VIDEO: Rosita Gómez, la artesana de flores enceradas más longeva de Quezaltepeque

La señora de casi 95 años de edad se niega a dejar de elaborar el producto tradicional que promueven varias familias de ese municipio del departamento de La Libertad

Por Liseth Alas

Nov 02, 2019- 15:27

A sus 94 años de edad a Rosa Lidia Santos de Gómez aún le apasiona elaborar las flores de papel enceradas, una habilidad que aprendió desde su adolescencia. Su dedicación y dinamismo la ha convertido en la artesana más longeva que fabrica ese producto tradicional que identifica a Quezaltepeque, en el departamento de La Libertad.

En el lugar existen 51 talleres dedicados a ese arte que surgió desde 1892 impulsado por la quezalteca Juana Sarabia Duke, explicó el director del Museo Estación de la localidad, Julio Santamaría.

Las flores son hechas a base de papel bond, papel de empaque, papel crespón, papelío, alambre, anilina, alcohol y parafina (cera de vela).

Tatianas, “babies” (rositas), margaritas, narcisos, chorritos y palmas son algunas de las flores que fabrican los lugareños.

Aunque el producto se elabora durante todo el año, la mayor demanda se tiene el 2 de noviembre, Día de los Difuntos, comentan floristas de Quezaltepeque que luchan por mantener viva su tradición. Una de ellas es Rosa Lidia, quien pese a su edad y padecer de artritis se niega a retirar de ese oficio. Eso sí, ya no asiste a su taller, pero continúa con su trabajo desde la comodidad de su casa.

Niña Rosita Gómez elabora pacientemente las flores de papel enceradas. Foto EDH/ Yessica Hompanera

Ahora la responsabilidad adquirida por la nonagenaria es menor a la que asumía años atrás cuando se hacía cargo de grandes pedidos de flores, y hoy se limita a sacar una pequeña cantidad para venta local.

Sentada en el sofá de su residencia, mientras ordena los ramos con seis flores y les coloca las hojas, ella conversa muy relajada sobre la labor que aún no desea dejar.

“Yo no dejo de trabajar, porque ésta es mi profesión, yo no puedo parar. Yo me acuesto a las 12:00 o 1:00 de la mañana trabajando“, comentó.

Sin anteojos y muy concentrada, niña Rosita Gómez, como le dicen de cariño, prepara las flores de papel llamadas “babies” para el proceso del encerado.

Foto EDH/ Yessica Hompanera

Ella nació en Quezaltepeque el 28 de diciembre de 1924. Cursó hasta segundo grado en la escuela, pero la necesidad de aprender un oficio la motivó a los 13 años de edad a ingresar al taller de flores de papel que impartió Juana Sarabia Duke.

Dijo sentirse orgullosa de ser parte de la promoción de artesanas que formó la pionera de esa labor.

Una vez adquirió el conocimiento básico, cuenta que optó por instalar su propio taller en el centro de Quezaltepeque en el que empleó a personas de diversas partes del municipio.

Recordó con nostalgia cómo poco a poco su trabajo comenzó a atraer clientes de todo El Salvador y hasta expandió por Guatemala y Honduras. Contó que los nervios la dominaron cuando realizó su primera venta de flores en San Salvador.

“Yo decía a qué horas no les van a gustar, Dios mío que me las vean bonitas, hasta temblor me agarró”, pero para su sorpresa su producto fue recibido con agrado y sus compradores hasta le preguntaron: “¿Y cuándo va a traer más?”, relató.

La señora también ha compartido su conocimiento con otras generaciones de artesanas quezaltecas y por su trayectoria ha recibido varios reconocimientos. Por años ha sido la encargada de elaborar las flores para el Santo Entierro que conmemora en Semana Santa la parroquia del municipio.

Pero no todo ha sido fácil para la artesana, pues en dos ocasiones resultó afectada por incendios que le provocaron cuantiosas pérdidas económicas. Además, relata que no le faltaron los clientes “mala paga”, hubo uno que le llegó a deber hasta 1,600 colones.

“Sin querer hasta se me rodaron las lágrimas… A mi bastante gente me quedó debiendo”, afirmó.

A las dificultades económicas se sumó el incremento del costo de los insumos para elaborar las flores. Sin embargo, asegura que no se desanimó y ha continuado con el arte, pero por su avanzada edad ha decidido reducir su trabajo y comenzar a vender algunas de las herramientas de su taller.

La florista tiene tres hijos, doce nietos, cinco bisnietos y una tataranieta. Pero aclaró que aunque su familia la apoya en su labor, nadie “seguirá la tradición” una vez ella deje la actividad.

“Yo pienso seguir hasta que se llegue el momento. Yo sin esto no vivo“, añadió y hasta bromeó: “Hay los voy a ir a pellizcar, para que recuerden que vinieron a ver a esta viejita”.

UN PATRIMONIO QUE BUSCAN MANTENER

Al igual que Rosa de Gómez, Ana Higinia Orellana de Ruano, de 66 años, es otra de las artesanas que impulsa la elaboración de la flor de papel en Quezaltepeque.

Ana Higinia Orellana de Ruano realiza el proceso de enmasuchado (ordenar las flores en ramos de seis). Foto EDH/ Yessica Hompanera

Orellana aprendió el trabajo desde que tenía 15 años y el oficio le ha servido para sacar adelante a sus hijos. Asegura sentirse satisfecha de que su legado ha sido transmitido a su familia, que se ha comprometido a mantenerlo.

La artesana es dueña de la floristería San Judas en el centro del municipio. En el local ella trabaja junto a su hija, nuera y otras personas.

Explicó que en su negocio se terminan de armar las flores, pues requieren del apoyo de otro taller que se encarga de trabajar la primera etapa del arte, que es la de plasmar las figuras en el papel bond y de cortar el alambre para las hojas, palmas y mechas, entre otros detalles.

“Yo reparto el trabajo para que me hagan las semillas (alambre forrado con papelío), mechas, hojas y yo doy el material para que me traigan la flor ya terminada”, manifestó.

El encerado de flores es uno de los detalles que da realce al arte en Quezaltepeque. Foto EDH/ Yessica Hompanera

Orellana y sus trabajadoras se encargan del proceso de pintura, enmasuchado (ordenar las flores en ramos de seis y poner las hojas); parado (poner alambre y envolverlo con papel crespón), encerar y armar los arreglos requeridos, para luego vender o entregar los pedidos a diferentes partes del país, incluso Guatemala.

Dependiendo del tipo de arreglo floral, estos se cotizan desde los $2 hasta $25.

Ana Beatriz Flores tiene 12 años de trabajar en la floristería San Judas, en Quezaltepeque, La Libertad. Es Experta en arreglos florales de gran tamaño. Foto EDH/ Yessica Hompanera

Los artesanos que luchan por mantener viva la tradición promueven una iniciativa para que las flores enceradas sean declaradas Bien Cultural. La petición está en estudio en el Ministerio de Cultura, informó el director del Museo Estación Quezaltepeque.

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