Karen, la madre que lucha contra la drogadicción

Ella es madre de un niño de 4 años, él es su motivación para estar en rehabilitación tras cinco años de adicción al alcohol y la cocaína.

Por Gerson Sánchez

Abr 28, 2018- 21:27

Con un futuro incierto Karen (nombre ficticio), arribó al país a temprana edad junto a su madre con el deseo de rehacer su vida.

Karen no creció en un entorno conflictivo, nunca sufrió carencia alguna. Pero de repente los consejos se le hicieron tediosos y empezó a sentir la necesidad de “ser libre” lejos del control de sus padres. Con ello vinieron las llegadas tarde a casa y los pleitos recurrentes con su familia. Lo que la condujo a donde nunca imaginó: “Las primeras veces (que consumí) era algo divertido para mí, la verdad”.

Todo comenzó con un poco de curiosidad y las amistades hicieron el resto. “Esto te hará sentir mejor”, escuchó decir. Un poco fue suficiente para querer más y más, hasta perder el control. La cocaína y el alcohol se volvieron un refugio para escapar de la realidad.

Pasado un tiempo, Karen aún creía que podría dejar de consumir cuando lo decidiera. Empezó a saltarse las clases y sus notas en la universidad bajaron. Su vacío interior se hacía más profundo y las posibilidades de escapar parecían alejarse a cada minuto, desvaneciéndose como una bocanada de humo.

“A la adicción no le importa raza ni sexo. Conocí a gente de muchísimo dinero hundida en la cocaína, sin saber qué hacer. Esto le puede pasar a cualquiera”, reflexiona.

Un día conoció a Tomás. Congeniaron. Al igual que muchas personas creyeron que lo que tenían era diferente. Karen vio en él alguien con quien compartir la carga, pues ambos se enfrentaban a los mismos monstruos.

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Los meses pasaron y se mudaron a vivir juntos. Al principio todo fue de maravilla, pero las viejas costumbres tocaron su puerta y empezaron a consumir nuevamente. Cuando las facturas empezaron a acumularse, cuando las llamadas de cobros se volvieron constantes y el billete escaseaba, los pleitos se volvieron habituales. Vivían enfrentados entre gritos y arrebatos de ira, aunque al final no recordaran quien había empezado la discusión y se reconciliaran. Su vida era un círculo vicioso y predecible.

Preocupada por el retraso de su periodo, Karen decidió hacerse una prueba de embarazo. Pensó cómo sería traer un hijo al mundo en su situación. “¿Qué le voy a decir a mi mamá?”, se preguntó varias veces. Hasta entonces, la madre de Karen no estaba al tanto de sus problemas, pero supuso que lidiaría con eso cuando fuera el momento. La prueba dio positivo.

Con su embarazo en curso, Karen dejó de la droga y Tomás la apoyó. Ambos acordaron cuidarse por el bien de su hijo en gestación. No fue fácil, pero pasados nueve meses nació Marcos.

Foto/ Gerson Sánchez

De vuelta al abismo

Ambos estaban emocionados, ahora eran una familia y creyeron necesario asumir un rol diferente. Se propusieron dar el mejor ejemplo a su hijo. Fue un cambio drástico y difícil, reconoce Karen. La responsabilidad los abrumaba: alguien dependía de ellos.

Así transcurrieron los días en un vaivén de intentos por mantener el hogar a flote y adaptarse a su nueva vida. Pero la debilidad los asaltó de nuevo. Cuando menos lo pensaron se vieron a escondidas aspirando el polvo blanco.

En el trabajo o en el auto; incluso en casa, cuando Marquitos se había dormido ya.

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Por la mañana, la alarma sonaba y ambos intentaban recuperar la conciencia para llevar al niño al kínder e ir a trabajar. Abrían los ojos rodeados de alcohol, tabaco y restos de la cocaína de la noche anterior sobre la mesa frente a la televisión aún encendida.

“Mi idea era morirme de una sobredosis, pero nunca pasó. Yo decía ‘¿Dios, por qué no me matás? ¿Por qué no me hace efecto?’, confiesa Karen.

Las discusiones no se hicieron esperar: por la escasez de dinero, por las cuentas por pagar, por la aflicción. Cada noche, Karen se preguntaba cómo había llegado hasta ahí, mientras le rogaba a Dios que la sacara del infierno. Pero no hubo respuesta inmediata.

Sin notarlo, la soga de la adicción le apretaba el cuello cada vez más y le había quitado todo lo que más quería: su familia, de quienes se había distanciado; sus amigos, sus estudios. Ahora también la separaba de su hijo, quien empezaba a ser consciente de que había algo malo con sus padres; cambiaban, eran otros. Marcos se acercaba a ella y le preguntaba “¿qué te pasa mamá?”. Karen, con lágrimas en los ojos, no sabía qué responder ni cómo decirle que no había dinero para pagar el kínder y que apenas tenían para comer.

Cuando Marcos cumplió tres años, Karen decidió buscar ayuda. Hablar con su madre sobre la adicción la avergonzaba. Ella sabía que tenía problemas con Tomás y que discutían, pero decirle que estaba hundida en la drogadicción era un gran reto.

Después de la confesión a su madre, logró internarse en un centro de rehabilitación. Ella asegura que gracias al apoyo de la institución y de su familia ha iniciado un largo proceso de recuperación, con la convicción de labrarse un futuro mejor para ella y su hijo.

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Tomás, a su vez, se encuentra bajo tratamiento en una unidad ambulatoria mientras lucha por mantener su vida en orden por el bienestar de Karen y Marcos.

A inicios de marzo, Karen llevaba 123 días sin consumir drogas. Ella espera terminar pronto su rehabilitación, reconstruir su hogar y continuar con sus estudios universitarios: “Hay gente que viene aquí obligada. Yo vine porque quería venir, porque ya no aguantaba y porque quiero que mi hijo tenga una buena mamá”.

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