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Un refugio para mujeres que han tocado fondo por las drogas

Puerta de Salvación es un refugio que con pocos recursos ayuda a sacar a mujeres con adicciones que las han llevado hasta la condición de indigencia. Sus historias están llenas de antecedentes que se remontan hasta la niñez.

Por René Quintanilla | Ago 05, 2021- 21:03

Casa Hogar Puerta de Salvación es un centro de rehabilitación para mujeres adictas, ubicado en Mejicanos. Allí se brinda ayuda médica y psicológica para dejar las adicciones e integrarse a una vida autosuficiente. Abrió sus puertas en 1982, gracias a la idea de un grupo de mujeres en rehabilitación que necesitaba un espacio seguro lejos de las calles. Una de ellas es Marta C., quien hasta hoy continúa en la lucha.

Marta cuenta lo difícil que fueron los inicios. Después de rodar por varias casas de alquiler, una altruista estadounidense, que conoció al grupo y su objetivo, les compró el local.

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Marta C. es una de las fundadoras del refugio Puerta de Salvación. Ella dirige terapias de grupo y se encarga de la administración. Foto René Quintanilla

La casa, que irónicamente era antes un bar conocido en la zona, es hoy un espacio donde se enseña cómo recuperar la autoestima. Tiene que cumplir exactamente según un itinerario. Se aprende a hacer amistad, a ser más sociable. Marta comenta que en los años 80 era más raro ver mujeres con problema de drogas y alcohol. En su experiencia personal percibe que han aumentado.

La mayoría de mujeres que llega a rehabilitarse son traídas por sus familias, desesperadas por encontrar una
salida. Han recibido hasta profesionales como médicos, abogadas, ingenieras, que ahora han recuperado sus vidas, pero no todas lo logran y vuelven al fondo, de donde provenían, que es vivir como indigentes en las calles. Si no faltara dinero para medicina, comida y para el mantenimiento de la infraestructura, la atención sería más fácil, según declaran los administradores de este refugio.

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Dentro del centro también sesiona un grupo de Alcohólicos Anónimos o AA, con el que ellas comparten diariamente testimonios y desahogos de otras mujeres y hombres que llegan buscando una salida. La contribución económica diaria de los invitados al grupo de AA el hogar cubre algunas de las muchas necesidades.

Este centro reúne diversidad de historias de mujeres que luchan por escapar de una vez de sus adicciones y que confirman que estas no solo es una enfermedad de hombres.

Blanca A. sale a comprar víveres para sus compañeras que, igual que ella, luchan contra sus enfermedades. Foto René Quintanilla

El psicólogo Hugo Nelson Quintanilla, presidente del Hogar para el Alcohólico, esto se debe a que el tabú de que las mujeres no consumen drogas se ha reducido significativamente. Ahora las mujeres se reúnen en bares y discotecas y la sociedad lo mira como algo normal. “Muchas mujeres consumen por la presión de su pareja, amistades, medios de comunicación e incluso de la misma familia. ‘Échate un trago, no va a pasar nada’, les dicen. Hay mucha ignorancia sobre la enfermedad del alcoholismo”, comentó Quintanilla.

Este tipo de adicción, que llega hasta el punto de empujar a la persona a vivir en la indigencia, es más dramática para una mujer porque son más vulnerables a sufrir violaciones y todo tipo de maltratos.

Según un estudio realizado por el Instituto Nacional del Abuso del Alcohol de Estados Unidos, entre los principales motivos que impulsan a beber a las mujeres se encuentran la depresión, soledad, sentimientos de inferioridad y conflictos acerca de su rol sexual; contrario a ello el consumo de alcohol disminuye a medida que envejecen, esto debido a que son más sensibles al estigma de ser llamadas alcohólicas.

El documento también señala que se ha encontrado elementos comunes de adicción en mujeres, entornos psico sociales deficitarios, donde hay un padre que agrede física, verbal sexualmente, peleas, un hogar que desampara a sus hijos. Algo común es que estos son abandonadas por sus madres o criadas por sus abuelas o con tíos o madres y abusan de sustancias o ambos. O bien que vivan situación de calle por un tiempo.

Para el director y terapeuta del Centro de Adicciones de El Salvador, Eduardo Loyola, la problemática de consumo de alcohol y drogas en mujeres es más complicado que en hombres y las hace más vulnerables.

“El alcoholismo de las mujeres se tiende a dar en secreto, una mujer se cuida más, cuando va al baño, cuando va manejando, y cuando viene a pedir ayuda, es sumamente complejo, por el deterioro. La mujer es mucho más emotiva, eso de alguna manera marca una diferencia en el problema de consumo de alcohol y drogas y ya no digamos en el proceso de recuperación”, manifiesta Loyola.

La tasa de recuperación de mujeres adictas es mayor debido a los abusos y duras experiencias sufridas por causa de las drogas. “Son severos traumas los que no dejan que la recuperación, en los internados o grupo de AA sede, con satisfacción para las mujeres que asisten y piden la ayuda, aunque no es en todos los casos”, finalizó Loyola.

Historias de algunas internas

Fátima G.

Fátima G. vivió una niñez de abandono y abusos sexuales que aún la atormentan. Foto René Quintanilla

Empecé a beber a los 7 años cuando vivía con mi abuela en Morazán. Ella me mandaba cada día a comprarle una “pacha” para el almuerzo y siempre me dejaba los “culitos” todos los días.

A los nueve me vine a vivir con mi familia a San Salvador. Todos tomaban y me dejaban tomar también a mí a pesar de mi edad, incluso mi mami no me decía nada. Ella tomaba bastante y las botellas las metía debajo de la cama. Cuando se dormía yo las sacaba y les tomaba. Me sentía vergón andar así. Me juntaba con unas bichas para beber, no tenía limite. Cada vez era más y más y más.

Cuando vivía con mis abuelos en Morazán, sufría maltrato. Mi abuelo me llevaba con él a cuidar una casa que tenía sola para que no se robaran las tejas y dormíamos en hamacas. En la noche mi hermano y mis primos me violaban y me decían que me callara. Siempre me llevaban a esa casa. Al apagar el candil se pasaban a mi hamaca y empezaban. En la con mi abuela también lo hacían, nos ponían a dormir juntos en el mismo cuarto.

Nunca entendí porque me pasaba eso a mí, hasta ahora sigo pensando que mi abuelo me llevaba a esa casa para que mis primos me violaran. Ese recuerdo incrementó mi depresión, ansiedad y el consumo de drogas me hacía olvidar.

Cuando yo tomaba me ponía como loca y yo ya no quisiera llegar a ese extremo. Yo estuve interna la primera vez, pero cuando salí volví a consumir. Bebía “coche bomba” hasta que la debilidad del cuerpo no me dejaba. Pasaban dos días y agarraba fuerza para seguir bebiendo.

Antes me valía madre consumir, pero tengo niños por los que luchar. Mi familia no habla conmigo, solo mi mami. Me he intentado quitar la vida muchas veces en estado de ebriedad. Me hago heridas. En el momento que lo hago no siento nada. Pienso que lo hago solo por llamar la atención.

Maricruz A.

Maricruz A. escapó de su casa de niña para vivir en la calle. De adolescente fue explotada como prostituta. En la imagen muestra una flor de las que usan en el refugio para hacer artesanías mientras muestra su muñeca llena de heridas por automutilación. Foto René Quintanilla

Me crie con una abuela que ni nos compraba ni zapatos y nos maltrataba. No tenía papá y mi mamá se fue para Estados Unidos.   Los resentimientos hicieron que a los 10 años me escapara de la casa de mi abuela para vivir en la calle.

Andaba con cipotes y todo lo que me daban (drogas) me gustaba. A los 13 años ya era adicta. Con el tiempo me empezó la locura que me quería matar y una vez me intenté degollar y casi lo logré. Me deje la garganta en un hilo.  Tengo 36 puntadas en el cuello. Tres veces me tiré a los carros para matarme y tres veces creo que volé. Mi mente ya no era la misma, mi ídolo era la droga, el alcohol y nada más.

Conocí a una amiga, era mayor que yo y bien bonita. Se llama Rosa. Un día me dijo que fuéramos a fregar. Ella era prostituta de un bar en el Zurita que se llamaba “Comedor Carmencita”. Era un cuchitril de mala muerte, ahí me llevó ella, ella ahí trabajaba, me dijo si quería probar algo, te va a gustar. Yo estaba niña bien bonita sin cicatriz en el cuello. Cuando vine a ver, estaba con un chavo en la mesa con una cerveza, cuando de repente me perdí.

Cuando me desperté yo estaba en un cuarto aún mareada, me levanté y la dueña del lugar me dijo “Carmen, tienes 400 colones en caja” y me le quedé viendo asombrada, a saber, que cosas hice esa noche luego de las drogas y el alcohol.

En ese lugar a mí me tenían como un tesoro que habían encontrado y yo bien ignorante. Me recomendaron comprar ropa y maquillaje y poco a poco me gustó esa vida, me quede ahí.

Rosa me enseñó a usar otras drogas, me enseñó a oler coca y me gustó. De ahí salí embarazada y le regalé a mi mamá a mi primera hija de 15 días. Luego tuve otras dos y también se las dejé a mi mamá.  Mis hijas actualmente viven en Estados Unidos, mi mamá se las llevó pequeñas. Ellas son residentes y saben todo de mí y me respetan.

He tratado de salir adelante. Duré 9 años sin consumir droga, pero hace un mes volví a embriagarme y cuando tomo me vuelvo loca. No duro mucho con mis parejas porque a mí me agarra de reventarles la cabeza con envases y ellos se me corren.

Me quise matar, me quise aventar de un puente por El Níspero, y caer sobre una piedra del río. Ya me avente una vez y quedé trabada en un árbol.

Ahorita vivo con mi pareja. Él solo me cuida, dice que le pide a Dios que no vuelva a recaer. Cuando ando en la calle, él ahí me anda buscando con platos de comida, y me lleva ropa. He quedado con miedo de beber.

Rosa se escapó del hogar y recayó en el alcoholismo y nadie conoce su ubicación.

Madelina N.

Yo consumí marihuana desde los 12 años, pero luego la dejé por varios años. A los 18 tuve que huir a México por problemas de pandillas. Ahí la probé nuevamente, además le agregué cristal (metanfetamina) y por consumir eso me dio esquizofrenia.

Mi familia me mandó a traer y regresé a casa. Pasé seis meses recuperándome sin salir de casa, pero luego consumí nuevamente y mi mamá me descubrió. Me habían puesto en control en el psiquiátrico donde me hacían pruebas para las drogas y como salían positivas, cada vez me internaban por 15 días. Luego mi mamá consiguió una orden de la FGR para que me encerraran y no me dejaran salir y tiempo después me mandaron para este grupo de rehabilitación para dejar la marihuana que empeoraba mí esquizofrenia. Al principio estaba nerviosa, ansiosa, desesperada, no quería quedarme, pero luego paso un mes y dos y así me fui calmando.

Yo era una persona que no hacía nada. Había perdido la fe en mí. Estar acá me ayuda socializar con las personas, mis días son más activos, nos levantamos temprano, nos duchamos, hacemos el aseo, vemos películas y nos ponemos a contar historias de lo que nos ha pasado a nosotros.

Ahora tengo ánimos de sacar mis estudios porque solo llegue hasta sexto grado por andar en la calle. Tengo dos hijos.

Blanca A.

Blanca A. empezó a beber con su pareja que era un alcohólico. Este murió y su ausencia empeoró su alcoholismo. Foto René Quintanilla

Inicie con una cerveza un 24 de diciembre. Era una tradición estar alegre en Navidad y yo nunca pensé llegar al punto que llegué. En 2017 conocí a mi novio, a él le gustaba tomar, él me enseñó a tomar guaro puro sin boquear.

Nos acompañamos, tuvimos un bebé, nos casamos y formamos una relación bonita, pero siempre consumíamos a diario. Él murió de tanto tomar. Era diabético y falleció de cirrosis.

Me quedé sola con mi hijo y tuve que volver con mi familia. Empecé a beber con el acelerador a fondo. Al salir de trabajar me iba donde un cantinero y no bastaba un litro, compraba la caja de 24 litros que me duraba cinco días. Iba al panteón a llorar por las depresiones. Fueron tres años que pasé así, el alcoholismo me sometió.

Me quería matar a mí y a todo el mundo cuando andaba borracha y al día siguiente no me acordaba de las cosas malas que hacía. Quería salir del dolor de la muerte de mi pareja, me hacía tanta falta. Mi mamá llorando me suplicaba que dejara de beber.

Me llevaron a psiquiatras, los pastores decían que endemoniada estaba.

El miércoles 30 de septiembre de 2020 mi mamá me hizo la maleta y me vino a dejar acá. Mi familia me dijo que sola no podía salir de mi situación.

Fue una gran desesperación al inicio. Mi primera noche me dieron calmantes para dormir. Lloré una semana seguida, a medida que ha pasado el tiempo hice amistades y hasta ahora me siento bien. Los consejos y sesiones del grupo funcionan. He mejorado mi carácter, soy más amable y se me tranquilizar. Compartimos cosas para que el tiempo avance, me gusta escribir y eso me relaja bastante.

Mi hijo está con mis papás y nos comunicamos por video llamada. Mi familia me ha apoyado en las buenas y en las malas.

Ana P.

Yo vine acá muriéndome cuando mi hijo me vino a ingresar. Gracias a Dios tengo ahora tres años de no beber.

Yo empecé bebiendo cervezas y así pasé cinco años, pero cuando conocí el guaro, me impacto tanto que compraba las patas de elefante y me encerraba a beber.

Tengo seis hijos, soy viuda y el alcohol me hacía olvidar mi dolor y mis problemas económicos, pero solo los empeoraba. He gastado plata en ese vicio. Ya no comía, andaba sucia sin bañarme. Uno de mis hijos se fue a Estados Unidos y su ausencia fue otro pretexto para beber aún más, pero en realidad bebía porque era alcohólica, estaba enferma.

Una nuera terminó echándome de la casa, y tenía razón, ¿quién quiere a un bolo viviendo en con uno?

Doy gracias a Dios haber venido al hogar. Quiero a mis compañeras, todas son enfermas como yo y trato de llevarme bien.  Trato de pasarles el mensaje que no deben de tomar por nada ni por nadie.

Acá se da cuenta uno que útil para la sociedad. Esta casa ha salvado muchas vidas de señoritas que usted no creería. Médicos, abogadas de todo ha estado acá. No quiero estar tirada al perro jamás, llevo tres años limpia. 

Cándida A.

Cándida A. se volvió adicta cuando compartía alcohol y otras drogas con su marido. El crack la enfermó aún más. Foto René Quintanilla

Vine la primera y la última vez un 29 de octubre de 1999. Vine porque era adicta al crack y a la cerveza. Mi hija me trajo para rehabilitación, y desde esa vez jamás he vuelto a consumir. Había dejado a mis hijos abandonados, había vendido hasta mi casa. Cuando llegué me tome unas pastillas y me quede dormida tres días por lo cansada que estaba. Cuando uno deja de consumir la vida le cambia y yo la tenía destrozada por nueve años de adicciones. Yo era la más bonita de la colonia, pero la droga me acabó.

Mi esposo llegaba bien bolo y con marihuana a la casa. Yo aún no consumía, pero él pedía que lo acompañara. Yo estaba embarazada de mi primer hijo, pero fue hasta tener a mi tercero que me volví adicta. Mi hija no me soportaba. Yo le he pedido perdón a mis hijos porque sí los maltrataba. Ahora ellos son licenciados y soy una buena abuela que da cariño a sus nietos.

Acá uno aprende a ubicarse. Todas las noches sin faltar vengo a reunión y siento que ayudo a las recién llegadas con mi experiencia, les extiendo mi mano para salir del fango. Uno ayudando a otro es la clave.

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Las condiciones no son las ideales en Puerta de Salvación. El refugio se mantiene con pocas donaciones. Foto René Quintanilla

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