Relatos sobre la Siguanaba, uno de los personajes más emblemáticos de la cultura salvadoreña

Presentamos varios relatos de salvadoreños quienes aseguran haber visto o escuchado a la Siguanaba, personaje que acechaba a los hombres. Las generaciones más recientes aún oyen hablar de esas historias.

Ilustración EDH

Por Mirella Cáceres

Feb 15, 2020- 11:05

Era una mujer con cabellos largos y enmarañados, huracos en lugar de ojos y uñas largas, que se aparecía, principalmente a hombres y en lugares solitarios; los atraía y los “jugaba” hasta dejarlos asustados, locos o en algunos casos muertos. Así se suele describir a la Siguanaba, uno de los personajes más emblemáticos de la cultura popular salvadoreña.

Las generaciones más recientes todavía siguen escuchando esas historias, no solo de la Siguanaba, sino también sobre otras apariciones.

Pero, ¿qué tanta verdad hay en esos relatos? En estos momentos de tanta modernidad y avances tecnológico que han llegado hasta diversos rincones del país, cuesta creer que alguna vez existieron. Lo que sí es cierto es que los relatos
alrededor de estos personajes o apariciones sigan siendo transmitidos, sigan vigentes.

En la memoria de algunas personas todavía sobreviven. Aquí se recoge algunos relatos de algunos que dicen haber vivido u oído de boca de otros sobre estas apariciones. En este reportaje recolectamos varios relatos de quienes tuvieron alguna experiencia o escucharon sobre la famosa Siguanaba.

La lavandera que nunca existió

En la memoria de una octogenaria llamada Jesús, las apariciones de la Siguanaba navegan entre lo vivido y en lo que le relataron parientes y amigos.

“Yo nunca le vi el rostro a la Siguanaba”, aclara de entrada, pero asegura que sí la vio de lejos, de espalda, y que durante sus más de 80 años, escuchó en tres ocasiones la burlona carcajada y las sonoras palmadas de aquel personaje.

La Siguanaba es una de las leyendas más populares de la cultura salvadoreña y es un personaje infaltable en los desfiles patronales. Foto / Archivo

La única vez que dice haber visto parte de su apariencia, era una adolescente. Descendía a un río llamado Ocuila, situado en San José La Majada, un cantón cafetalero de Sonsonate.

Bajaba junto a otros niños y una tía llamada Sofía. Era alrededor de las 3 de la tarde. Desde la cima de la lomita divisaron en el fondo del río, a una mujer de cabellos largos, agachada, lavando ropa de forma afanada. Había muchas prendas tendidas sobre las peñas.

La apariencia humana y “normal” de aquella mujer solo despertó comentarios en la tía Sofía, como que al menos no estarían solos en aquel paseo vespertino.

“Nos tardamos apenas unos dos minutos en bajar al río, pero al llegar ya no había nadie ni ropa tendida. Todo estaba seco, como si no hubiese habido nadie en horas en ese lugar. De repente oímos las carcajadas, estas provenían desde arriba, de donde habíamos empezado a bajar, por unos palos grandes de mango”, recuerda Jesús.

“Bien feas son las carcajadas, son fuertes, burlonas y como con eco. Y aplaudía bien fuerte”, describe.

La tía Sofía, quien es descrita por Jesús como una mujer muy valiente y conocedora de la fórmula para ahuyentar aquel espíritu, empezó a insultarla mientras le blandía un pequeño machete.”¿Por qué no nos esperaste, pues?”, la retaba desde el río.

“La tía nos dijo: ‘miren cipotes, si ven a una mujer igual a mí y les pide que vayan con ella, no la vayan a seguir porque ella se disfraza. Cuando la vean tomen una piedra, échenle una escupida y se la tiran'”, recuerda Jesús.

El niño que quedó tartamudo

La advertencia de la tía Sofía a los niños aquella tarde cobraría sentido para Jesús muchos años después, cuando su abuela le contó que una vez, cuando se dirigían a una casa en las afueras del pueblo para acompañar en una celebración de un santo, el hijo de una amiga se adelantó en el camino pero terminó perdido en el fondo de una barranca, seducido por una mujer que parecía como su madre.

“El cipote era vecino de nosotros y era correcto (sano), pero terminó tartajo (tartamudo) porque la Siguanaba lo jugó todo. Se le presentó como la mamá de él, igualita a ella. Cuando llegaron a un banco de arena, decidió esperar a la mama y se le apareció la mujer. ‘Vení, un ratito”, le invitaba la mujer, pero él, confundido, le preguntó que si no iban al rezo porque veía que caminaba hacia abajo, al fondo del barranco”, relata Jesús.

“Cuando ya se vio en el fondo del barranco se sintió desorientado y preguntaba dónde estaba. De repente vio que la señora ya no tenía apariencia de la mamá, sino que la vio bien mechuda y le enseñaba las uñas. Lo empezó a arañar y lo jugó todo”, continúa.

El adolescente se perdió como a las 6 de la tarde y lo encontraron hasta la madrugada del siguiente día. Dice Jesús que lo buscaron “cuadrillas de hombres por horas hasta que lo hallaron en el fondo del barranco y todo aruñado. No podía hablar. ‘La mujer… la mujer.. era como mi mamá'”, tartamudeaba cuando los hombres que le hallaron le preguntaban qué le había sucedido.

La Siguanaba, como personaje de la cultura popular salvadoreña, también es representada en las figuras de barro.

 

La risotada que alteró la calma en la finca

Muchos años después, cuando Jesús era de poco más de 20 años volvió a saber de aquella famosa mujer, la misma que había oído en el río Ocuila. Esta vez se hallaba recogiendo leña en una finca llamada El Parral, junto a su hermana menor cuando escucharon las características carcajadas, aquellas que le habían marcado siendo una niña.

“Provenían de un barranco. Nos dio miedo y nos alejamos de allí todas asustadas. De pronto se hizo silencio y seguimos recogiendo leña. De pronto apareció el administrador de la finca y nos ofreció unas flores de izote pero nos dijo que las fuéramos a cortar al barranco. Le dijimos que no porque acabábamos de oír a la Siguanaba y estábamos asustadas. Él se rió y le gritó al caporal para que este fuera a cortarlas”, cuenta Jesús.

Al rato llegó Santos, el caporal, y tras recibir la orden de ir a cortar las flores, el administrador, que se llamaba José, le dijo: “Tené cuidado, porque allí está la babosa aquella y se está carcajeando”, en referencia a la famosa Siguanaba.

Pero Santos, que aparentaba no tener miedo, le contestó: “¡Ah, si yo estoy con ganas de que me salga esa babosa! Yo sí la voy a agarrar a machetazos si me llega a salir. Y yo sé cómo la voy a agarrar, y van a decir que hasta aquí llegó la Siguanaba”.

El caporal se fue con aire valiente sobre la hondonada. Al rato regresó con las flores y dijo que no había visto a la mujer, que no estaba en la barranca pero era porque ella “anda en el aire”. Dijo que la había buscado y que no la había hallado.

“Esa aparición viene de años. Mis abuelos me contaban de ella”, dice Jesús.

Varados y acechados en la carretera

Pasaron otros diez años para que esta octogenaria volviera a escuchar las estremecedoras carcajadas. Esta vez fue cerca de la medianoche.

“Regresábamos como cinco compañeros de trabajo de una fiesta en Sonsonate y se nos quedó el carro en el que viajábamos cerca de la finca Santa Emilia, antes de llegar a La Majada. Mientras intentaban repararlo, oímos las carcajadas de la mujer. Salía de los cafetales y todos nos vimos las caras. Se rió como cinco minutos, como que le hacían cosquillas. Luego empezó a aplaudir”.

Las carcajadas y el aplauso de la Siguanaba envolvían a Jesús y sus compañeros en la oscuridad de la noche en aquella solitaria carretera.

“Sonaban fuertes, a mí me entró miedo. El compañero que vivía adentro de una de las fincas dijo que él ya estaba acostumbrado a escucharla porque llegaba a su casa y que lo que hacían era tirarle un par de balazos, que no le tenía miedo y que hasta la había visto. Dijo que algunas veces caminaba adelante de él pero que nunca lo había tocado”, dice la señora.

Al fin repararon el carro y empezaron a avanzar. Pero el acecho de aquella aparición no había acabado. “Cuando estábamos por llegar al pueblo, entre los matorrales empezó a carcajearse escandalosamente, parecía como si la llevábamos a la par, en el camino, como si viajara a la misma velocidad. Uno de los colegas dijo que eso significaba que estaba cerca. Allí me dio más miedo”, dice Jesús.

El acompañamiento de aquella mítica mujer terminó cuando llegaron al pueblo.

Foto EDH / Archivo

El hombre derribado

Pero si a algunos solo los acechaba de lejos y les intimidaba con las burlonas carcajadas y ruidosos aplausos, había otros a los que se les aparecía y hasta se les aproximaba. Así le sucedió a un trabajador de una finca en Santa Ana, quien terminó acostumbrándose a verla cerca y en todos lados mientras trabajaba.

Mario, un sexagenario, no recuerda el nombre del joven pero sí que trabajaba en la finca de un pariente y que mientras jugaban con él, este les contaba que veía a la Siguanaba en ese momento. Se las describía como una mujer “normal”, vestida de blanco.

“Él decía que lo seguía a todos lados. Cuando subíamos a los árboles, desde allí nos decía: ‘mirá pues, allá está la mujer esa otra vez. Nosotros no veíamos nada pero él señalaba una macoya de matas de guineo. Decía que la mujer lo llamaba. ‘Vení, vení’, pero nosotros no escuchábamos nada, solo lo que él le contestaba. ‘No, yo no estoy yendo’, le gritaba. Luego la insultaba”, relata.

Pero cuando se hizo adulto, el cipote se fue a trabajar a una finca grande, lejos. Con el tiempo les llegaron noticias de aquel adolescente convertido en hombre que había muerto luego de caer de un árbol. Pero aquello, al parecer, no había sido un accidente.

“Contaban que fue tal la cercanía de la Siguanaba con el cipote que se subía a los palos con él cuando este subía a podarlos. Al parecer le contó a unos compañeros de trabajo que la mujer había comenzado a subirse con él a los árboles mientras trabajaba. En una de esas lo botó y lo mató”, cuenta Mario.

Dice que no fue el único caso que él conoció, también supo de otros hombres del pueblo a los que aquel fantasma también los seguía. “A uno se le encasquestaba en el caballo. Y él le decía que se bajara. Hasta que una vez intentó botarlo del caballo y él la advirtió que si lo botaba le iba a disparar. Después se hizo evangélico y ya no le apareció”, relata.

Otro hombre también había sido seducido por la Siguanaba, aparentemente, en la madrugada. La vio un hombre llamado Ricardo, cuando la mujer con larga cabellera y que ocultaba su rostro, llenaba un cántaro en un chorro público. Cuando él, sin imaginar que era un espíritu, la comenzó a enamorar y ella lo condujo hasta la calle que conducía al cementerio.

“Deme un besito”, le habría pedido el hombre a aquella misteriosa mujer. Pero ella le mostró el rostro. “Contaba que tenía la cara fea y por ojos tenía dos huracos. Dice que solo se le ocurrió correr pero que sentía que la lengua le colgaba del espanto. Sintió más miedo y corrió más cuando la oyó aplaudir y reírse”, cuenta Mario.

El borracho acosado

Manuel era un músico parrandero que le gustaba trasnochar. Nunca había visto ninguna aparición en sus largas caminatas nocturnas de regreso a casa hasta que un día tuvo un encuentro con la famosa Siguanaba, aunque aclara, nunca la vio, solo la escuchó.

Pasaba de las 11 de la noche cuando este trovador caminaba a toda prisa. Cuando pasaba junto al cementerio, Manuel recuerda que vio a un hombre, sentado sobre una piedra y rápidamente pensó que se podía tratar de algún asaltante, por lo que apresuró el paso y se puso en alerta por si necesitaba usar un revólver que siempre portaba.
De repente, el hombre se levantó y le preguntó si podía caminar junto a él porque justo en la barranca, que estaba a unos metros adelante, se le aparecía siempre la Siguanaba y no lo dejaba pasar.

Manuel cuenta que al notar que aquel hombre estaba borracho no le creyó la historia. Apresuró más el paso y le dijo: ‘mire amigo, si quiere que pasemos juntos esa barranca camine rápido porque yo voy apurado’.

Por el efecto de la embriaguez, aquel hombre caminaba tambaleante y con dificultad se ponía al ritmo de Manuel. Cuando se aproximaban a la quebrada que daba a una barranca, el borracho le dijo, agitado: mire, allí está la mujer. ¿Ve que le digo que siempre me sale allí? Es que no me deja pasar, siempre sale en ese lugar”.

“Yo en realidad no veía a la mujer que me señalaba el bolo, pero sí veía el movimiento de las ramas de los palos de café a un lado de la calle, como cuando alguien pasa corriendo. También escuchaba como si alguien pisaba la hojarasca, como si caminara. De repente escuché las carcajadas bien fuertes y que aplaudían. Yo jamás había escuchado aquella cosa. Solo recuerdo haber corrido y que dejé atrás al bolo”, relata Manuel.

 

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