tan duro, ella asegura que intentará cruzar nuevamente porque en El Salvador no tiene oportunidades.

Una vida de violencia
Alejandra estudió hasta noveno grado, ella relata que su infancia fue dura y con pocos recursos económicos. Es la tercera de cuatro hijos que su madre tuvo que criar sola, luego que su padre los abandonó. Inició el bachillerato a distancia (yendo solo fines de semana) pero tuvo que dejarlo por amenazas de otra joven que tenía vínculos con pandillas, además de quedar embarazada de su primer hijo.

Su vida en pareja empezó mal, pero como en muchos casos, la violencia fue enmascarada bajo una bandera de sobreprotección.

Encontrar un trabajo era difícil al solo tener educación básica, pero tampoco tuvo la oportunidad de intentarlo porque su pareja y la familia de este le decían que debía quedarse a cuidar de sus hijos y que sería él quién proveería el hogar.

La primera vez que Alejandra dejó a Javier fue cuando la violencia física comenzó. Con dos hijos, estaba decidida a seguir por su cuenta e interpuso una demanda en su contra por maltrato intrafamiliar, sin embargo, la pregunta de las mismas autoridades de: ¿está segura de no seguir con él, ni siquiera por sus hijos?, combinado con la insistencia de él por volver, la hicieron regresar a la misma situación de violencia. Como resultado de esa reconciliación nació su tercera hija y aunque ella asegura no estar arrepentida de ninguno de sus hijos, reconoce que la vida se hizo más difícil.

Aún cuando migrar implicaba un gasto de miles de dólares, ($16,000 en total por sus tres hijos, ella y su expareja), que fueron obtenidos con préstamos entre amigos y algunas deudas con casas prestamistas y lugares de empeño, para Alejandra El Salvador no era opción para que sus hijos crecieran y tuvieran un mejor futuro.

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