Siete historias de mujeres que salieron del abismo de la violencia

Las agresiones en el hogar son una problemática silenciosa que afecta a miles de mujeres en El Salvador. Buscar ayuda es la única forma de superar ese calvario. Ellas así lo hicieron:

Foto EDH/ Lissette Lemus

Por Lissette Lemus

Nov 24, 2018- 21:50

A Delmy Yesenia el silencio estuvo a punto de matarla. Aferrada a la idea de formar una familia tradicional, cometió el peor error de su vida, consideró una “buena persona” al hombre con el que había decidido iniciar una relación de pareja. Hoy, siete años después, esa relación la tiene casi postrada en una cama de su vivienda.

Y es que la espiral de violencia de pareja en la vida de Delmy Yesenia fue una constante. No tuvo nada de diferente a los miles de casos de mujeres salvadoreñas que son víctimas de esta problemática en el país, donde, según el observatorio de violencia de Ormusa, desde enero a agosto de 2018 se han reportado 929 denuncias por violencia intrafamiliar.

Delmy decidió rehacer su vida cuando tenía 20 años,con dos hijos de una relación que empezó cuando apenas era una niña.

Sin embargo, en este segundo intento la felicidad y tranquilidad solo le duró tres meses, los que ella describe como “tranquilos”. A partir de ahí, todo cambió. Su pareja mostró su verdadera cara y la vida se convirtió en un calvario. Todos los días, cada vez que el hombre llegaba del trabajo, revisaba el jabón de baño, las toallas y toda la casa. Con los días, la “revisión” incluyó las partes íntimas de la mujer. La intención, según él, era descubrir si había tenido relaciones sexuales mientras él estaba ausente.

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“A mí me parecía extraño, pero no tenía el valor de contárselo a alguien más”, confiesa Delmy. La violencia se agravó cuando se combinó con el alcohol. “Empezó a ser sexualmente agresivo, yo vivía en silencio la violencia por que, además, no me permitía tener amigas, ni visitar a mi familia y muchas veces cuando se iba a trabajar me dejaba encerrada”, relata.

El violentador se caracteriza por ser una persona altamente manipuladora que puede llegar a convencer a su pareja para que se aleje hasta de la propia familia. “Ponen un cerco que impide que se filtre información íntima de sus agresiones”, explica la psicóloga Rosa Cristina Guevara Barillas.

Seis meses después de iniciar su relación con el agresor, Delmy quedó embarazada. A pesar de eso, decidió dejar la casa, huyendo de la violencia que podría incluir, ahora, a su hijo. Sin embargo, como es común en estos casos, aparecieron las súplicas, las lágrimas, las disculpas y un arrepentimiento que estaba lejos de ser verdadero; y el círculo se repitió por casi 15 años más.


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“Cada vez era peor, llegaron los golpes, me golpeaba contra la pared, me amenazaba con la pistola, con el cuchillo, a veces con el corvo. Llegué a perder el sabor de la vida, Navidades, Fin de Año, Semana Santa, todo era igual”, cuenta Delmy con la voz entrecortada. Hoy, incluso, hay noches que aún llora.

“Solo quería morirme”, confiesa, acostada en su cama, rodeada de peluches y almohadas de corazones que le amortiguan por el dolor que sufre debido al daño permanente en su columna vertebral, lo que no le permite estar mucho tiempo sentada o parada.

La acumulación de golpes durante tantos años le dañó permanentemente la columna. Las dolencias comenzaron en 2007, después de las múltiples patadas y el maltrato físico. Sin embargo, en ese tiempo, decidió guardar silencio cada vez que los médicos le preguntaban el origen de los golpes. Prefería mentir y decir que se había caído.

“En ese tiempo yo trabajaba en una maquila y muchas veces mis compañeras y los encargados me preguntaban por qué andaba moretones, pero yo siempre negaba la situación de violencia que vivía en casa”, prosigue.

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Pese a los altos índices de violencia que se registra en El Salvador, solo el 6 de cada 100 mujeres dijo haber acudido a denunciar el hecho. El 94 % queda en la impunidad.

Algunas veces le quedaban restos de valentía y recurría a la Policía; sin embargo, al final aparecía la frustración cuando el victimario salía libre a los tres días.

El problema de salud empeoró y en los años siguientes fue sometida a dos intervenciones quirúrgicas; sin embargo, la violencia no mermó. Aunque necesitaba reposo, se debía levantar temprano para hacer los oficios domésticos, para que su compañero de vida no se enojara por no tenerle la comida lista cuando regresaba de trabajar.

Punto de quiebre

Delmy tomó valor y una drástica decisión en mayo de 2011, tras más de una década de sufrimiento, y ya con dos hijos adolescentes, cuando estos intervinieron y enfrentaron al agresor. “Ese día supe que tenía que hacer algo, que ya no podía continuar en ese calvario que ya llevaba 15 años. Mis hijos me dieron valor, no quería que ellos se fueran a comprometer por algo que yo debía detener”, explica con determinación.

Pidió ayuda y tras un largo y tortuoso camino, descubrió algo realmente triste y alarmante: “Supe que yo ya había pasado todo el violentómetro, solo me faltaba perder la vida”.

Casos como Delmy hay miles de mujeres violentadas en el país. Lastimosamente, las denuncias son pocas y no corresponden con la grave realidad que vive el país.

Uno de los principales obstáculos para pedir ayuda es que muchas mujeres no saben cuáles son sus derechos y, por lo tanto, no logran identificar cuando estos están siendo violentados, explica Francis, una de las promotoras del Movimiento de Mujeres Salvadoreñas que trabaja en uno de los municipios con alto índice de violencia intrafamiliar a nivel nacional.

Otro factor, muy grave, que aleja a las víctimas de las autoridades es verse revictimizadas y pasar por la vergüenza de responder a “preguntas capciosas” y ver que esas mismas autoridades “reducen su análisis a detalles morbosos y emiten juicios sesgados”, según explican los especialistas de Ormusa en su observatorio de violencia.

Delmy, después de recibir ayuda por parte de una ONG decidió denunciar y seguir el proceso judicial contra su agresor. Como siempre, hubo ruegos, promesas y amenazas de su expareja; pero ella, decidida y apoyada, ya no iba a seguir guardando silencio, por su vida y la de sus hijos.

Su historia es un testimonio de que sí se puede salir de ese abismo de la violencia.


Seis historias de mujeres valientes 

“Mi esposo me apostó en un juego”, mujer víctima de violencia”

Hazel Rebollo

Foto EDH/ Lissette Lemus

Decidí casarme cuando tenía 15 años. Él era un hombre religioso así que pensé que sería el hombre perfecto, nunca imaginé que iba a sufrir algún tipo de abuso. Para casarme tenía que hacerme integrante de su iglesia y, por supuesto, seguir las reglas que ellos dictan y fue ahí donde comenzó el abuso.

Por ejemplo, si él quería yo tenía que ayunar aunque eso me causara daño en mi salud. Así, los abusos fueron creciendo hasta el punto que llegó a golpearme.

Aunque yo trabajaba para ayudarle en su negocio, él no valoraba eso y me trataba como una propiedad más. Incluso, en una ocasión me apostó en un juego.

A los 18 años yo ya era madre de tres niñas y era violentada constantemente, pero yo siempre me cuestionaba si estaba en una relación “normal” por que en mi familia yo no había recibido golpes o maltrato. Es difícil salir de ese tipo de situaciones por que yo creo que uno crea una atadura terrible con el agresor. Es importante buscar ayuda psicológica.

“Dijo que me iba a cortar en pedazos”

Brenda Vásquez, de 40 años

Foto EDH/ Lissette Lemus

Me acompañé con un hombre que era siete años mayor que yo y las agresiones comenzaron justo después de mi primer embarazo. Me presionaba porque no quería una niña, él decía que no era “maricón”, que no iba a tener hijas.

En pocos meses ya había pasado por varios niveles de violencia, es una situación agobiante porque se cierran todos los círculos. Recuerdo que una vez lo denuncié en los juzgados y me dijeron “Ya cálmese señora, discúlpelo es el papá de su hija y qué va a hacer”.

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Cuando nació mi segundo hijo las cosas empeoraron. Cuando llegaba borracho, la sacaba con el recién nacido a medianoche, por lo que tuvo que dormir en las casas de sus amigas o vecinas.

La dependencia económica me hizo caer en el ciclo de sufrir y perdonar, pues, el salario que ganaba en la maquilla no era suficiente para que me independizara, y lo más triste sin darme cuenta pasaron nueve años hasta que decidí buscar ayuda. Cuando me amenazó de muerte y me dijo que me iba a cortar en pedazos, pensé en mis hijos que no tenían a nadie más.

“Me ayudó la fe en Dios y saber que tengo un valor como mujer”

Evelyn Martínez, 53 años.

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Empecé a sufrir abuso de mi pareja a los tres años de estar juntos, con un control exagerado, aunque yo al principio lo veía como una manifestación de cuidado de parte de él hacia mí. Pero la violencia siempre va en aumento, jamás disminuye, y luego empezó a obligarme a hacer cosas que yo no deseaba.

Como en ese tiempo yo no trabajaba tenía que aguantar por la necesidad económica, cada vez que teníamos discusiones él me amenazaba con dejarme y ya no ayudarme.

Yo pensaba que si lo dejaba me iba a morir. Todo cambió cuando empecé a ir una iglesia cristiana y ahí me di cuenta que yo tenía un valor y me día cuenta que Dios iba a proveer lo que me hiciera falta. Lo peor es no darse cuenta que uno realmente está siendo víctima de abuso. Yo quiero que las mujeres entiendan que cuando están con alguien debe ser por que lo quieren y no por un compromiso económico.

“Me he liberado de mi verdugo”

Catalina Ramírez, 53 años

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Tengo nueve años de haberme liberado de lo que yo llamo “mi verdugo”. Es más difícil salir de la violencia psicológica porque es menos visible que la violencia física. Pasé casi toda mi vida con un hombre que me encerraba, que no le gustaba que yo saliera a ningún lugar a menos que fuera con él, solo tenía permitido estar en la casa todo el tiempo, no tenía permiso de trabajar. Siempre había celos y reclamos por todo.

A raíz de mi sufrimiento ahora he sacado fuerzas para ayudar y defender a otras mujeres que pasan por esta situación.

Cuando veo que una mujer sufre de maltrato verbal, psicológico, físico o emocional lucho porque estas mujeres entiendan que deben aprender a defenderse. El temor deben transformarlo en valor para poder salirse de esa situación.

Hay muchas mujeres que sienten miedo a estar solas, yo vivo mejor aquí sola en un “cuartito”, pero ahora nadie me molesta ni me hace daño.

“Mi pareja se enojaba porque yo usaba faldas”

Evelyn Fernández, 31 años

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Cuando lo conocí era bien tranquilo, pero la violencia empezó al año de vivir juntos. Empezó a prohibirme que vistiera de cierta forma, si me vestía con una falda corta me golpeaba las piernas o se enojaba hasta por una semana.

Cuando llegaba tomado me maltrataba físicamente. Una vez puso toda mi ropa en la puerta de la casa y me la quemó, yo pensaba que era porque el tomaba pero luego empezó a atacarme , incluso cuando estaba sobrio.

A veces me iba para donde mi mamá, pero me presionaba para que regresara, hasta el punto que me amenazaba con quitarse la vida. Era difícil porque cuando me golpeaba yo también me le iba encima para defenderme, nos hacíamos daño los dos.

Cuando el Movimiento Salvadoreño de Mujeres empezó a ayudarme, empecé a recapacitar y cuando me atacaba yo le decía que la podía denunciar y poco a poco él fue entendiendo que yo tengo derechos. Uso unos lentes que él quebró en mi cara cuando me golpeó con un candado, pero no los he querido cambiar para recordar que eso no se debe repetir. Fue la última vez que me golpeó por que esa vez llamé a las autoridades. Desde hace dos años las cosas son diferentes, ahora platicamos, llegamos a acuerdos.

“Lo  más difícil fue perder a mi hijo al terminar esa relación”

Carmen Rodríguez, 38 años.

Foto/ Lissette Lemus

No me di cuenta cuándo comenzó el círculo de violencia en mi matrimonio. Al principio, pensé que era parte de “ser” del matrimonio. Él se enojaba cuando no lavaba la ropa o cuando no cocinaba el arroz como su mamá lo hacía. Creí que esas cosas eran normales y a veces algunas mujeres me decían que yo tenía que hacer todo para que mi esposo estuviera contento o para que no se enojara.

Esas “cosas normales” fueron creciendo. Después iban acompañadas de gritos, de insultos, de menosprecio. El momento más difícil es cuando se está en la negación de lo que está pasando, porque con la negación hay culpa, hay vergüenza y eso no me dejaba hablar abiertamente con alguien.

Me costó mucho tiempo aceptar que era víctima de violencia. Cuando me di cuenta que no era feliz, cuando acepté que el amor no es sufrimiento y cuando estuve segura que no era justo para mi hijo vivir en una familia rota, por la violencia, fue cuando decidí salir del círculo y salvarme. Lo más difícil fue aceptar que en el momento que diera el paso para salir de esa relación iba a perder a mi hijo.

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