Jóvenes salieron de orfanatos para buscar ser profesionales

En los centros, éstos jóvenes aprenden oficios y reciben clases. Al cumplir los 18 años, fundaciones les dan oportunidades de trabajar.

Mirna Sánchez coordinadora del programa Casa de Transición. Foto/ Josué Parada

Por Gadiel Castillo

Jun 23, 2018- 18:38

Eduardo González es un joven de 25 años que buena parte de su vida la pasó entre los hogares infantiles administrados por el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA), a los seis meses de edad tuvo su primer contacto con uno de los 40 albergues que funcionan en El Salvador.

Para este joven, como otros abordados en este reportaje, el hecho de no conocer a ningún familiar o no tener su apoyo no les significó estancarse, al contrario manifiestan que sacaron fuerzas para enfrentarse a la vida con todas las herramientas brindadas por instituciones que les acogieron y por fundaciones que les ayudaron a completar su bachillerato y luego en búsqueda de empleo formal.

Para Eduardo el abandono de su madre fue el motivo de ingreso al albergue. “Yo solo sé que desde que tenía seis meses de edad, desde bien tiernito ingresé a los hogares infantiles, quizá por un problema que tuvo mi mamá con tenerme a mí, no sé qué tipo de problemas no leí la esa carta”, manifiesta González

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Su plan a futuro es la construcción de una casa para albergar indigentes.

Su primer año lo vivió en el Hogar Adalberto Guirola, a los dos años lo trasladaron al Hogar del niño Doctor Gustavo Magaña en Ahuachapán, donde estuvo por 10 años.

Cuenta que cuando tenía cuatro años de edad, estuvo a punto de ser adoptado por una familia española “Me ilusioné tanto con esa idea, por fin iba a tener una familia”, sin embargo, ese proceso solo quedó a medio camino, pues las trabas que pone el Estado para que familias adopten niños en abandono truncaron su sueño.

“Cuando me quisieron adoptar estaba en el -hogar- Magaña, era uno de los convocados en 2001, hay familias que se decepcionan porque es muy largo el proceso. Ya cuando están grandes no los quieren adoptar”, dice el joven.

Recuerda que cuando alguno de sus compañeros los adoptaban, no perdía la esperanza y se daba ánimos. “Si a ellos los adoptaron en cualquier momento me van a decir: ´toma tus maletas que viene tu familia española y te vas´”, se decía.

Pero pasaron los años, Eduardo creció y esa familia nunca volvió, “desistieron del proceso”.

Entre las clases, los juegos y talleres de manualidades transcurrieron los 10 años que estuvo en ese hogar, comenzó a destacar con sus calificaciones, pero también debía emigrar a otro centro. A los 12 años de edad fue traslado al Centro de Integración Social para la Niñez y Adolescencia (CISNA), en Ilopango, ahí estuvo hasta sus 18 años.

Cuenta que su educación básica se complementaba con talleres de costura, zapatería, carpintería, arte, pintura y jardinería, los anteriores son programas que desde el ISNA brindan a los adolescentes para prepararlos para cuando dejen los hogares y tengan herramientas para enfrentarse con el mundo exterior.

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Para la subidrectora de programas de protección de derechos del ISNA, María de la Paz Yanes, estos programas van encaminados a fortalecer las competencias y habilidades de los adolescentes que están por cumplir 18 años. El objetivo es ayudarles a crear sus planes de vida.

“Comenzamos a trabajarlo cuando nuestros adolescentes están por cumplir 14 años preparándoles para que puedan desarrollar habilidades básicas, elaborar su curriculum vitae, emprendedurismo, talleres vocacionales”, dice Yanes.

Eduardo recuerda que tomó el taller de corte y confección, luego computación, debido a que le gustaba la programación, todo esto en el marco del programa “Cambia tu vida”.

Este programa está dirigido a adolescentes entre 16 y 17 años de edad, que hayan sido víctimas de vulneraciones a sus derechos, teniendo como prioridad la protección integral a través de atenciones orientadas a la reinserción en la vida social y productiva en condiciones de igualdad, oportunidades y capacidades que les permitan desarrollarse como personas

Cuando se graduó de noveno grado, Eduardo cuenta que se ganó una beca para el bachillerato con la promesa de que si rendía, ganaba el derecho a una carrera técnica.

Fue el momento de partir del hogar de niños y enfrentar la vida fuera del lugar que fue su hogar. Para suerte de Eduardo la fundación llamada “Orpham Helpers” le apoyó a continuar con sus estudios de bachillerato.

Al igual que esta organización, en el país existen otras fundaciones que ayudan a los jóvenes en su proceso de reinserción a la vida después de los orfanatos, por ejemplo, Fundación Sus Hijos, la cual facilitó a Eduardo a concluir su proceso, pues la ONG anterior cerró.

Fundación Sus Hijos trabaja con niños y jóvenes huérfanos en los hogares públicos o privados, enseñándoles Inglés y un oficio en el marco de una educación cristiana.

Su fundador es el estadounidense Kurt Ackermann y su esposa quienes hace 11 años vinieron al país como misioneros.

Al formar parte de la organización los jóvenes se capacitan para el mundo laboral en States Diner un restaurante escuela, atendido por jóvenes huérfanos de 18 a 20 años.

De igual forma FSH tiene dos casas hogar que funcionan como centros de transición para jóvenes que al cumplir 18 años deben abandonar los orfanatos.

Mirna Sánchez trabaja como líder de una de las casas de transición de la fundación, dice que la capacitación que dan a los jóvenes refuerzan lo aprendido en los orfanatos.

Los aspectos principales que desarrollan es la personalidad de cada uno de los beneficiarios, pues en los centros de resguardo son tratados como una masa, una población general.

“Nosotros comenzamos a ver sus destrezas, habilidades, sus sueños, sus miedos y vemos como los cumplimos. Nos encargamos de desarrollarlos en el área laboral, espiritual, académica y personal. Me convierto en una hermana mayor.

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Potenciamos para que cumplan con sus responsabilidades y puedan insertarse a la sociedad de una manera exitosa”, manifiesta Sánchez.

Eduardo fue parte de todo este proceso, trabajó en el restaurante- escuela y pasó por todas las áreas: cocina, servicio al cliente, panadería, lavaplatos. “Fue una experiencia muy buena, descubrí habilidades, me hice más independiente y preparado para un trabajo formal”.

Ahora trabaja en una empresa que se dedica al diseño gráfico y en sus planes está estudiar esa carrera.

Otro de sus objetivos es conseguir una casa donde vivir, pues por ahora vive en una oficina de la fundación. “Yo no conozco a nadie de mi familia eso no me ha detenido, me ha dado más fuerza, no me ha generado ese patrón de la dependencia paterna”.

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