Mano de obra femenina que conquista viejos oficios

Cinco mujeres que se dedican a ocupaciones muy arraigadas en el país.

Foto EDH/ Huber Rosales

Por Húber Rosales

Nov 22, 2018- 22:21

Lanzar el anzuelo, sembrar la tierra, chapodar el césped y hasta fabricar productos pirotécnicos son labores que las mujeres han venido realizando desde hace años. Muchas de ellas son jefas de hogar que tienen que trabajar más de lo que le tocaría a un hombre, pues al llegar a casa la tarea continúa con el cuidado de la familia. Estos son los rostros de las mujeres que, ante dificultades económicas, han tenido que iniciar a temprana edad su vida laboral, retomando las faenas propias de los oficios clásicos. Además, transmiten a sus hijos estas ocupaciones, tal como lo hicieron sus padres con ellas.

 

Sandra Marlene Aguilar Clímaco

“Es un trabajo peligroso por los vehículos que pasan cerca de una”

Sandra Marlene Aguilar, se dedica a la corta de arriates en carretera. Foto EDH/ Huber Rosales

Sandra Marlene Aguilar Clímaco tiene experiencia en trabajar la tierra. Eso le ha facilitado dedicarse a la labor de chapoda de arriates en carreteras, algo que, según dice, es de peligro constante.

“Tengo un año de trabajar en esta área y no me costó adaptarme, porque como le dije, vengo de una familia del campo, de trabajar con la cuma, o sea un trabajo de hombre. Solo me enseñaron a manejar la guadaña unos días y aquí estoy formando parte de una cuadrilla”, aseveró.

Madre de cuatro hijos y con un nieto, solo estudió hasta cuarto grado, pero ello no le ha impedido superarse y procurarle un buen futuro a sus hijos y su nieto.

“Soy de una familia de escasos recursos y en el campo uno se dedica más a los trabajos agrícolas y ayudar a los padres con los quehaceres de la casa, pero no quiere decir que uno no puede hacer o desarrollar un trabajo como este”, manifestó.

Esto oficio que realiza a diario es peligroso, relató Sandra Marlene. “El trabajo, para algunas personas, es peligroso porque dicen que estamos expuestos a que nos pase algún accidente, recuerde que hay personas que no respetan a los peatones a pesar de que estamos realizando un trabajo, o en su momento puede pasar algún desperfecto a un carro y nos puede pasar llevando”, explicó.

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Contó que una vecina le ayudó a encontrar este trabajo, en el que desarrolla dos kilómetros diarios de chapoda y recolección de basura, además de la limpieza de cunetas. “El tiempo que demoramos depende de cómo esté de crecida la grama o el monte y que tan sucias estén las cunetas, así nos tardamos”, comentó.

 

Marta Bertila Osorio

“Teniendo frijolitos y maíz la vamos pasando”

Marta Bertila Osorio, se dedica a la siembra de frijoles. Foto EDH/ Huber Rosales

Marta Osorio es el brazo fuerte de su hogar. Como muchas otras madres en el país debe trabajar fuertemente para llevar el sustento a su familia.

“Todos los años trabajamos cinco manzanas de tierra, sembramos maíz, frijol y maicillo”, señaló. Sabe que el clima es su peor enemigo cuando hay sequías o inundaciones, pero la voluntad de trabajar la tierra sigue fuerte en ella.

“Mis hijos me ayudan cuando tienen tiempo, ya que el menor estudia y el mayor también siembra y ve sus animalitos, pero igual nos ayudamos cuando hay posibilidad.

Con “chute” en mano y depósito de semilla atado a su cintura, Marta pasa las mañanas sembrando maíz, sin importar la hora y el calor del sol. “Tenemos que dejar sembrado todo lo que se pueda hoy, así mañana será menos el trabajo y tendré oportunidad de hacer otras cosas”, explicó.

A parte del esfuerzo, la siembra también le significa una preocupación adicional, por el hecho de que un cultivo deficiente supone para su familia una dieta insuficiente. “Usted sabe que teniendo frijolitos y maíz la vamos pasando”, afirmó.

Reconoció, además, que parte de la producción la tiene que vender para comprar otras cosas de necesidad para el hogar, pero siempre deja una buena cantidad de grano para el consumo.

Aparte del frijol y el maíz, Marta encontró una ventaja en el sorgo o maicillo: su tolerancia a la sequía, pues no requiere de grande cantidades de agua, por lo que “el macillo es bien agradecido”. Eso sí, las tortillas saben diferente.

 

Emilia Granados

“Trabajaré la tierra hasta que el cuerpo aguante”

Emilia Granados, agricultora de Apastepeque. Foto EDH/ Huber Rosales

Se levanta a las 5:00 de la mañana para preparar su equipo: bomba de veneno y cuma, además de gorra y agua para defenderse del sol. Emilia Granados, de 35 años, vive en el caserío Trinidad Gálvez de Apastepeque, en San Vicente, y ha trabajado la tierra desde sus primeros años, cultivando la milpa.

“Desde muy pequeña me llamaron a la atención los cultivos en la tierra”, comentó Emilia. Desde los cinco años salía a trabar con su papá, lo que le ha permitido sacar adelante a su familia, pese a no haber asistido a la escuela, relató.
Todos los días, ella trabaja de forma incansable la tierra. “Me gusta ver cuando de aquella semilla que se siembra va saliendo una plantita, sea de maíz, frijol o maicillo. Es una gran satisfacción de ver el resultado del trabajo”, señaló con orgullosa.

De sus cinco hijos, a ninguno le ha llamado la atención trabajar la tierra, pero todos estudian. Dijo sentirse agradecida con Dios por que le ha dado fuerzas para este trabajo, que a pesar de no dejar mayores ganancias, es un orgullo para quien lo practica, consideró.

Aunque sabe que en algún momento el cambio climático la pondrá en aprietos, no pierde el entusiasmo de levantarse todas las mañanas para sembrar, fumigar, tapiscar, doblar y, cuando hay oportunidad, hasta rozar la caña para el ingenio.

“Trabajaré la tierra hasta lo que el cuerpo aguante”, advirtió, con una mirada llena de optimismo antes de partir a fumigar sus dos manzanas de maíz sembrado.

 

Alba Elizabeth Sánchez

Manejando con experiencia las redes desde los siete años

Alba Elizabeth Sánchez, pescadora. Foto EDH/ Huber Rosales

A la edad de siete años, cuando su padre la llevó con ella a pescar por primera vez, Alba Elizabeth Sánchez se dio cuenta de que esa profesión era la suya. Ahora, es una de las pescadoras del caserío Pueblo Viejo, de La Unión, con mayor experiencia en la pesca artesanal.

“Al inicio usamos un remo pequeño. Él (su padre) era quien se encargaba de tirar la boya”, recordó Alba. Cuando le ayudaba a su progenitor era cuando no había lancha de motor, como en estos tiempos. Luego de media hora dentro del agua, Alba y su padre iniciaban el retiro de la red, algunas veces lleno de pescado (ruco, wicha, pancha y, en ocasiones, hasta langostas y apretadores).

Hacer la escurridera o la completa son algunos de los términos que aún se usan por los pescadores, los cuales se refieren al momento exacto para tirar la red al agua y hacer una buena pesca.

Ya pasaron 42 años y Alba sigue como cuando niña, visitando las aguas del golfo de fonseca junto a su pareja, Melecio. “Hoy no fuimos porque estamos cosiendo la red, ya necesita de una buena costura para poder usarla más adelante”, manifestó Alba.

Esta pescadora artesanal tiene bien fresco el recuerdo de su padre, quien le preguntaba por qué iba a la escuela si su futuro estaba en la pesca. De esa forma, Alba y sus cuatro hermanos aprendieron el oficio. “Yo, al igual que mi padre, también les he enseñado a mis tres hijos. Estando embarazada me metía a pescar. Así fue con los tres (niños), porque todo el tiempo era de pescar”, recordó.

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Abandonada por su madre y con discapacidad, ella lleva un mensaje esperanzador.

El equipo que no debe faltar a todo pescador es una buena lancha con un buen motor, combustible, redes, canaletes, boyas, redes corraleras y, un requisito indispensable, saber nadar.

 

María del Rosario Molina

La elaboración de cohetes, un oficio de mucho riesgo

María del Rosario Molina. elaboración de cohetes. Foto EDH/ Huber Rosales

Para María del Rosario la vida pasa más a gusto cuando toma sus herramientas para hacer cohetes. Tiene 36 años de trabajar con pólvora, un oficio que poco a poco también ha ido pasando a manos de mujeres en el país.

Se comunica por medio de señas debido a que es sorda, pero eso no le impide contar su historia, gracias a María Fernanda, una de sus hijas que le sirve de intérprete.

María del Rosario aprendió el oficio con su papá, quien le enseñó a crear y manipular la mezcla para realizar productos pirotécnicos; sin embargo, ella dice que le llamó mucho la atención la combinación de colores, hasta manejar esa mezcla a la perfección.

Al inicio tuvo un poco de temor porque el espacio donde guardaba toda la pólvora estaba revuelto, pero ahora es muy diferente porque hay más espacio y todos los materiales están separados, lo que ahora le genera mayor confianza, explicó su hija.

A pesar de su sordera, ella siempre se desenvuelve como toda persona porque sabe leer y escribir, ya que asistió a la escuela especial en San Vicente y en ocasiones, cuando no hay nadie que le pueda ayudar en la traducción, ella le pide alguien que le escriba lo que necesita.

“Hay gente que admira a mi mamá por la capacidad que tiene para desarrollar este tipo de trabajo, el cual es muy peligroso”, expresó María Fernanda, al explicar que se debe manipular clorato y salitre, elementos que sirven de base para la elaboración de los cohetes de todo tipo, así como las mechas, carrizos y candelas que lleva cada producto.

Una de las técnicas que logró desarrollar para saber si la pólvora era apta para usar, fue probar un poquito con su paladar, eso le daba la pauta para decidir no usarla, dejarla para más adelante o, en su defecto, usarla en el instante.

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